He pasado buena parte de mi vida en salas donde se juzga a los hombres, y he acabado creyendo que el juicio es la forma que la civilización da al horror: el acto por el que una comunidad se mira a sí misma y dice en voz alta esto ocurrió, esto tiene autores. Quizá por eso me desvela una idea. Una de las mayores constelaciones criminales del siglo XX, repartida por más décadas y más continentes que ninguna otra, nunca tuvo un juicio universal y fundacional comparable al de Núremberg. Hay una silla vacía en el centro de la historia europea, la del acusado que jamás llegó a sentarse.
El comunismo y el nacionalsocialismo no fueron gemelos doctrinales: el primero, nacido de 1917, hunde sus raíces en el siglo XIX; el segundo brota de la Alemania humillada de entreguerras. Pero fueron contemporáneos en lo esencial, en su desprecio común por el individuo, sacrificado en nombre de la clase o de la raza, y ambos levantaron un archipiélago de campos. Y sin embargo, al terminar la guerra, sus destinos se separan para siempre. Uno es derrotado, ocupado y juzgado; el otro se sienta del lado de los jueces y sale de la contienda no solo impune sino agrandado, dueño de media Europa. Esta es mi tesis: al no ser derrotado ni sentado en el banquillo, el comunismo conservó una licencia moral que el nacionalsocialismo perdió para siempre.
El origen es incómodo y casi nunca se cuenta. El 23 de agosto de 1939, Berlín y Moscú firman un pacto de no agresión y un protocolo secreto que reparte Europa oriental con regla y lápiz. El 1 de septiembre la Wehrmacht entra en Polonia por el oeste; el 17, el Ejército Rojo entra por el este a completar la partición. Durante casi dos años los dos regímenes fueron socios. En la primavera de 1940, por decisión del Politburó, la policía política soviética asesinó de un tiro en la nuca a unos veintidós mil oficiales y profesionales polacos y los enterró en Katyn y en otros lugares. Años después, en el gran juicio de la posguerra, los fiscales soviéticos intentarían atribuir esa matanza a los alemanes, y el tribunal dejaría caer el asunto en silencio. El juez era también un asesino, y la sala miró hacia otro lado.
Todo cambió en junio de 1941, cuando Hitler rompió el pacto y la Unión Soviética, monstruosa la víspera, pasó a ser el aliado imprescindible y el ejército que tomó Berlín. Ese sufrimiento fue inmenso y real, pero también una coartada: quien acaba de derrotar al mal absoluto no puede ser otra figura del mismo mal. Así, en 1945, Núremberg nombró un horror y decidió no mirar el otro, porque entre sus jueces se sentaba el régimen que acababa de intentar atribuirle Katyn.
No hubo Núremberg para lo demás: ni para el Holodomor, la hambruna con la que entre 1932 y 1933 se mató a millones de ucranianos mediante la colectivización y la requisa deliberada; ni para el Gran Terror; ni para el Gulag. Hubo, es cierto, ajustes de cuentas allí donde el comunismo se vivió en carne propia, archivos abiertos y leyes de lustración en Alemania, en los bálticos, en Chequia. Pero todo se quedó en casa de las víctimas. Lo que no hubo fue una condena con autoridad universal que llegara a la conciencia global, donde el nazismo sí quedó proscrito para siempre.
Se me dirá, y es la objeción más seria que se puede plantear, que a los vencedores no se les juzga, y que Núremberg solo fue posible por la rendición y la ocupación total de Alemania. Es verdad. La Unión Soviética no fue derrotada: se desplomó desde dentro, en 1991, sin un soldado enemigo en la plaza Roja y bajo un paraguas nuclear que volvía impensable cualquier banquillo. Lo reconozco sin reservas. Pero esa constatación sostiene mi tesis en lugar de desmentirla. La condena del nazismo no fue solo el tribunal: fue la desnazificación, la prohibición de los símbolos y una pedagogía de generaciones que solo pudo alzarse sobre la derrota. Lo que el comunismo se ahorró no fue únicamente un juicio, fue la derrota que obliga al arrepentimiento. Quien no es vencido conserva intacta su buena conciencia.
Las buenas intenciones
Hay además una razón moral, ajena a toda razón de Estado. Al nazismo lo juzgamos por su esencia, porque predicaba la desigualdad y el exterminio; al comunismo, por sus intenciones, porque hablaba el idioma de la emancipación. Sus crímenes nos parecen la traición a una idea noble; los del nazismo, el cumplimiento de una idea perversa. De ahí la frase que he oído mil veces: aquello no era el verdadero comunismo. Nadie dice jamás que Auschwitz no fuera el verdadero nazismo. Y conviene ser exacto: comparar no es igualar. La Shoah conserva una singularidad propia, porque el nazismo necesitaba aniquilar biológicamente a pueblos enteros por el solo hecho de existir, sin huida posible, mientras que el comunismo mató por la clase, por la conducta atribuida o por la pertenencia a una categoría política que el Estado declaraba enemiga. La diferencia importa; no absuelve nada. El número de muertos es comparable; la lógica que los produjo, no del todo. Por eso, cuando invoco el espejo de Grossman, en el que un oficial de las SS y un viejo bolchevique se reconocen, no hablo de la identidad de sus utopías, sino de la de su maquinaria: el partido, el campo, la delación, el hombre reducido a polvo en nombre del porvenir.
El comunismo, además, no solo escapó al juicio: en su encarnación mayor, sencillamente, ganó. El mismo año en que caía el Telón de Acero, 1989, los tanques aplastaban en Tiananmén a los estudiantes, y sobre esa plaza preside todavía el retrato de Mao, responsable de una de las mayores hambrunas de la historia, quizá la mayor. No son regímenes idénticos, pero comparten una genealogía decisiva: el partido único, el monopolio de la verdad histórica y la ausencia de toda responsabilidad penal por el crimen de origen.
Doble rasero
La herencia más visible es la asimetría del símbolo, que conviene acotar para no exagerar: no es universal. En varios países que sufrieron el comunismo esa simbología está prohibida o severamente restringida por ley, y en buena parte del Sur global la hoz y el martillo evocan la descolonización o la lucha contra el apartheid, una memoria disputada que no es amnesia. Pero en la metrópoli occidental, entre los herederos acomodados de las sociedades que conocieron de sobra el expediente del gulag, un muchacho puede pasearse con la cara del Che en el pecho y el gesto se leerá como rebeldía, incluso como elegancia, cuando el mismo gesto con el otro emblema sería, con razón, impensable. Ese doble rasero, el de quien tuvo todos los medios para saber y eligió la amnesia elegante, es el verdadero heredero del juicio que no se celebró.
Sé lo que podría reprocharme un buen historiador, y me lo reprocho yo antes que nadie: le pido a la historia, que se mueve por la fuerza y el azar, la coherencia que solo existe dentro del sumario de un juez. Es la deformación de mi oficio. He pasado la vida creyendo que todo crimen admite instrucción, vista y fallo, y la historia casi nunca concede ese cierre. Y, aun sabiéndolo, no abandono la exigencia, porque renunciar a ella me parece peor que sostenerla en vano. Pienso en los muertos sin nombre de Kolymá y de las aldeas ucranianas. La silla seguirá vacía. Y, sin embargo, escribo, porque a veces escribir consiste exactamente en eso: en levantar, aunque sea tarde y solo sobre el papel, el acta que el tribunal de la historia no quiso leer.
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