Inteligencia Artificial

Ya puedes hablar con los muertos a través de IA, pero no como te imaginas 

Sales del trabajo, era el momento en que aprovechabas para llamar a mamá desde el atasco, en el autobús o camino del gimnasio. Sientes una punzada profunda de dolor. Ya no está, nunca más volverás a hablar con ella. Pero…y ¿si pudieses volver a escuchar su voz, contarle cómo te ha ido el día y escuchar sus consejos sobre cómo afrontar un problema? Y si no fuese solo una llamada telefónica ¿qué pasaría si pudiésemos realizar una videoconferencia viendo su rostro, sus gestos, sus expresiones y su forma de reírse?

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Hasta la llegada de los nuevos desarrollos IA, hablar con seres queridos que nos habían dejado era cosa de médiums, de tableros ouija o se gestaba dentro de la imaginación de un guionista de televisión. 

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Pero hoy es, literalmente, un servicio que podemos contratar online. Empresas que graban nuestra voz, gestos o recuerdos, de manera que, cuando ya no estemos, nuestra familia y amigos puedan preguntarnos cuál fue el concierto de nuestra vida, el amor que nunca conseguimos olvidar o esa receta de croquetas familiar que tu abuela Carmen te dejó en herencia.

En este contexto, la Inteligencia Artificial ha convertido la pregunta “¿podemos hablar con los muertos?” en un problema técnico con solución comercial. Y, como suele ocurrir con las promesas tecnológicas más distópicas, hemos de analizarla con interés genuino por aprender y con pensamiento crítico para conocer hasta qué punto puede ser un avance o un cambio con graves consecuencias. 

Los avatares de nuestros muertos ya pueden existir 

La tecnología detrás de esto no es especialmente compleja: clonación de voz a partir de audios, modelos de lenguaje entrenados con los whatsapp, mensajes, correos y conversaciones que una persona deja detrás y generación de vídeo que anima un rostro para que “hable” con las mismas expresiones y gestos que su gemelo real.

Empresas como HereAfter AI permitieron durante años grabar entrevistas en vida para preservar recuerdos, ideas, valores e historias personales. Posteriormente, los familiares podían formular preguntas y escuchar las respuestas originales grabadas por la propia persona, creando una experiencia conversacional basada en testimonios reales. Aunque parece que la compañía no continuará con su actividad a partir de 2026, ha sido una de las pioneras en este tipo de tecnología.

Otro ejemplo del uso de la tecnología con este objetivo es StoryFile: creó videos interactivos de William Shatner (el actor que durante tantos años interpretó al inolvidable Capitán Kirk de la nave Enterprise en la serie Star Trek), pensado explícitamente para “hablar” con generaciones futuras que nunca le conocieron en persona.

Pero en China, la llamada "resurrección digital" ha dado un paso más. Empresas tecnológicas y algunas compañías funerarias ofrecen la creación de avatares conversacionales de personas fallecidas a partir de fotografías, vídeos, grabaciones de voz y otros contenidos digitales conservados en vida. La práctica ha abierto un intenso debate ético y jurídico sobre el consentimiento, la privacidad y el uso de la identidad digital de los fallecidos.

Todo este fenómeno tiene nombre en la literatura académica. Griefbots, deadbots o postmortem avatars, según el matiz: si buscan acompañar el duelo, simular a un fallecido concreto o dejar un legado voluntario.

Pero ojo. Conviene no idealizar la experiencia. Las investigadoras principales del proyecto Synthetic Pasts, la Dra. Eva Nieto McAvoy y la Dra. Jenny Kidd, analizaron varias plataformas de “afterlives” sintéticos o deathbots. Los resultados, publicados en la revista Memory, Mind & Media, fueron reveladores. Las investigadoras concluyeron que los sistemas utilizados ofrecían una representación excesivamente simplificada de la memoria y de la identidad personal. Las conversaciones podían resultar convincentes al inicio, pero posteriormente también sin profundidad e incluso extrañas, al generar respuestas que simulaban cercanía emocional sin reflejar la complejidad que la persona que interactúa con uno de estos avatares puede tener en sus diferentes fases de duelo. 

Y sin embargo, esa misma limitación, esa falta de profundidad o complejidad que caracteriza a los seres humanos y sus relaciones, no pesa igual en todos los casos. No es lo mismo que esa versión simplificada aparezca sin que nadie la haya autorizado, que sea precisamente eso lo que la persona quiso dejar: no una réplica fiel de sí misma, sino un gesto limitado, pensado como consuelo y no como sustituto. 

El regalo voluntario

Y esta para mí es la distinción más interesante del debate y la que más se pasa por alto. No es lo mismo un griefbot construido después de la muerte de un familiar, sin consentimiento explícito de quien ya no puede opinar, que un avatar preparado en vida, de forma consciente, como quien escribe una carta para abrir “el día de tu boda”, sabiendo que no podrá asistir a la misma porque ya no estará. En el primer caso hay preguntas legítimas sobre privacidad de datos, dignidad y manipulación. En el segundo, la persona decide qué contar, qué dejar fuera, qué secretos mantendrá y con qué propósito construye su avatar. Y eso cambia por completo la perspectiva ética del asunto.

Dos investigadores de la Universidad de Cambridge, Tomasz Hollanek y Katarzyna Nowaczyk-Basińska, lo resumieron con una frase que merece destacarse: una persona puede dejar una simulación IA como regalo de despedida para quienes no están preparados para procesar su duelo de otra manera. Su estudio, publicado en 2024 en Philosophy & Technology, no rechaza la tecnología; pide que se diseñe con responsabilidad. Advierten, eso sí, de un riesgo real: incluso quienes encuentran consuelo al principio podrían acabar afectados por interacciones diarias que se convierten en un peso emocional difícil de sostener. ¿Cómo comenzamos, procesamos y cerramos un duelo si seguimos hablando con lo que, a nuestro juicio, se comporta como la persona que estamos despidiendo? Por eso, estos investigadores proponen protocolos de consentimiento explícito y, cuando haga falta, formas de despedida del propio avatar (una suerte de funeral digital) para poder cerrar la interacción con la IA con dignidad.

En España, el artículo 3 de la LOPDGDD permite que las personas allegadas al fallecido o sus herederos puedan solicitar el acceso, la rectificación o la supresión de determinados datos personales. Esta norma ¿podría conformar un marco jurídico para regular la creación de avatares póstumos? 

En realidad, como en tantas situaciones de este nuevo y cambiante mundo creado tras la explosión de la Inteligencia Artificial generativa, no existe ninguna legislación específica que permita a los familiares de un fallecido convertir la voz, la imagen o los datos de una persona en una simulación de IA. Si no se dejaron instrucciones, la ley tampoco lo impide. Lo único que la norma bloquea es el escenario en el que la persona dio una negativa previa: si se opuso expresamente en vida, ahí sí hay un veto legal. 

Pero todo este andamiaje legal resuelve solo una pregunta: quién tiene derecho a hablar en nombre del fallecido, aquí, en este mundo. Deja completamente intacta otra cuestión, mucho más incómoda: ¿Y si pudiésemos recrear el cuerpo físico del fallecido, dados los tremendos avances en robótica que estamos viviendo?

¿En cuerpo… pero sin alma?

Todo lo que hemos hablado hasta ahora (griefbots, avatares, legados de voz) comparten una misma forma de comunicación: son pantalla, son audio, son una videoconferencia fake en una pantalla. Puede parecerse a nuestro familiar, pero no podemos abrazarle, no nos puede consolar físicamente. 

Lo que está cambiando ahora, y muy rápido, es esta parte de la relación: la parte física.

Los ejemplos ya no ocurren en un laboratorio. UBTech, una de las empresas chinas punteras en robótica humanoide, ha puesto a la venta un modelo pensado para uso doméstico que acumula más de 13.000 pedidos, con entregas previstas a lo largo de este año. La compañía asegura que su robot reconoce más de 20 estados emocionales a partir de la voz, la mirada y las expresiones faciales, con una precisión declarada superior al 90%, sincroniza los labios con el audio con un desfase casi imperceptible (cifras aportadas por la propia empresa, conviene subrayarlo). Incorpora además un sistema de memoria persistente, pensado para recordar conversaciones, interacciones o preferencias de sesión en sesión.

Pero este no es un ejemplo aislado. Morgan Stanley ha duplicado en 2026 su previsión de robots humanoides en China, hasta 50.000 unidades y calcula que el mercado chino pasará de 2.000 millones de dólares este año a 15.000 millones en 2030. Compañías como Unitree, AgiBot o EngineAI ya no muestran prototipos en ferias: están procesando pedidos reales. 

Empecemos ahora a imaginar robots que van más allá de realizar tareas en fábricas o en nuestros domicilios: pensemos en androides específicamente generados para el acompañamiento emocional, que además pudiesen estar personalizados con la imagen de nuestro ser querido.

¿Ciencia ficción? Con los tres ingredientes avanzando en paralelo no lo será en pocos años: cuerpo cada vez más humano, lectura emocional cada vez más fina, memoria cada vez más persistente. No hace falta un salto de imaginación para ver hacia dónde apunta todo esto: robots de duelo. Un cuerpo con la altura, la voz y los gestos de una persona concreta que ya no está, entrenado con sus recuerdos, sus mensajes y su forma de hablar, capaz de reconocer cuándo quien tiene delante está triste y responder en consecuencia. Ninguna empresa lo ha anunciado todavía como producto y probablemente pasarán años antes de que sea viable fuera de un prototipo. Pero técnicamente ya no falta ningún componente por inventar. El problema que se debatirá es otro: la ética en el uso de estos robots.

Y ahí es donde el debate que planteábamos con los avatares de voz cambia de categoría. Un mensaje se puede cerrar, apagar, dejar de escuchar. Un cuerpo en el salón que gesticula como gesticulaba el hijo que perdiste, que te mira mientras habla y reacciona a tu tristeza, es un vínculo de otra naturaleza y una forma de dependencia a la que renunciar será mucho más difícil.

Los mismos investigadores que hoy proponen “funerales digitales” para cerrar la pantalla de un griefbot con dignidad van a tener que repensar ese protocolo por completo cuando el griefbot sea físico: apagar una voz es un gesto que requiere un esfuerzo inmenso. Despedir a un cuerpo que se parece a alguien que perdiste será vivir el duelo dos veces.

Y para todo esto no estamos preparados. Pero….¿quién podría estarlo?


María del Acebo Sánchez-Macián es especialista en Inteligencia Artificial aplicada.

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