Opinión

El cerco de Wolfsburgo

Vista aérea de las instalaciones de Volkswagen en Wolfsburgo.
Vista aérea de las instalaciones de Volkswagen en Wolfsburgo. | Volkswagen

Hay un gesto que empieza a repetirse en las fábricas alemanas. Un operario apaga la luz de su puesto, recoge el casco y se marcha dejando atrás una línea detenida. Ocurrió en Saarlouis, donde Ford dejó de fabricar el Focus en noviembre de 2025, después de 55 años. Ocurrió también en Dresde, donde Volkswagen puso fin a la producción de vehículos. En Osnabrück ocurrirá en 2027. No son cierres aislados. Son los primeros signos visibles de un cerco industrial que se estrecha alrededor de Europa.

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En 2017, las fábricas de la Unión Europea produjeron casi quince millones de turismos. En 2024 fueron 11,4 millones. Volkswagen, que llegó a prepararse para fabricar doce millones de vehículos al año en todo el mundo, trabaja ahora con un techo de nueve.

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China avanza en dirección contraria. En 2024 produjo más de 31 millones de vehículos; casi trece millones eran eléctricos o híbridos enchufables. Mientras Volkswagen discutía con los sindicatos cuántos empleos debía eliminar, BYD aumentaba sus ventas en Europa.

La pérdida de empleo ya tiene cifras. La industria alemana calcula que entre 2019 y 2035 desaparecerán 190.000 puestos. Volkswagen ha pactado la supresión de 35.000 hasta 2030. ZF eliminará 14.000; Bosch, unos 13.000; Audi, 7.500. Los proveedores europeos aseguran haber perdido 86.000 desde 2023.

La explicación más sencilla consiste en decir que Europa llegó tarde al coche eléctrico. Es verdad, pero no basta.

Un competidor 'dopado'

Las empresas europeas compiten con fabricantes respaldados por un Estado que decide adónde va el crédito, concede subvenciones, protege a sus grandes compañías y mantiene bajo control los conflictos laborales. Europa, mientras tanto, exige a sus propias fábricas salarios, derechos sindicales y normas ambientales que encarecen cada vehículo. Son obligaciones necesarias. El problema aparece cuando se permite vender aquí a quienes producen bajo reglas muy distintas.

Las marcas europeas ganaban dinero en China y los consumidores compraban más barato. Parecía un buen negocio. La factura ha llegado después

A esto se añade Xinjiang. Las investigaciones de los últimos años han señalado vínculos entre algunas cadenas industriales chinas y programas de trabajo forzoso. No se trata solo de saber cuánto cuesta un automóvil, sino de qué hay detrás de ese precio.

Europa conocía estas diferencias. Durante años prefirió no detenerse demasiado en ellas. Los componentes chinos eran baratos, contenían los precios, engordaban los beneficios. Las marcas europeas ganaban dinero en China y los consumidores compraban más barato. Parecía un buen negocio. La factura ha llegado después.

El cerco de Wolfsburgo no es solo la historia de una empresa que produce menos o que reacciona tarde. Es la imagen de una industria entera descubriendo que puede quedar atrapada en su propia apertura: obligada a competir en casa bajo reglas estrictas frente a rivales que operan con otras, sin que el mercado global corrija la asimetría.

Nadie propone rechazar un automóvil por ser chino, ni negar la calidad que algunos han alcanzado. La pregunta es más simple: cuánto tiempo puede Europa jugar con reglas estrictas en su propio terreno mientras acepta que otros compitan sin ellas.
Mientras la respuesta llega, cada luz que se apaga en una fábrica alemana cierra el perímetro un poco más.

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