Con ese decorado de palés y excursionistas, lo que parecía Pedro Sánchez era un profeta loco de Hyde Park o de la Puerta del Sol, predicando encima de una caja de manzanas. Las Juventudes Socialistas, formadas o sólo tropezadas entre sí en un callejón de milagros y carteristas, miraban cómo su líder intentaba guardar ese vertiginoso equilibrio entre el éxtasis y el batacazo, entre el ardor y la menesterosidad, entre los cielos y las alcantarillas, entre la transfiguración y la estafa. Justo hace ocho años, otro Pedro Sánchez (o el mismo) con pinta de comercial de pisos y otro José Luis Ábalos (o el mismo) con pinta de fraile de marca de cerveza nos aleccionaban majestuosamente sobre la honradez y la democracia. Ahora se podrían responder, fustigar, censurar y fulminar ellos mismos, desde aquellos altares del Congreso hasta estos cajoncillos de buhonero o de barracón. Pero Sánchez ya no tiene ni memoria ni pudor, que no se pueden tener estos remilgos si uno pretende predicarse a sí mismo después de haberse negado a sí mismo. Sin gobernanza, sin mayoría, sin credibilidad, sin ideología, sin piel casi, el único proyecto de Sánchez es que lo mantengamos a él sobre la caja patatera o cebollera, como un santo pordiosero de alacena alimentándose de rezos, moscas y limón seco.
Ocho años después de aquella moción de censura con la que Sánchez quería hacernos creer que era Kennedy y Ábalos quería hacernos creer que era virgen, el presidente consumido y refutado habla encima de un cajón, haciendo pie en un cajón, como ahogándose en su propio aire. Hablaba Sánchez sobre un cajón como de zapatero o Zapatero, con instrumental y tesoros carboneros o carboníferos, y todo el PSOE me parecía igual que esa chavalería tamborilera que estaba allí, sometida a un ambiente de cornetín y sacrificio ante el líder. En realidad las palabras de Sánchez hace mucho que no importan, que no tienen sentido, que sólo persiguen cierta eufonía hipnótica o ritual, esa democracia o ese progreso bisbiseantes que se te meten en la oreja como una lengua húmeda y bífida, pero cuyo significado Sánchez ya ha negado muchas veces. Ya no importan las palabras, sólo la obediencia, que es lo que pasa en las sectas y en las mafias, donde no se tolera la duda y te suelen hablar, entre la amenaza y el paternalismo, igual desde las cocinas, las alcobas, las tomateras o los tronos. Será así hasta que caiga el líder, no esperen de Page, de los tacañones con nariz y gola arrugadas, de los meritorios piantes ni de los dignos herederos de la progresía nada que implique riesgo, siquiera incomodidad.
Ocho años después de aquella moción de censura en la que Sánchez parecía el higienista dental de la democracia y Ábalos parecía el Algarrobo presentándose a la Selectividad, el PSOE apenas es el cajón de un loco. Ha pasado de un partido socialdemócrata a la europea, troncal en nuestra democracia, a una secta populista, cesarista e iliberal que ni siquiera mantiene la coherencia en sus delirios, entre versículo y versículo y entre anatema y anatema. Ha abrigado a nacionalismos etnicistas o asesinos y a posmarxismos cocoteros, ha negado el imperio de la ley y la igualdad de los ciudadanos, ha atacado la separación de poderes y la libertad de prensa (todavía más que Felipe y Guerra, que ya es decir), ha prostituido lo institucional haciéndolo partidista, ha convertido el interés personal en razón de Estado y ahora pretende que investigar la corrupción que apesta a dos calles de donde está el cajón cojo o el colchón tirado de Sánchez sea considerado un ataque al partido y a la propia democracia.
Las palabras de Sánchez hace mucho que no importan, que sólo persiguen cierta eufonía hipnótica o ritual, esa democracia o ese progreso bisbiseantes que se te meten en la oreja como una lengua húmeda y bífida
Ocho años después de aquella moción de censura en la que Sánchez, maqueado para la disco, y Ábalos, como un labriego endomingado, se enfrentaron al bolsito de Soraya como a un ridículo caniche faldero, ya no hacen falta conspiraciones, ni siquiera demasiada imaginación. Los hombres y mujeres de Sánchez, por todas las estancias de Sánchez, han ido dejando papeles, conversaciones y chorreos suficientes para acabar con casi todos ellos en los tribunales o en la trena, sin descartar al One. Pero, sobre todo, han acumulado basura y torpeza en el partido y en el Estado para matar políticamente a cualquier dirigente que no hubiera renunciado hace mucho a la política para limitarse a sobrevivir encima de un cajón de fruta podrida o encima de un colchón quemado y meado. Ni siquiera los socios de Sánchez, que lo han exprimido, chuleado y chantajeado, y lo seguirán haciendo mientras les reporte beneficio, son capaces de negar lo evidente. Hasta la chavalería que estaba allí, mirando a Sánchez tambalearse en ese podio como sobre un saco de nueces, lo sabía. Yo diría que estaban calculando, sin mucho entusiasmo ni fe, que seguramente todo acabará antes de que ellos dejen la guardería o el campamento.
Ocho años después de esa moción de censura en la que Sánchez y Ábalos llegaron como en jaca y borriquillo, ya sólo creen los ingenuos y los arrimados, que todavía, es verdad, son muchos. Aunque algunos ingenuos ya van viendo que es increíble que tanto canalla, tanto hortera y tanto bobo se compenetren y sincronicen de tal manera que sean indistinguibles unos de otros, invisibles unos a otros y, ademas, todos salgan beneficiados. Infinitamente más probable que la conspiración es el desengaño, infinitamente más probable que la persecución es que lo que parece verdad sea, al final, sólo la verdad. Los vivos ya no creen en conjuros ni milagros pero, eso sí, los muertos ya no tienen nada que perder, Sánchez ya no tiene nada que perder, así que podemos esperar cualquier cosa. Ocho años después, lo de menos es que Sánchez siga diciéndoles a los cachorros, a los excursionistas, a las palomas o a los panolis que todo es un complot ultra y que en realidad él es el hada de la democracia bailando en su cajón de circo de pulgas. Ocho años después, todo lo peor sigue siendo aún posible con Sánchez. Lo que ya no puede ser es excusable, al menos para los demócratas.
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