Leí la frase ayer en una entrevista a Zohran Mamdani en El País Semanal, y llevo desde entonces dándole vueltas. El alcalde de Nueva York elegido en noviembre de 2025 con más votos que ningún candidato a esa alcaldía desde los años sesenta, sostenía que las democracias europeas no se hundieron en el siglo pasado porque los ciudadanos dejaran de creer en ellas, sino porque se cansaron de no poder alimentar a sus familias. Y añadía una pregunta que sonaba a sentido común: ¿de qué sirve la democracia como valor si la gente no tiene cubiertas sus necesidades básicas?
Confieso que mi primera reacción fue asentir. Hay en esa queja algo convincente, casi físico. Cualquiera que haya conocido la angustia de no llegar a fin de mes, de ver cómo el alquiler devora un sueldo entero o de abrir el buzón con miedo a una notificación bancaria, entiende la futilidad de las abstracciones. Votar cada cuatro años no paga una factura de gas. La libertad de imprenta no abriga a nadie en invierno. Pedirle devoción institucional a quien no sabe si podrá pagar el colegio de sus hijos roza el cinismo, y los gobiernos que ignoran la miseria material de sus ciudadanos no deberían sorprenderse si estos, hartos de sermones republicanos, acaban buscando amparo en el primer caudillo que les ofrezca comida a cambio de sumisión.
Hasta ahí, el diagnóstico es intachable. El problema empieza en el paso siguiente, casi sin que nos demos cuenta.
Mamdani no es un autócrata sino un alcalde elegido en las urnas que intenta congelar los alquileres de un millón de apartamentos y financiar guarderías gratuitas con impuestos a las rentas más altas. Presentarlo como un peligro totalitario sería una simpleza. Las palabras, sin embargo, en cuanto se pronuncian dejan de pertenecer a quien las dijo: viajan solas y arrastran su propia historia. Al supeditar la validez de la democracia a su rendimiento material, ¿de qué sirve si no alimenta?. Mamdani resucita, sin proponérselo, una pregunta formulada casi en los mismos términos hace más de un siglo, en un despacho del Kremlin.
Mamdani resucita, sin proponérselo, una pregunta formulada casi en los mismos términos hace más de un siglo, en un despacho del Kremlin"
En el otoño de 1920, con la guerra civil rusa en su tercer año y el Ejército Rojo requisando cosechas por decreto, dos socialistas españoles cruzaron media Europa hacia Moscú. Uno era Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Político en Granada. El otro, Daniel Anguiano, tipógrafo riojano de la UGT, condenado a cadena perpetua tras la huelga general de 1917 y liberado al año siguiente por una amnistía. Los había enviado la Comisión Ejecutiva del PSOE para decidir si el partido debía adherirse a la Tercera Internacional que Moscú acababa de fundar, con sus veintiún puntos de admisión y su disciplina de cuartel.
De los Ríos se entrevistó con Lenin y le preguntó, con la franqueza de quien viene de otra tradición, cuándo pensaban levantar el estado de excepción y devolver la libertad de imprenta, de sindicación, de pensamiento. Lenin no se molestó en argumentar. Respondió que los bolcheviques nunca habían prometido libertad, sino la dictadura del proletariado, y remató con una frase que De los Ríos transcribiría al año siguiente en su libro Mi viaje a la Rusia sovietica y que la historiografía ha repetido tantas veces que ya cuesta separarla de su leyenda:
Libertad, ¿para qué?
Anguiano y De los Ríos habían viajado juntos pero volvieron por caminos distintos. Uno regresó convencido de que aquello era el porvenir y al año siguiente figuraba entre los fundadores del Partido Comunista de España. El otro escribió un libro que denunciaba el "mundo policíaco" que había visto y la inviabilidad económica del maximalismo bolchevique, y consiguió que el PSOE, en su congreso de 1921, rechazara la adhesión a la Internacional de Moscú. Fue ese rechazo, no una síntesis doctrinal, lo que dejó fuera del partido a quienes soñaban con la revolución soviética y los empujó a fundar el suyo propio.
Entre la crudeza de Lenin y la sensibilidad social de Mamdani hay una distancia moral considerable. Lenin justificaba el terror en nombre de un paraíso futuro; Mamdani promete autobuses gratuitos y alquileres congelados, dentro de un sistema con elecciones, prensa libre y separación de poderes. Equipararlos sería absurdo. Y, sin embargo, la estructura del argumento es idéntica en ambos casos: los dos piden a la libertad política que rinda cuentas ante un tribunal de utilidad. Para el revolucionario ruso era un lujo burgués que entorpecía la marcha hacia el comunismo. Para el alcalde neoyorquino, un adorno que pierde sentido si la nevera está vacía. Que dos argumentos compartan una forma no significa que conduzcan al mismo lugar, pero sí que comparten una debilidad: dejan la libertad pendiente de algo que puede fallar.
Esa subordinación parece generosa y esconde una trampa. Si la democracia solo vale mientras garantiza el bienestar, ¿qué régimen debe sustituirla el día que fracase? Y, sobre todo: ¿quién decide cuáles son las necesidades básicas, cuándo están cubiertas y qué margen de disenso se tolera mientras el Estado dice estar cubriéndolas?
¿Quién decide cuáles son las necesidades básicas, cuándo están cubiertas y qué margen de disenso se tolera mientras el Estado dice estar cubriéndolas?"
En una democracia representativa esas preguntas no se cierran nunca: se debaten, se votan, se corrigen, se vuelven a debatir. Es un sistema lento, expuesto a la mediocridad y a la incompetencia, y tiene una virtud que ningún régimen autoritario puede ofrecer: reconoce que nadie tiene el monopolio de la verdad y prevé un mecanismo pacífico, las urnas, para echar al gobernante cuando lo hace mal.
El siglo XX abunda en regímenes que prometieron resultados a cambio de silencio. Mussolini prometió trenes puntuales, y durante años los italianos repitieron la frase sin comprobarla. Stalin prometió abundancia y entregó cartillas de racionamiento; en Ucrania, entre 1932 y 1933, una hambruna provocada que produjo seis millones de muertos cuya existencia la propaganda negó mientras ocurría. Ninguno tuvo problema en repartir algo al principio. Todos, sin excepción, hicieron lo mismo en cuanto las cosas empezaron a torcerse: convirtieron en delito de traición señalar que faltaba pan.
Ese es el nudo real. La legitimidad por resultados tiene un defecto de fábrica: cuando los resultados desaparecen, el poder no se retira lo que hace es atrincherarse. Y silencia al testigo.
Cuando Franklin D. Roosevelt enumeró sus cuatro libertades ante el Congreso, el 6 de enero de 1941, once meses antes de Pearl Harbor, incluyó la libertad frente a la necesidad, freedom from want. Sabía que un estómago vacío alimenta al fascismo mejor que ninguna ideología; lo había visto en Alemania y en Italia. No se le ocurrió, en cambio, presentar esa libertad económica como condición previa de las otras tres: la de palabra, la de culto, la de vivir sin miedo. No dijo: primero comamos y luego, si sobra tiempo, votemos. Las entendió como un bloque que no se podía partir.
La democracia no promete neveras llenas sino algo más modesto y, a la larga, más valioso: que nadie te encierre por decir que la tuya está vacía, que puedas organizarte con tus vecinos para pedir explicaciones, y que puedas mandar a casa a quienes prometieron llenarla y no lo hicieron.
Es legítimo preguntarse, sin embargo, qué consuelo ofrece esa promesa a quien tiene el estómago vacío. Decirle a un hambriento que al menos puede quejarse de su hambre es responderle con un argumento que él, con razón, puede encontrar impertinente. La apuesta de la democracia no es que la voz valga más que el pan: es que ningún régimen que pidió a los ciudadanos cambiar voz por pan ha terminado dándoles pan. La alternativa histórica a la democracia nunca fue la saciedad sino la misma miseria, con silencio.
No es poco. Es, de hecho, lo único que separa la dignidad de un ciudadano de la arbitrariedad de un amo compasivo. Preguntarse para qué sirve la democracia cuando falta el pan es legítimo. Olvidar que el despotismo siempre empieza repartiendo pan y termina confiscando la voz es un lujo que la historia no concede dos veces.
Fernando de los Ríos lo supo desde aquel despacho de Moscú. Murió, exiliado, en Nueva York, en 1949. Que setenta y siete años después otro socialista sea alcalde de esa misma ciudad es una coincidencia geográfica, no una línea causal: la historia no traza rectas. Pero la pregunta de Lenin sigue suspendida sobre toda promesa de pan a cambio de obediencia. La respuesta de cada época decide qué clase de régimen deja a la siguiente.
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