Margarita Robles, ministra o abadesa, se ha quedado sola sobre su peana como una Virgen generala. El Gobierno de Sánchez, hecho de cuotas, peajes, pesajes, compadreos y compraventas, no se puede decir que no haya sido contradictorio o caótico, pero normalmente el desencuentro era con esos socios de los ministerios folclóricos o las vicepresidencias pastoriles. Los demás seguían muriendo y matando por el Puto Amo, sin que les importaran mucho la verdad, el honor, el país, el ridículo o sus propios ministerios, en realidad indistinguibles o intercambiables, resumibles todos en una sola cartera de Propaganda, Perifollos, Palanganas e Himnos. Los demás, decía, excepto seguramente Robles. Robles es la ministra más institucional y menos servilona, con una especie de autoridad propia, ajena a la jerarquía monclovita, como con título caballeresco o funcionarial aparte. Robles ya ha disentido antes, con más recato o más estridencia (a veces parece una monja con silbato), aunque guardando siempre la fundamental disciplina. Ahora no se trata de ministerios jardineros ni de meras diferencias de opinión. Lo que nos cuentan Robles y Marlaska, dos ministros en el núcleo de hierro del Gobierno y del Estado, son hechos incompatibles, contradictorios y en circunstancias gravísimas. Claro que el sanchismo es eso, contradicción.
O el CNI informó de lo que iba a pasar o podía pasar en Ceuta, o no informó. O miente Robles, ministra con rebequita, o miente Marlaska, ministrón pretoriano. Margarita Robles y Marlaska se enfrentan en lo lógico, en lo institucional, en lo personal y hasta en lo marcial, como si chocaran dos regimientos de coraceros. No es ya como si se enfrentaran burocráticamente dos ministerios de hormigón o de papel maché (los de Sumar son así, de papel maché), sino como si se enfrentaran física y brutalmente el Ejército y la policía. Es algo que nos suena enseguida a desmoronamiento político, institucional y moral, y eso nos parece ya algo definitivo. Pero, claro, nos olvidamos de que llevamos ocho años con Sánchez pudriéndose y el Estado desmontándose. Ya hemos visto a la Guardia Civil registrando el propio cuartel general de la Guardia Civil, y a su directora imputada junto con un generalón cubierto de condecoraciones como una ballena de percebes. Y, es más, hemos visto a un fiscal general condenado, y al Gobierno hablando de lawfare y fango mientras los ministerios y Ferraz se dedicaban al rastrojeo de putas y a las mordidas de carpantas, y mientras la fontanería oficial se dedicaba al asesinato civil de policías, jueces y enemigos. No, no hay en esto de Ceuta nada de definitivo. Grave, como tantas otras cosas graves, pero no definitivo.
O el CNI informó de lo que iba a pasar o podía pasar en Ceuta, o no informó. O miente Robles, ministra con sombrerito, o miente Marlaska, ministro con pistola. Pero es que si el sanchismo funcionara así, con lógica robótica o al menos con lógica humana, no existiría hace mucho. En realidad, la vía más puramente sanchista es la de Patxi López, que ha dicho las dos cosas la vez o no ha dicho ninguna de las dos cosas, así con su cara de cura de misterios inefables y milagros de pan duro. Se puede considerar que un aviso no es un informe, y que algo que no es estrictamente un informe no cumple los requisitos de rigor, protocolo y decoro suficientes para que Sánchez se ponga los pies encima de las aletas, siquiera un momento, o para que algún teléfono asesine la siesta o el baño de un ministro o de un subalterno igual de agosteño. Esto no cambia la realidad ni su gravedad, o sea que no se hiciera nada y que siga sin hacerse demasiado, pero el sanchismo se siente salvado por la ambigüedad, como otras veces se siente salvado por el olvido o por la pereza.
Robles creo que dijo la verdad, y que, como esa verdad no le gustaba a Sánchez, su paladín sacó otra verdad. Más o menos lo de siempre
Robles y Marlaska son los ministros más antiguos de Sánchez, ahí aún compitiendo por el decanato o ya más por las cenizas, pero no se ha roto el corazón de plomo o de madera del Gobierno, ni es la última contradicción ni el último chasquido que vamos a escuchar en el sanchismo o en el Estado. Aunque el oficialismo monclovita se ha puesto del lado de Marlaska, con esa leve intercesión de cura de Patxi López, ni siquiera creo que Sánchez vaya a destituir a Robles, ni tampoco que ella dimita, que es lo que tendría que hacer (puede que lo suyo también sea una pose, una pose de vieja doncella del honor frente a la pose de viejo esbirro plateado, que es la de Marlaska). Uno lo que piensa, claro, es que Margarita Robles, ministra juramentada ante sus cornetas y estandartes más que ante el colchón de Sánchez, dijo la verdad. O sea que hubo aviso pero nadie lo escuchó, no tanto porque el sanchismo se desenchufe en agosto sino porque está desenchufado hace mucho, de la gobernanza, de la realidad y de la responsabilidad. Robles creo que dijo la verdad, y que, como esa verdad no le gustaba a Sánchez, su paladín sacó otra verdad. Más o menos lo de siempre. Mucho más práctico y sencillo que pensar, que escuchar y que gobernar, más todavía en el criminal agosto.
Margarita Robles, seria ministra pastoral, que no pastorcilla (la pastorcilla, tan floral y láctea, sigue siendo Yolanda); Margarita Robles, ministra a la que Sánchez llamó “pájara” en aquellos wasaps con Ábalos que se filtraron, se ha quedado sola, parduzca y arrebujada, como un centinela o un ruiseñor. Y la verdad es que tampoco cree uno que eso signifique nada. No, no veo yo eso de que Sánchez ya no pueda controlar o disciplinar a sus ministros. Diría que este enfrentamiento ni siquiera le viene mal, que consigue de nuevo apartar el foco de sí mismo, de su moreno, sus burbujas y su modorra. Pero, sobre todo, es que me parece, una vez más, que no hace falta más explicación para este Sánchez agónico que la pereza y la desgana, su último alarde de chorrafuerismo. Sí, él sólo espera ya el fin o el milagro, y en cualquier caso le dan igual Ceuta, el CNI, Robles, Marlaska, y todo en general. Estoy por decir que por eso no se trató el asunto (seguramente tampoco ningún otro) en el Consejo de Seguridad Nacional. Sí, seguro que Sánchez estaba todavía escuchando Spotify o escuchando caracolas, mirando hoteles en Andorra o mirándose el portento de sus pies, aún más impresionante que el portento de Patxi López.
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