Opinión

Ormuz, la gran oportunidad de las empresas españolas

El regreso del conflicto entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a encender las alarmas en los mercados internacionales. Un escenario especialmente sensible para una economía como la europea, en la que la energía constituye la base sobre la que se asienta toda su producción industrial, transporte de mercancías y el funcionamiento de las cadenas de suministro.

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Esta tensión en el mercado energético coincide, además, con un momento especialmente adverso para las empresas europeas. A las guerras comerciales y arancelarias se suma una inflación elevada y persistente que encarece la producción. Un nuevo incremento agravaría todavía más este escenario y debilitaría la capacidad de Europa para competir frente a las economías china y estadounidense.

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Buena parte de esta vulnerabilidad se encuentra en la elevada dependencia energética que continúa arrastrando el continente. Los últimos datos de Eurostat muestran que, en 2024, la UE tuvo que importar el 57,3% de la energía que consumió. Una cifra que se ve agravada en el caso de los combustibles fósiles, cuyas importaciones ascienden al 96,6% en el caso del petróleo y sus derivados, y del 85% en el caso del gas natural.

La UE, sin embargo, ha tratado de reducir esta dependencia fomentando las energías renovables durante las dos últimas décadas. En 2024, las renovables cubrieron el 47,5% del consumo eléctrico europeo y un 25% del consumo final de energía, más del doble que en 2004 cuando representaban el 9,6%.

Una muestra de esta transformación del sistema eléctrico, por ejemplo, se encuentra en la energía fotovoltaica. Eurostat señala que su producción ha pasado de 7,4 TWh en 2008 a más de 300 TWh en sólo 16 años, demostrando ser la renovable que más rápido ha crecido en la UE en los últimos años.

Alcanzada ya una elevada cuota de renovables en el conjunto de Europa, el reto se encuentra ahora en resolver los cuellos de botella a los que se enfrenta el sistema eléctrico y energético del continente. La generación de energía renovable no siempre coincide con los momentos de mayor consumo, especialmente en el caso de fuentes como la solar y la eólica, cuya producción depende de factores como las condiciones meteorológicas.

La nueva escalada entre Estados Unidos e Irán demuestra hasta qué punto la economía europea continúa condicionada por decisiones, conflictos y rutas de suministros sobre las que apenas tiene capacidad de influencia"

Para evitar que una parte de la energía generada no pueda aprovecharse en el momento en el que se produce, resulta necesario desarrollar e incentivar sistemas de almacenamiento energético. Al mismo tiempo, es fundamental reforzar las redes y las interconexiones de un sistema eléctrico concebido para un modelo mucho más centralizado y con mayor peso del petróleo y del gas. De hecho, la Comisión Europea –a través de su Plan de Acción para Redes– reconoce que estas infraestructuras necesitarán de una inversión de 548.000 millones de euros durante la presente década para poder responder al crecimiento de las renovables y a la progresiva electrificación de la economía.

A todo ello se suma la necesidad de electrificar ámbitos o sectores que todavía mantienen una elevada dependencia de los combustibles fósiles, como el transporte de mercancías y pasajeros por carretera, determinados procesos industriales o los sistemas de climatización de los edificios, muy vinculados todavía al uso del gas. De hecho, el desarrollo de fuentes propias de energía permitió ahorrar en 2025 a la UE alrededor de 5.600 millones de euros en gas –que habría sido necesario para producir electricidad– gracias a la capacidad renovable instalada desde 2021.

España parte, en este contexto, de una posición especialmente favorable dentro de la UE. Somos el segundo país europeo en generación conjunta de energía eólica y solar, logrando en 2025 que el 69% de la potencia instalada corresponda a fuentes renovables, según Red Eléctrica. Una combinación de recursos naturales y capacidad desplegada que pone a disposición de las empresas una ventaja competitiva difícil de localizar en otros países.

Una de las formas más directas de aprovechar estos recursos naturales por parte de las empresas españolas se encuentra en el autoconsumo fotovoltaico. Esta tecnología, unida al almacenamiento energético, lleva a las compañías a reducir la energía que deben adquirir de la red eléctrica, reduciendo costes y, en consecuencia, ganando competitividad.

Dependiendo, además, del sector de actividad de cada compañía, las empresas también pueden aprovechar los beneficios de la economía circular. Una posibilidad especialmente atractiva para las actividades agrícolas, ganaderas o agroalimentarias en donde los desechos –que normalmente suponen un coste de gestión– pueden ser aprovechados en pequeñas plantas de gas natural para producir biometano. Un ejemplo que supone no sólo un ahorro directo en términos energéticos sino también de gestión de esos residuos al darles una segunda vida.

La nueva escalada entre Estados Unidos e Irán demuestra hasta qué punto la economía europea continúa condicionada por decisiones, conflictos y rutas de suministros sobre las que apenas tiene capacidad de influencia. Reducir esta vulnerabilidad exige que los Estados miembros de la UE y las empresas aprovechen los recursos autóctonos existentes. No podremos evitar las próximas crisis, pero sí que podremos decir el grado de exposición con el que queremos afrontarlas.

Antonio Álvarez Gallego es director de operaciones de Bolschare Energy

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