Confieso que esta historia no me suelta desde hace semanas. Empezó como empiezan estas cosas, con un dato leído de pasada que debería haber olvidado y que en cambio se me quedó dentro como una astilla, y desde entonces vuelvo a él de noche, lo rumio mientras camino, lo dejo y regresa. Es una escena que no presencié y que, sin embargo, veo con una nitidez que casi me da pudor describir. Unos hombres cruzan un París humillado en el verano de 1940. Van a pedir un permiso. Lo piden, y este es el detalle que no consigo digerir, a los mismos que acaban de ocupar su patria. Podría dejarlo correr, escribir sobre otra cosa más cómoda, pero sé que no lo haré, porque en esa escena hay algo que me concierne y que todavía no sé nombrar. Quizá sea esto, la sospecha de que el coraje y la bajeza no se turnan con el orden tranquilizador de los manuales, sino que cohabitan en los mismos hombres, a veces en la misma semana, y que toda leyenda construida después se levanta para tapar esa convivencia.
Escribo, pues, desde una butaca cómoda, a salvo, ochenta años más tarde, y lo primero que debo decir es que yo no estuve allí, y que juzgar, desde aquí, no me cuesta nada.
He intentado entender, antes que nada, el silencio, porque es ahí donde todo empieza a torcerse. En aquel verano en que Francia se desmoronaba y unas pocas voces solitarias llamaban a resistir, el partido que durante años había hecho del antifascismo su razón de existir callaba. Y cuanto más leo sobre aquellos meses, menos me convence la explicación cómoda de la cobardía. No fue cobardía, ni siquiera el cálculo mezquino de cada cual. Fue algo más frío y, para mí, más difícil de absolver, fue disciplina. El 23 de agosto de 1939, Stalin y Hitler habían firmado en Moscú un pacto de no agresión, y la Internacional Comunista dedujo de aquella rúbrica, con la lógica inapelable de quien ha renunciado a pensar por su cuenta, que la guerra inminente no era ya una cruzada contra el fascismo, sino una reyerta entre imperialismos capitalistas en la que el proletariado no debía mancharse las manos. Berlín salió del centro de la propaganda; el foco se desplazó hacia la guerra imperialista de Londres y de París. Durante veintidós meses, hasta junio de 1941, esa consigna ató de pies y manos al comunismo francés en el instante más decisivo del siglo. Y lo que me desvela no es la orden, que venía de lejos y de arriba, sino la mansedumbre con que se obedeció, una obediencia que sigo sin saber si condenar del todo o temer en mí mismo.
Las consecuencias llegaron pronto y fueron severas. Ilegalizado por el Gobierno de Daladier en septiembre de 1939, con su secretario general, Maurice Thorez, convertido en desertor y refugiado en Moscú, el Partido Comunista Francés afrontó la ocupación con una brújula que le prohibía combatir al invasor. No hubo todavía maquis comunista, ni lucha armada comunista organizada contra el ocupante en aquellos primeros meses. Los gestos inaugurales de la resistencia, el llamamiento de De Gaulle del 18 de junio de 1940, las redes nacientes en torno al Museo del Hombre, las cadenas de evasión que descendían hacia España, fueron obra de patriotas conservadores, de oficiales, de católicos, de socialistas y gaullistas, no de los hombres del partido que más alto había proclamado su odio a Hitler. Cada vez que repaso esa lista de los primeros me detengo en ella más tiempo del necesario, porque me obliga a admitir lo que preferiría callar, que el antifascismo militante se había quedado, por orden de Moscú, en la cuneta de la historia, y que allí permaneció mientras otros, a quienes despreciaba, empezaban a morir.
En aquel verano en que Francia se desmoronaba y unas pocas voces solitarias llamaban a resistir, el partido que durante años había hecho del antifascismo su razón de existir callaba
Y aquí está la escena, la que me trajo hasta este texto y a la que regreso siempre. La he reconstruido tantas veces que temo haberla deformado, así que me obligo a ceñirme a lo poco que sabemos. En junio de 1940, algunos dirigentes, con Maurice Tréand al frente y bajo la autoridad de Jacques Duclos, emprendieron una gestión para que el ocupante autorizara la reaparición legal de L’Humanité. Eso es casi todo lo que consta, y sin embargo no puedo dejar de llenar los huecos. Veo a los emisarios de un partido obrero atravesar un París vencido, cruzar vestíbulos donde el feldgrau de los uniformes alemanes ya se ha vuelto rutina, sentarse entre el humo del tabaco negro frente a hombres que apenas unos días antes han conquistado la ciudad, y negociar. Hubo hasta cinco encuentros, y una aquiescencia condicionada a la censura previa de la Kommandantur, pero la legalización nunca llegó a cuajar. Y me sorprendo aliviado de que no cuajara, como si ese fracaso administrativo redimiera algo, y enseguida me avergüenzo del alivio, porque lo que importa no es el desenlace sino el gesto. El diario de Jaurès, el periódico que había nacido para gritar, pidió permiso para hablar a quienes ocupaban su país. Confieso que cada vez que rehago la escena busco en aquellos rostros una vacilación, una náusea, un titubeo que los salve, y cada vez me descubro haciéndolo y me detengo, porque no fui yo quien tuvo que decidir bajo la bota, y porque sospecho que esa indulgencia que les regateo es la misma que algún día querré para mí.
Todo cambió en una sola madrugada. El 22 de junio de 1941, la operación Barbarroja lanzó a la Wehrmacht contra la Unión Soviética, y la guerra imperialista se transmutó de golpe en guerra antifascista. El comunismo francés descubrió de la noche a la mañana que Hitler volvía a ser el enemigo absoluto, y se arrojó a la lucha armada con una energía que ninguna otra fuerza clandestina igualaría. El 21 de agosto, el joven Pierre Georges, futuro coronel Fabien, abatía a un oficial alemán en el metro de Barbès e inauguraba la era de los atentados. Nacieron los Francs-Tireurs et Partisans, la guerrilla urbana más temida por la Gestapo, y con ellos una espiral atroz de acciones y represalias. En octubre de 1941, tras el asesinato en Nantes del Feldkommandant Karl Hotz, los alemanes fusilaron a cuarenta y ocho rehenes, veintisiete de ellos en la cantera de Châteaubriant.
Hay un nombre en esa lista en el que no quería detenerme y en el que me he detenido de todos modos. Entre los fusilados había un muchacho de diecisiete años, Guy Môquet, que la víspera escribió a los suyos una carta de despedida en la que les pedía valor; lo fusilaron a la mañana siguiente. He leído esa carta, y no debería glosarla ni adornarla, solo decir que un chico de diecisiete años pidió a su madre que fuera valiente por él. Esa es la aritmética implacable de aquellos meses, y es la que me prohíbe abreviar nada. Una consigna fría, decidida en un piso clandestino de París, podía traducirse dos días después en una hilera de vecinos abatidos contra un muro de provincias, hombres que sabían desde la noche anterior que iban a morir por la acción de otros. La táctica del atentado individual, que descargaba sobre inocentes el peso de la represalia, se discutiría con angustia dentro de la propia Resistencia, pero comprometió al partido, ya sin retorno posible, en la guerra contra el ocupante.
El maquis propiamente dicho, la guerrilla rural que tomó su nombre del monte bajo mediterráneo, no se hizo fenómeno de masas hasta 1943, cuando el Servicio de Trabajo Obligatorio, que deportaba a los jóvenes franceses a las fábricas alemanas, empujó a millares de ellos a echarse al monte. Las mesetas del Vercors, el altiplano de Glières, los bosques del Lemosín se poblaron de combatientes. Los comunistas fueron su columna vertebral más agresiva, encuadrados en los FTP y en su rama de inmigrantes, los FTP-MOI, donde lucharon y cayeron extranjeros como los del grupo de Missak Manouchian, fusilados en 1944 y convertidos por la propaganda nazi en la Affiche Rouge, aquel cartel que presentaba la Resistencia como un contubernio de judíos y metecos.
Tras la liberación de 1944, aquel mismo partido que en 1940 había tanteado un acomodo con el ocupante se erigió en el perseguidor más implacable de los colaboracionistas
No todo fueron emboscadas afortunadas. En Glières, en marzo de 1944, y en el Vercors, en julio, los maquis fueron arrasados por fuerzas muy superiores, en batallas que la posteridad convertiría en leyenda. Y entre aquellos combatientes había miles de españoles, un dato en el que me detengo con una emoción que no sé si tengo derecho a sentir. Los hombres de la Agrupación de Guerrilleros Españoles, veteranos de la Guerra Civil, llevaron el peso de la liberación de comarcas enteras del suroeste francés, y fueron españoles, los de La Nueve, los primeros en entrar en París la noche del 24 de agosto de 1944. Lo anoto porque ata, sin que ninguno de ellos lo supiera entonces, los dos extremos de esta historia, y porque presiento que en uno de esos hombres acabaré buscando el final.
El precio fue altísimo. Miles de comunistas cayeron fusilados o deportados, y sobre ese sacrificio real, que ningún hombre honrado puede negar, y que yo no quiero negar, el partido erigió después un mito desmesurado, el del partido de los setenta y cinco mil fusilados, cifra de propaganda que duplicaba o triplicaba el número verdadero de franceses ejecutados por los alemanes, que los historiadores sitúan en torno a los treinta mil de toda filiación. Me cuesta escribir esto sin sentir que profano algo, porque detrás de cada número hay un cuerpo, pero la honestidad obliga a decirlo, la heroicidad fue cierta, la contabilidad no. Y en esa distancia entre el coraje verdadero y la cifra inflada empieza a fraguarse la leyenda que vendría.
Llego ahora a la paradoja que casi nadie cuenta en España, y que es, lo reconozco, la que de verdad me empujó a escribir, la que estaba debajo de aquella astilla del principio. Tras la liberación de 1944, aquel mismo partido que en 1940 había tanteado un acomodo con el ocupante se erigió en el perseguidor más implacable de los colaboracionistas. En la depuración salvaje de aquel verano, los comités de liberación y las milicias patrióticas de inspiración comunista ejecutaron sin juicio a un número que la historiografía suele situar entre ocho y nueve mil personas, según los trabajos de Marcel Baudot retomados y discutidos por Henry Rousso, muy lejos de las estimaciones desbocadas de Robert Aron. Las cortes de justicia instruyeron más de cien mil expedientes y llevaron al paredón a unos setecientos sesenta condenados; cerca de veinte mil mujeres fueron rapadas en las plazas por lo que se llamó «colaboración horizontal». Y mientras leo estas cifras no consigo apartar la imagen anterior, la de los emisarios cruzando París con su permiso bajo el brazo, porque en todos aquellos tribunales y comités el comunismo empujó hacia el castigo más severo, reclamando para los colaboracionistas una dureza que él mismo había evitado emplear contra el ocupante entre 1939 y 1941.
La conclusión es incómoda, pero ya no puedo esquivarla, y prefiero formularla despacio, con todas sus cautelas, porque sé lo fácil que sería convertirla en eslogan. No fueron colaboracionistas en sentido pleno. No compartían el proyecto nazi, no se integraron en el aparato de Vichy, y su entrega posterior a la Resistencia fue real y sangrienta. Fueron otra cosa, más sutil y, para mí, más perturbadora, los primeros en tantear un acomodo político con el ocupante desde el antifascismo militante. Si se entiende la colaboración como un régimen de Estado organizado, Vichy vino después, con Montoire y el apretón de manos a Hitler. Pero si lo que se mide es el primer gesto de acomodo ante el invasor, la búsqueda de una autorización, de una normalización, de una convivencia táctica, el expediente de L’Humanité coloca al partido en una posición incómoda y anterior a la leyenda que él mismo fabricaría. Al erigirse en 1944 en juez supremo de la traición, borraba de paso su propio expediente, porque quien preside el tribunal no se sienta en el banquillo.
Cuando Moscú firmó con Hitler, callaron y tantearon al ocupante. Cuando Hitler atacó a Moscú, lucharon como leones
Tony Judt describió en Pasado imperfecto ese mecanismo exacto, la conversión de la culpa en coartada, de la pasividad de 1940 en pureza patriótica de 1945, y debo decir que leerlo me produjo el desasosiego de reconocer algo que no es solo de ellos ni de aquel tiempo, sino de cualquiera que haya necesitado alguna vez fabricarse una conciencia limpia con materiales sucios.
La historia tuvo además una prolongación española que aquí apenas se recuerda, y que es la que me devuelve, por fin, al hombre que buscaba. Muchos de los guerrilleros que habían combatido en el maquis francés cruzaron después los Pirineos para llevar la guerrilla a la España de Franco. En octubre de 1944, en la operación del valle de Arán, varios miles intentaron una reconquista que fracasó; otros sostuvieron durante casi una década una resistencia interior que la Guardia Civil fue aniquilando pueblo a pueblo. Eran, en su mayoría, comunistas, y peleaban ahora de verdad contra un aliado de Hitler. Esa coherencia final, pagada con la vida, no borra sin embargo la incoherencia del principio, y aquí está, creo, el nudo que llevo semanas sin deshacer. Durante veintidós meses, el movimiento que se proclamaba conciencia antifascista de Europa tuvo su brújula no en la conciencia, sino en una cancillería extranjera. Cuando Moscú firmó con Hitler, callaron y tantearon al ocupante. Cuando Hitler atacó a Moscú, lucharon como leones. Y cuando llegó la hora de juzgar, sostuvieron la cuerda.
La vergüenza de 1940 no cancela el valor de 1944, pero el valor de 1944 tampoco autoriza a borrar la vergüenza de 1940, y he tardado todas estas semanas en entender que esa frase, y no otra, es la única que me atrevo a sostener. Sé ahora por qué no podía dejarlo correr. Porque la última imagen de esta historia no debería ser la de los dirigentes que dictaban consignas desde Moscú o desde los despachos de la liberación, sino la de uno de aquellos guerrilleros anónimos que habían combatido a los alemanes en el maquis, acaso entre los primeros en entrar en París aquel agosto, y que pocos años más tarde caía cercado por la Guardia Civil en una sierra del norte de España, peleando todavía contra un aliado de Hitler. A él vuelvo cuando cierro los ojos, y no a los emisarios del verano de 1940, y he comprendido que esa elección, la de a quién decido mirar al final, dice más de mí que de ellos. Reconstruir la secuencia entera, sin amputarle ninguno de sus tramos, es también devolverle a ese hombre lo que la historia oficial le escamoteó, la mirada fija en un horizonte de jara y de piedra en el que cabía, sin la menor fisura, la coherencia que sus jefes no siempre tuvieron y que él pagó hasta el final con la única moneda que le quedaba.
Empecé confesando que no estuve allí. Termino confesando algo peor, que después de mirarlo tanto no sé si habría sido capaz de su silencio en 1940 ni de su firmeza en 1944, y que escribo, en realidad, para no concederme la coartada de los que juzgan sin riesgo, esa misma que ellos se concedieron y que yo tengo, ahora mismo, al alcance de la mano.
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