Opinión

Inteligencia artificial en la industria bélica: ¿quién controlará a las máquinas que decidirán por sí solas a quién eliminar?

Inteligencia artificial en la industria bélica: ¿quién controlará a las máquinas que decidirán por sí solas a quién eliminar?
Tropas israelíes desplegadas en una zona de concentración cerca de la frontera entre Israel y Líbano | Europa Press

Cuando en 1942 el bioquímico Isaac Asimov publicó las Tres Leyes de la Robótica, no estaba escribiendo un código de conducta: estaba imaginando un futuro. La primera de aquellas leyes, "un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño", sigue siendo una de las frases más citadas de la ciencia ficción. En 1985 añadió una Ley Cero que la coronaba: "un robot no puede dañar a la humanidad". Hoy, la industria bélica global invierte miles de millones precisamente en el camino opuesto.

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La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un asunto de chatbots, asistentes de oficina y sistemas de recomendación de Netflix. En el último ciclo bélico —Ucrania, Gaza y, más recientemente, los ataques de febrero de 2026 sobre Irán— la IA se ha convertido en parte estructural de la maquinaria militar. Y la industria de defensa, que tradicionalmente se movía con la cadencia de los tanques, ha empezado a correr al ritmo de token.

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Un mercado que se duplica en una década

Las cifras son contundentes. Según Global Market Insights, el mercado global de armas militares autónomas fue valorado en 9.25 mil millones de dólares en 2023 y se prevé que crecerá en más del 7% anual entre 2024 y 2032. 

Solo el Pentágono ha solicitado un presupuesto récord de 14.200 millones de dólares para investigación en IA y sistemas autónomos en su ejercicio fiscal 2026, según recoge la Usanas Foundation a partir de documentos oficiales.

Una parte muy visible de ese gasto es el programa Replicator del Departamento de Defensa estadounidense, dotado con mil millones de dólares en 2025 para desplegar miles de drones autónomos antes de finales de 2026.

Pero el dato que mejor describe el cambio de era es otro: la inversión de capital riesgo en startups de defensa estadounidenses se disparó en 2025, alcanzando alrededor de 38.000 millones de dólares. Empresas como Anduril, Palantir, Shield AI o SpaceX lideran ya la nueva ola de contratistas tecnológicos de defensa.

Anduril, la firma de tecnología militar y sistemas autónomos fundada por Palmer Luckey, cerró una ronda de financiación de 2.500 millones de dólares en junio de 2025 que la valoró en 30.500 millones, más del doble que diez meses antes. Palantir, por su parte, firmó en agosto de 2025 un contrato con el Ejército estadounidense de hasta 10.000 millones de dólares a diez años.

Drones que piensan en enjambre

Pero si hay un laboratorio donde se está escribiendo el manual de la guerra del siglo XXI, ese es Ucrania. La revista IEEE Spectrum describía en marzo de 2026 un panorama que parece sacado de una distopía: "enjambres de drones autónomos transportando otros drones autónomos para protegerse de drones autónomos que intentan interceptarlos, controlados por agentes de IA supervisados por un general humano en algún sitio". El ejemplo resume bien el cambio cualitativo.

También la empresa ucraniana Swarmer ha desarrollado un software que permite a grupos de drones operar como una unidad cohesionada. Según una investigación del Wall Street Journal recogida en septiembre de 2025 por United24, una sola unidad militar ucraniana ha empleado este sistema en más de cien misiones.

El operador humano define un área objetivo —por ejemplo, una trinchera enemiga— y, a partir de ahí, la IA toma el control: un dron de reconocimiento traza la ruta y los drones de ataque deciden el momento y orden del lanzamiento de munición.

Al otro lado del frente, Rusia está perfeccionando sus drones "Shahed" de fabricación local. Al inicio de la guerra Moscú empleaba unos 200 drones de ataque en Ucrania al mes. La cifra actual ronda los 5000. Solo en 2025, se han lanzado unos 33.000 drones contra el territorio ucraniano. Para más señas, en 2025 se encontraron en los restos de uno de estos equipos chips Nvidia que habilitan capacidades de IA y módulos de visión térmica capaces de fijar objetivos de noche.

La carrera ha cruzado un umbral preocupante: los drones "injammables" —aquellos que ya no necesitan conexión con un operador porque navegan solos hacia su objetivo— se han vuelto rutinarios. Como advierten los analistas expertos, los algoritmos son cada vez más fiables, pero los sensores no siempre lo son: en una imagen 2D comprimida, un señuelo bien diseñado podría engañar a la máquina. Si se llegase a pintar siluetas de pájaros en estos drones para confundir los sistemas de reconocimiento ¿podrían estos ser engañados?

Robots de infantería: del laboratorio al frente

La otra frontera caliente es la robótica de infantería. En Estados Unidos, una startup llamada Foundation está rompiendo el tabú de "no armar humanoides" que en 2022 habían firmado seis grandes fabricantes, entre ellos Boston Dynamics y Agility Robotics. Su robot, el Phantom MK-1, con apariencia humanoide puede empuñar desde un revólver a un fusil M-16, Mike LeBlanc, cofundador de la empresa y ex -marine cree que el uso de estos robots es un imperativo moral para salvar vidas de soldados humanos.

Empresas como Figure AI desarrollan humanoides con un evidente potencial de doble uso, y la china Unitree Robotics comercializa "perros robot" cuadrúpedos … y a los que el ejército chino, según la misma fuente, ha empezado a montarles fusiles, lanzagranadas y sensores.

Por otra parte, en febrero de 2026 otra empresa, Scout AI, demostró una cadena de ataque completamente autónoma: sistemas IA capaces de identificar objetivos, evaluar amenazas y coordinar el despliegue de armas.

Y en el frente ucraniano, plataformas robóticas como la estonia THeMIS de Milrem Robotics o sistemas ucranianos como Lyut/Liut ya se utilizan para evacuar heridos, reabastecer posiciones bajo fuego y operar armamento remoto, incluidas ametralladoras y determinados sistemas antiblindaje. La idea no es (de momento) reemplazar al soldado, sino reducir el número de personas expuestas al fuego directo.

¿Y dónde está la regulación?

Aquí llega la parte incómoda. La gobernanza internacional avanza muy por detrás de la tecnología. La presidenta del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), Mirjana Spoljaric, junto al secretario general de la ONU, António Guterres, lanzaron en octubre de 2023 un llamamiento conjunto pidiendo a los Estados que negociaran un instrumento jurídicamente vinculante sobre armas autónomas y lo concluyeran en 2026. La Asamblea General de la ONU adoptó en diciembre de 2024 una resolución, por 166 votos a favor y 3 en contra, para celebrar consultas informales en Nueva York durante 2025.

Si la última década nos ha enseñado algo es que ningún sistema de IA es neutral: refleja a quien lo diseña, los datos con los que se entrena y los objetivos de quien lo despliega

En septiembre de 2025, en el seno del Grupo de Expertos Gubernamentales de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales (CCW), 39 Estados —entre ellos España, Alemania, Francia, Austria, México, Suiza y Brasil— firmaron una declaración conjunta para pasar a negociaciones formales. La VII Conferencia de Revisión de la CCW, prevista para 2026 en Ginebra, será probablemente el momento decisivo: o se acuerda negociar un nuevo protocolo, o la ventana de oportunidad se cerrará.

Pero las grandes potencias tecnológicas militares —Estados Unidos, Rusia, China e Israel— se resisten a un tratado restrictivo. La razón es estratégica y también económica: los miles de millones ya invertidos en estos sistemas hacen políticamente costoso renunciar a ellos.

Mientras tanto, los sistemas siguen aprendiendo. El Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) publicó en agosto de 2025 un informe específico sobre sesgos en la IA militar y su impacto en el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario, en particular los principios de distinción, proporcionalidad y precaución en el ataque.  El informe examina como esta tecnología influye en el papel de los seres humanos en la toda de decisiones en cuanto al uso de la fuerza o cómo evalúa los riesgos de daños colaterales. Riesgos que se traducen en muertes.

La pregunta es cómo

El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense, lo dijo sin rodeos en abril de 2026 durante una conferencia en la Universidad de Vanderbilt recogida por Defense One: las armas autónomas serán una parte clave de lo que se hace y se hará en el futuro. La discusión sobre si estas tecnologías se desplegarán o no ya está zanjada por los hechos.

Lo que sigue abierto —y donde cabe nuestra responsabilidad como sociedad— es bajo qué reglas. Si la última década nos ha enseñado algo es que ningún sistema de IA es neutral: refleja a quien lo diseña, los datos con los que se entrena y los objetivos de quien lo despliega. Trasladar esa lógica al uso de la fuerza letal exige un nivel de escrutinio público, transparencia industrial y supervisión humana profunda.

En el artículo de The Times de Marzo de 2026 “Rise of AI Soldiers”, se plantea un riesgo intrínseco en la valoración de las situaciones por parte de robots con IA integrada. En una situación de batalla frenética, el ejemplo expuesto es el siguiente: si un niño corre hacia ti con unas tijeras abiertas, para los humanos es evidente que el nivel de amenaza es mínimo. ¿Cómo actuaría una IA según su entrenamiento? El filósofo y experto en robótica Peter Asaro, presidente del International Committee for Robot Arms Control afirma que estos robots con IA incorporada "No son agentes morales ni legales", advirtió en TIME, "y nunca comprenderán las implicaciones éticas de sus acciones".

En definitiva, mientras la industria corre y los Estados deliberan, esa pregunta queda colgando sobre el campo de batalla. Y, cada vez más, también sobre todos nosotros.

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