En menos de diez meses (entre septiembre de 1939 y junio de 1940), el ejército alemán de la Segunda Guerra Mundial (la Wehrmacht) bajo las órdenes del partido nazi logró dominar el núcleo de Europa. Para 1942, los ejércitos de la cruz gamada se expandían por todo el continente. Su éxito en la escena bélica internacional se debió principalmente en una doctrina operacional revolucionaria: la Blitzkrieg (guerra relámpago).
"El motor del tanque es un arma tan eficaz como su cañón". — Heinz Guderian, general y teórico de la guerra blindada (Panzer Leader, 1950).
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Romper, envolver y paralizar
La doctrina militar alemana no nació de la nada, fue la evolución natural del principio prusiano de la Bewegungskrieg (guerra de maniobra), adaptado a la nueva capacidad tecnológica que aportó el desarrollo industrial de mediados del siglo XX. El tanque (panzer) fue el eje fundamental para el movimiento de los ejércitos alemanes. El objetivo no era destruir al ejército enemigo en una batalla de desgaste frontal, sino paralizar las decisiones de su alto mando cortando sus comunicaciones y rodeando a sus tropas antes de que el estado mayor enemigo pudiera reaccionar.

Esta estrategia se sostenía sobre una triada de pilares tácticos. En lugar de atacar a lo largo de todo el frente, las divisiones blindadas concentraban todo su poder de fuego en un sector extremadamente estrecho y vulnerable de la línea enemiga, lo que se denominó Schwerpunkt (punto de esfuerzo principal). Además, a diferencia del mando rígido y centralizado de los ejércitos francés o soviético, los oficiales y suboficiales alemanes en vanguardia tenían total libertad para tomar decisiones improvisadas, el Auftragstaktik (táctica de misión). Así, sin esperar órdenes de la retaguardia, el ejército podría explotar los huecos del enemigo sin titubear en segundos.
Una vez abierta la brecha, los tanques no se detenían a combatir las bolsas de resistencia (Kessel). Estos avanzaban decenas de kilómetros hacia la retaguardia para rodear al enemigo, dejando que la infantería motorizada que venía detrás se encargara de lidiar con la resistencia enemiga que se dejaba atrás.

Panzers, radio y Stukas
Durante las campañas de Polonia (1939) y Francia (1940), los tanques alemanes (Panzer I, II, III y IV) no eran técnicamente superiores en blindaje o potencia de fuego a los pesados carros franceses o británicos (como el Char B1 o el Matilda). La verdadera ventaja competitiva de la Wehrmacht residía en la integración de las tecnologías más modernas del momento.

Es el caso del uso de la radio por cada blindado. Mientras los tanques aliados apenas contaban con radios o usaban banderas de señales, absolutamente todos los Panzer alemanes estaban equipados con emisoras de onda corta. Esto permitía a los comandantes de carro coordinar maniobras de escuadrón a gran velocidad en medio del humo y la confusión.

No solo eso, el ejército alemán siempre tuvo apoyo aéreo cercano (Luftwaffe). El bombardero en picado Junkers Ju 87 (Stuka) actuaba como una artillería volante de precisión. Guiados por radioperadores que avanzaban en la primera línea de tanques, los Stukas destruían los fortines y concentraciones de artillería enemigas minutos antes de que amenazaran la columna de blindados. Finalmente era la infantería mecanizada (Panzergrenadiers), soldados transportados en semiorugas blindados (Sd.Kfz. 251), la encargada de mantener las posiciones tomadas. Consolidando el terreno sobre el que se sostenía el avance.

La ilusión de la mecanización total y el colapso logístico
El éxito deslumbrante de la campaña de Francia en 1940 creó la falsa impresión de una máquina militar invencible. Sin embargo, detrás de la propaganda del régimen nazi se escondía un talón de Aquiles estructural que terminaría por descarrilar tras el fracaso de la batalla de Stalingrado (1943).
El destino de la Wehrmacht demostró la limitación inherente a su propia doctrina. La Blitzkrieg era un instrumento magistral para ganar campañas cortas, pero resultaba insostenible en una guerra de desgaste prolongada a dos frentes. La logística, la demografía y los recursos económicos terminaron por aplastar al mito de la máquina invencible. No obstante, a pesar de su brillantez militar, el ejército alemán pasó a ser una fuerza envilecida que convirtió la innovación bélica en el brazo ejecutor de un proyecto genocida.
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