Hay mañanas en las que uno preferiría no entender lo que lee, no saber explicar lo
que publican los diarios, no ser capaz de echar una cuenta ni de subordinar una frase,
por el solo afán de solidarizarse con la muchachada local, de sumergirse en esa sima
de ignorancia panhispánica, en ese país de zotes que nos pinta el Informe PISA, que
acabamos de conocer. La de hoy, claro, es una de ellas.

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El informe PISA —y adelanto ya para los de la ESO que nada tiene que ver con la
torre inclinada del mismo nombre— acaba de ponerle números a la sospecha que
llevamos demasiado tiempo tratando como una extravagancia de viejos, manía de
profesores, nostalgia incómoda de bibliotecas o como una de esas conversaciones
de padres que empiezan hablando del presente de sus hijos y terminan huyendo, pronto, hacia las recetas, el gimnasio y los suplementos alimenticios.

Góngora se duele en Cabra. España obtiene en PISA 2025 sus peores resultados
históricos en lectura, matemáticas y ciencias. Desde 2015, el país ha perdido 45 puntos en comprensión lectora y un tercio de nuestros alumnos no alcanza siquiera el nivel mínimo en lectura y matemáticas, así que podemos imaginarnos ya cómo será una declaración de IRPF o un debate en las Cortes Generales en una década o qué va a pasar, si no le ponemos remedio, en las reuniones de la comunidad de vecinos en, digamos, 2037.

Y en la Comunidad Valenciana, desde donde esto escribo agazapado mientras arrecia
el temporal que señala a nuestros jóvenes como una legión de potenciales tarugos, el informe nos sitúa en la cola de la tabla nacional de estas tres disciplinas. A la vista está que no parece que nos haya servido de mucho aquello de proclamarnos tierra de innovación, territorio inteligente, hub de esto y capital de aquello. A los quince años, nuestros deudos siguen teniendo problemas bastante menos sofisticados, aquí y en un cohete que podamos lanzar hacia Marte desde Elche: leer, entender, calcular, razonar, saber cuánto cuestan las cosas y cómo se pagan.

Las bibliotecas se vacían mientras las salas de espera de psicólogos y terapeutas se llenan de jóvenes absortos en sus pantallas

Uno diría, con una mueca nerviosa atravesándole el semblante, que tampoco estamos
reclamando que la muchachada vuelva a las aulas con el Trivium bajo el brazo, convertida en una legión de humanistas capaz de discutir con Erasmo, citar al Brocense mientras resuelve una ecuación de tercer grado o endosar a Ausiàs March,
antes del recreo, los estragos del amor entre sus compañeros de clase. Después de doce años de escolarización y una cantidad respetable de pantallas, aplicaciones, ministros, leyes y metodologías, quizá podamos aspirar a algo bastante menos ambicioso como que una página escrita no les parezca un Himalaya, que una fracción decimal no obligue a movilizar al gabinete de expertos o que, si algo se resiste, no haya que atribuirlo inmediatamente a una injusticia, una carencia afectiva o una incidencia del sistema, porque a veces, las cosas sencillamente cuestan.

Y llegados a este punto empezaría la autoflagelación, ese ejercicio tan nuestro de
contemplar el desastre con expresión compungida, buscar culpables a prudente
distancia y, sólo cuando ya no queda nadie más a quien señalar, reconocer que tampoco podemos presentarnos como simples espectadores del naufragio que nos retrata como un país de lelos. Porque las bibliotecas se vacían mientras las salas de espera de psicólogos y terapeutas se llenan de jóvenes absortos en sus pantallas, cada vez más expertos en mirar hacia afuera y bastante menos en preguntarse quiénes son, qué quieren ser y cómo demonios se sale adelante cuando nadie está pendiente de ellos.

Tiempo atrás lo escribí en esta misma columna: vivimos un tiempo en el que hemos
asumido ya la derrota universal de la felicidad frente al placer y poco nos importa
que todo cuanto nos rodea parezca hecho para impactar pronto, para durar poco y
para deleite de impacientes. En este solar en el que habitamos ya no es extraño que
un libro, con sus páginas inmóviles y su obstinada negativa a recompensarnos cada
veinte segundos, haya perdido la batalla generacional frente a ese pequeño déspota
doméstico digital al que hemos entregado voluntariamente la cabeza y la atención.
La responsabilidad, —claro—, no es sólo de los chicos. Ellos han nacido en este
paisaje y nosotros se lo hemos amueblado con cachivaches, señuelos y cojines mullidos. Somos nosotros ahora quienes mandamos, legislamos, gobernamos,
organizamos el país y sus colegios, redactamos las leyes educativas y decidimos, con
esa suficiencia de quienes conocimos la tele sin mando a distancia y aprendimos con
Espinete, qué necesitan los jóvenes para enfrentarse al futuro; somos también quienes, mientras les hablábamos de autonomía, resiliencia y pensamiento crítico, íbamos retirándoles discretamente del camino todo aquello que pudiera molestarles, todo cuanto tuviera de incómodo el viaje.

Y aquí conviene repartir la responsabilidad. Sabemos que hemos confundido demasiadas veces la protección con la educación básica y la ausencia de frustración
con el bienestar, quizá porque resulta mucho más agradable ser el adulto que comprende que el tutor que exige, y bastante más popular darle la razón a un adolescente que quitársela y explicarle que, aun así, tendrá que levantarse mañana y
volver a intentarlo. En esto, claro, la política educativa ha prestado un servicio
extraordinario a la causa, con ese impulso gubernativo perenne que lleva a los pedagogos de cámara a cambiar cada cierto tiempo el nombre de las cosas,
reorganizar los papeles y los currículos, inventar una competencia nueva y cedérsela
a una Comunidad Autónoma, mientras el Ejecutivo de turno proclama haber
entendido el problema y saber cómo resolverlo. Pero, como en el cuento de
Monterroso, cuando despertamos, el dinosaurio sigue allí, con las letras P.I.S.A.
estampadas en el lomo.

Este disparate anual seguirá ahí, y los chavales habrán llegado a la mayoría de edad sin haber dejado de tener trece años. Y nosotros iremos ya para generación y media de tarados

Faltan medios públicos, seguridades y profesores vocacionales, desde luego, y sería
obsceno ignorarlo; pero también sobra una condescendencia que ha terminado por
considerar ofensiva cualquier exigencia que no venga acompañada de un manual de
instrucciones para que nadie se sienta mal, empezando por los alumnos y terminando
por los profesores, que ahora siempre hablan a los padres en parábola, no vayan a
ofenderse por escuchar la verdad y les vayan a buscar un problema con la bolsa de
trabajo. La educación debería ser la primera obligación ilustrada de nuestra generación, incluso por puro egoísmo. Convendría asegurarnos de que quienes vienen detrás sepan leer los papeles que les dejemos, hacer las cuentas de nuestras deudas y distinguir una herencia de una escombrera y una rotonda de un proyectode país.

Durante los próximos días iremos decantando los hallazgos del incómodo informe,
afinando las cifras, buscando explicaciones, descubriendo agravios y, con un poco de
suerte, averiguando por qué los catalanes, a la vista del ciclón, decidieron adulterarlo
para no salir retratados en la fotografía del Cottolengo nacional. Vendrán las versiones, las facciones, la política de baja estofa, el reparto de culpas y ese edificante espectáculo nacional de echarnos los trastos a la cabeza mientras cada cual cocina
los datos a fuego lento hasta que, convenientemente guisados, terminan sabiendo a los argumentos de siempre. Todo eso pasará, con la educada naturalidad que nos regaló la EGB.

Entretanto, este disparate anual seguirá ahí, y los chavales habrán llegado a la mayoría de edad sin haber dejado de tener trece años. Y nosotros iremos ya para generación y media de tarados.

No country for wise men.