Cada semana es un tiovivo con Donald Trump en la Casa Blanca. Especialmente desde hace seis meses, cuando Estados Unidos inició junto a Israel una operación militar contra Irán. Esta semana Trump arrancó amenazando con bombardear Omán, un país que ha actuado de mediador, pero con el que ahora trata Irán cómo desatascar el estrecho de Ormuz. Al día siguiente, Trump decidió que Ormuz era territorio de EEUU. Y el miércoles anunció que declaraba la guerra económica a Irán y a todos los países que ayuden al régimen de los ayatolás. Trump lo comparó con el Día D y se refirió a "la operación económica más devastadora de la historia".

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A la vez el secretario del Tesoro Scott Bessent quiso tranquilizar a los inversores sobre la campaña en Irán y aseguró que era improbable que se reanudaran los bombardeos a gran escala. Como apunta The New York Times, el mensaje también lo escucharon los dirigentes iraníes que confirmaron así que se había pasado a nueva fase. De las bombas a la asfixia económica, algo que se lleva intentando desde los ochenta con Irán. El mensaje del secretario del Tesoro confirma cómo la guerra de Irán está trasladándose al bolsillo del ciudadano, que reclama una tregua. Es una guerra impopular, incluso entre los republicanos, y se acercan las elecciones de medio mandato.

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En Irán han perfeccionado también sus instrumentos de propaganda para estar a la altura del desafío que plantea Trump. El ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abás Araqchí, ironizó este viernes sobre el anuncio del presidente de EEUU. "Hemos visto esta película antes. El mismo cuento, diferentes matones", dijo el jefe de la diplomacia iraní en sus redes sociales. Y comparó la medida con la anunciada hace 14 años por su predecesor, el demócrata Joe Biden, que entonces era vicepresidente con Obama. Trump desprecia públicamente a Biden. Ni siquiera ha tenido un gesto amable con él ahora que se sabe que sufre un cáncer extendido.

El desgaste de Irán

¿Cómo seguir presionando a Irán pero sin reabrir el frente bélico? La guerra económica parece la solución ideal. Así Trump recupera el relato con un mensaje de control. Trump advirtió en Truth Social que todo aquel país que proporcione cualquier tipo de "salvavidas a Irán" se enfrentará "a CONSECUENCIAS económicas TREMENDAS". Así con mayúsculas, como gritos trumpianos. Pero resulta que el principal salvavidas financiero de Irán es China, que compra la mayor parte de su petróleo.

Como decía el ministro iraní, Irán lleva décadas afrontando las consecuencias de las sanciones internacionales. Exactamente desde desde la revolución islámica de 1979. Por ello, ha desarrollado mecanismos de adaptación. Aún así, la economía iraní sufre un enorme desgaste: la inflación superó el 48,6% en octubre de 2025 y se situó en el 42,2% en diciembre del mismo año. El rial, la moneda nacional, ha perdido en el mercado paralelo dos tercios de su valor. Sus ingresos proceden de la venta de petróleo pero lo hace a 56 dólares, precisamente por tener que recurrir al llamado mercado gris (no oficial).

Trump traslada una visión catastrófica de la situación en Irán, mientras que las autoridades de Teherán intentan reflejar lo contrario. El régimen de los ayatolás ha demostrado su gran capacidad de resistencia, pero cada vuelta de tuerca adicional reduce el margen de maniobra de un régimen que ya afrontó protestas internas por el coste de la vida y una moneda en caída libre.

Sectores en el objetivo en Irán

El objetivo no es solo el petróleo iraní, aunque siga siendo el corazón del sistema. Todo el sector energético está en el objetivo. Irán exporta actualmente entre 1,65 y 1,8 millones de barriles diarios de crudo y condensado, casi en su totalidad hacia refinerías chinas independientes, a través de una flota fantasma de más de 350 petroleros que recurre a transferencias barco a barco frente a las costas de Malasia, Singapur y, cada vez más, el mar de Omán.

Irán obtiene también ingresos relevantes de productos refinados, con más de 10.000 millones de dólares anuales en gas licuado de petróleo, unos 7.000 millones en fuelóleo y cerca de 5.000 millones en exportaciones de gas, dirigidos sobre todo a Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Irak, India y Pakistán.

El transporte marítimo es el segundo gran frente. La llamada flota fantasma está formada por barcos viejos, con banderas de conveniencia y propietarios ocultos tras empresas pantalla registradas en terceros países. Rusia también recurre a este sistema para eludir las sanciones.

Washington ha bautizado su ofensiva contra estas redes como Operación Furia Económica, una campaña del Tesoro que se dirige contra flotas fantasma, refinadoras extranjeras, intermediarios marítimos y financieros, e infraestructura comercial y bancaria en el extranjero, incluyendo intermediarios en China, Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong, Irak y Omán.

El sistema financiero y bancario es el tercer gran objetivo, con especial atención a los bancos regionales chinos de segundo nivel que gestionan los pagos en renminbi a Irán, precisamente para esquivar el sistema financiero occidental. Y Trump también ha señalado explícitamente a las rutas aéreas.

Qué países son los 'salvavidas' de Irán

El principal comprador de petróleo iraní es China, que en 2025 adquirió más del 80% del petróleo exportado por Irán. Obtiene el crudo a mejor precio porque de otra manera el régimen iraní no lo podía vender. Según estimaciones del Congreso estadounidense, las compras chinas de petróleo representan alrededor del 45% del presupuesto total del Gobierno iraní. Gracias a China, Irán puede mantener el gasto militar.

"China es la pieza indispensable" en toda campaña de presión económica contra Irán, sostiene Miad Maleki, investigador principal del think tank Foundation for Defense of Democracies, con sede en Washington, declaraciones al New York Times. "No hay quien pueda absorber el crudo iraní a la escala de China".

Maleki realiza la lista de los diez principales socios de Irán. Son China, Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Irak, la Unión Europa, India, Pakistán, Rusia, Afganistán y Omán. De todos ellos, la mayor duda es China. No se va a plegar a la voluntad de Trump.

China, un hueso duro de roer

Trump se ha esforzado por mejorar su relación con el presidente chino, Xi Jinping, con quien tiene previsto reunirse en Washington el 24 de septiembre. La Administración Trump actuará con cautela a la hora de presionar a China, sobre todo teniendo en cuenta la próxima cumbre, lo que deja abierta la cuestión de hasta qué punto puede endurecerse la campaña económica de EEUU contra Irán.

China es la segunda economía del mundo, tiene su propio sistema de pagos alternativo al dólar y lleva años perfeccionando, junto a Rusia e Irán, un entramado de pagos en divisas locales, bancos regionales fuera del radar de Washington y una flota de petroleros que ya ha hecho más de 1.500 viajes entre Irán y China en un solo año. Es cierto que como consecuencia del bloqueo del estrecho de Ormuz se ha reducido mucho el comercio entre los dos países.

El segundo país es Emiratos Árabes Unidos, tradicionalmente un actor clave en la reexportación y el tránsito de mercancías iraníes. Acaba de anunciar un embargo comercial indefinido con Irán, una decisión que ilustra hasta qué punto sus vínculos económicos con Estados Unidos pesan más que su relación comercial con Teherán.

Turquía, el tercer país, probablemente no renovará un contrato de suministro de gas con Irán que llevaba un cuarto de siglo en vigor. El cuarto, Irak, que llegó a recibir gas y electricidad iraníes por un valor conjunto de unos 12.000 millones de dólares anuales antes de que estallara la guerra, ha tenido que suspender esas importaciones por escasez interna y buscar proveedores alternativos.

¿Maniobra de distracción por el caos interno?

El mismo día en que Trump prometía la guerra económica contra Irán, el Departamento del Tesoro confirmaba que la deuda pública estadounidense había superado, por primera vez en la historia, la barrera de los 40 billones de dólares, lo que equivale al 126% del PIB. No es una coincidencia menor. Estados Unidos tardó casi 200 años en alcanzar su primer billón de deuda, en 1981; ha necesitado solo cinco meses para sumar el último billón, tras rebasar los 39 billones en marzo.

Los pagos de intereses se han convertido ya en la segunda partida de gasto federal, por detrás únicamente de la Seguridad Social, y superan ya el billón de dólares anuales. Como resumía esta semana Maya MacGuineas, presidenta del Comité para un Presupuesto Federal Responsable, al ritmo actual, en solo seis años Estados Unidos alcanzará los 50 billones de dólares de deuda.

Los mercados financieros también están preocupados. Al menos desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha podido financiar su deuda a un coste relativamente bajo, ya que la compra de bonos estadounidenses se consideraba la inversión más segura. Y ya se sabe: para proteger los ahorros hay que pagar. Pero eso ya es cosa del pasado. El rendimiento de los bonos a 10 años subió la semana pasada hasta el 4,7 %, claramente por encima, por ejemplo, del de los títulos de deuda comparables de España (3,7 %).

En 2024, el último año en el que un demócrata ocupó la Casa Blanca, la renta nacional de Estados Unidos creció un 2,8 %. El año pasado, ese crecimiento se ralentizó considerablemente hasta el 2,1 %. En el segundo trimestre de este año, en términos interanuales, se frenó aún más: hasta el 1,5 %.

Uno tras otro, los motores que impulsan la economía estadounidense se están apagando. Uno de los primeros en empezar a fallar fue el de las inversiones. Una de las principales razones es la imprevisibilidad de Donald Trump. ¿Cómo se puede planificar nada si, con una sola publicación en las redes sociales, el presidente puede modificar los aranceles de importación o impedir la contratación de especialistas extranjeros?

Pero también se está desmoronando otro motor clave de la economía estadounidense: el consumo privado. La confianza no había estado tan baja en décadas. La razón principal es la carestía. En julio, en términos interanuales, los precios subían a un ritmo del 3,4%. Esto hace que, sobre todo, los estadounidenses más pobres ya no puedan llegar a fin de mes. Pocos ahorran para tiempos difíciles: la tasa de ahorro ha caído por debajo del 3%.

Los precios se ven impulsados por la catastrófica campaña iraní. Por esta razón los precios de los combustibles se disparan. Cuando Biden abandonó la Casa Blanca, el precio del galón de gasolina era de 3,12 dólares. Hoy es hasta un dólar más caro.

Los estadounidenses no están, en cualquier caso, muy optimistas. A tres meses de las elecciones de mitad de mandato al Congreso, el 64 % de ellos afirma que "la economía estadounidense va por mal camino" y solo el 25 % opina lo contrario.