El 20 de agosto, el diario El País distribuyó un nuevo suplemento de China Watch. Cuatro páginas. La portada celebraba el Parque Fotovoltaico de Talatan, 609 kilómetros cuadrados de placas solares levantados, según el propio texto, en la prefectura autónoma tibetana de Hainan. El reportaje se detenía en el rebaño de "ovejas fotovoltaicas" que pasta bajo los paneles y ahorra cuatro millones de yuanes anuales en mantenimiento.

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Al día siguiente, el mismo periódico informó de que el Tribunal Superior de Hong Kong había declarado culpable a Lee Cheuk-yan de incitación a la subversión. Lo que el tribunal consideró subversivo fue la defensa, reiterada y pacífica, de una consigna: "Poner fin a la dictadura de partido único". Lee lleva privado de libertad desde 2021. La pena correspondiente a esta nueva condena todavía no se ha fijado.

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En esas cuatro páginas de China Watch, la única aparición del Tíbet es el nombre administrativo de una prefectura bajo un rebaño de ovejas. Entre el pastoreo y la cárcel habían transcurrido apenas veinticuatro horas. El lector no necesitaba cambiar de periódico. Le bastaba con esperar un día.

China Watch no es formalmente el diario oficial del Partido Comunista Chino. Es un suplemento elaborado por China Daily, medio estatal integrado en el aparato propagandístico de Pekín. No es un periódico chino contando China. Es la dictadura contando su versión de China con el papel, la distribución y el prestigio prestado de una cabecera democrática.

Tampoco se trata de una inserción excepcional. El suplemento reaparece en El País cada dos o tres meses, con la regularidad de una colaboración estable. Y no solo en papel: el propio encarte remite a chinawatch.elpais.com, un subdominio que el periódico ha cedido a China Daily y que continúa actualizándose entre una entrega y la siguiente. No es un enlace. Es una dirección propia dentro de la casa.

El mecanismo no se limita a traducir. En el mismo número, la tribuna de opinión la firma un dirigente de una fundación española: enumera las ventajas competitivas de España para el capital chino y recomienda a los lectores el libro blanco sobre gobernanza global publicado por la Oficina de Información del Consejo de Estado de China. El suplemento no importa solo los textos. También recluta las firmas.

La responsabilidad de difundir propaganda no desaparece porque se identifique al propagandista

El suplemento incluye una advertencia: la responsabilidad de los contenidos no corresponde a El País. Pero la responsabilidad de difundir propaganda no desaparece porque se identifique al propagandista. Pekín pone los textos; el periódico pone lo que verdaderamente se compra: su credibilidad.

Imaginemos que un gran diario europeo hubiera distribuido durante la dictadura de Pinochet un suplemento preparado por la Junta chilena. Ocho páginas sobre carreteras, crecimiento económico y estabilidad institucional. Ninguna sobre los desaparecidos. En una esquina, una advertencia: el régimen asume toda la responsabilidad. Nadie habría considerado que aquella línea convertía la propaganda en periodismo ni que el dinero recibido borraba la indignidad.

Con China, sin embargo, la evidencia se vuelve discutible. Desde 1949, su historia está atravesada por el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural, Tiananmén, la represión del Tíbet, los campos de Xinjiang y la destrucción de las libertades de Hong Kong. Pero China compra deuda, vende tecnología a Europa y ofrece un mercado demasiado grande para incomodarlo. La moral occidental, tan severa ante las dictaduras desaparecidas o pequeñas, descubre de pronto los matices.

El episodio de Meng Hongwei ofrece una medida de ese poder. En septiembre de 2018, el entonces presidente de Interpol y viceministro chino de Seguridad Pública viajó a China y dejó de dar señales de vida. El 6 de octubre, Interpol tuvo que pedir oficialmente a Pekín que aclarase dónde estaba su propio presidente. Al día siguiente, China reconoció que lo investigaba. Meng confesó después haber aceptado sobornos y fue condenado en 2020 a trece años y medio de prisión. No es necesario proclamar su inocencia para advertir lo esencial: durante casi dos semanas, el régimen hizo desaparecer incluso al presidente de Interpol sin informar a su familia ni a la organización que presidía. Su mujer y sus dos hijos obtuvieron asilo en Francia.

La cuestión ya se planteó a los responsables de El País. El 23 de junio de 2022, un lector escribió al Defensor del Lector para preguntar cuánto cobraba el periódico por aquellas páginas, pedir que rechazara ese dinero y señalar que el suplemento hablaba de medio ambiente, de progreso económico y de patrimonio cultural, pero no de la persecución de los uigures. Carlos Yárnoz le respondió que la inserción de tales suplementos podía ser discutible y se remitió a la advertencia sobre la responsabilidad de los contenidos. Pero admitió lo esencial: que China Watch es un producto controlado por medios chinos, supervisados a su vez por unas autoridades que no permiten la libertad de prensa ni respetan plenamente los derechos humanos.

Han pasado cuatro años. El suplemento vuelve a imprimirse cada dos o tres meses y conserva su domicilio dentro de elpais.com. En el número del 20 de agosto, el Tíbet sigue siendo el nombre de una prefectura con ovejas.

El escándalo no consiste en que Pekín fabrique propaganda. Las dictaduras lo han hecho siempre. Consiste en que un periódico democrático le reserve un espacio propio mientras informa de las personas encarceladas por combatir al régimen que la produce.

En una página se denuncia al carcelero. En el suplemento se le alquila una habitación.