El tren de Madrid a San Sebastián se ha detenido otra vez. Los pasajeros levantan la vista, esperan una explicación y, al cabo de unos minutos, vuelven a sus teléfonos. Nadie parece especialmente sorprendido. Una señora avisa de que llegará tarde con el tono de quien comunica una costumbre familiar. Hemos adquirido una educación ferroviaria exquisita.
Al subir al vagón todavía conservábamos ciertas pretensiones: llegar a la hora impresa en el billete, por ejemplo. Cerca de Burgos se celebra el cambio de ancho de vía, ceremonia que devuelve al viajero una medida más prudente de sus expectativas. La máquina cumple su parte. Los pasajeros, que habían organizado la tarde contando con la colaboración del ferrocarril, empiezan a cancelar compromisos.
Después, el paisaje se deja examinar con detenimiento. Hay tiempo para apreciar una tapia, distinguir las ovejas y seguir la evolución de un camino hasta perder todo interés por su destino. El viajero busca las cuadrillas de obreros, las excavadoras, algún indicio de la modernización anunciada. En ciertos tramos, la maleza ofrece el aspecto de una propietaria establecida desde hace generaciones.
La legendaria «Y vasca» pertenece ya al patrimonio mitológico. Se transmite de padres a hijos, junto con las escrituras del piso y otras obligaciones pendientes. De los aproximadamente 4.500 millones de euros previstos al comienzo se ha pasado a una estimación de 6.800 millones para el trazado principal, sin incluir las integraciones urbanas definitivas. El presupuesto ha disfrutado de una libertad de movimientos que los viajeros agradecerían.
Entretanto, se han sucedido los anuncios, las visitas de obra y las fotografías de autoridades con casco. Debe de quedar poco terreno donde un responsable público no haya señalado alguna vez el horizonte. El pasajero sigue recorriendo buena parte del trayecto por una vía que sus abuelos reconocerían, aunque ahora viaje sin vagón restaurante, sin tabaco y sin el cesto de mimbre entre las rodillas. Hemos retirado las comodidades antiguas con admirable diligencia.
Quien necesite consuelo puede mirar hacia Extremadura, donde el autobús de sustitución en mitad de la noche prolonga el viaje mediante una excursión que nadie había solicitado. A esas horas, bajar del tren con una maleta permite conocer mejor el país.
El deterioro ha alcanzado también al AVE, durante más de tres décadas la joya de la corona. La joya permanece; empieza a ceder el engaste. En febrero de 2026, según el INE, los viajes de alta velocidad cayeron casi un tercio respecto al mismo mes del año anterior. La CNMC calculó que el primer trimestre terminó con un 21 por ciento menos de pasajeros y que, incluso después de la recuperación primaveral, el segundo continuó un 10 por ciento por debajo de 2025. El viajero dispone de otras opciones, y algunas permiten concertar una cita al llegar.
La palabra «demorado» lleva tanto tiempo encendida que empieza a parecer el nombre de una localidad"
Sería injusto acusar al Ministerio de Transportes de inactividad. Basta con consultar las redes sociales. Mientras un pasajero intenta averiguar si perderá su enlace, el ministro puede estar resolviendo una controversia con un ciudadano que ha puesto en duda su gestión. Imaginemos el teléfono sobre la mesa: una crítica, una respuesta, otra crítica, un bloqueo. La mañana avanza. En algún punto de la red ferroviaria, un interventor sin información vuelve a recorrer el pasillo.
Los improperios llegan puntuales. Para responder a un adversario siempre parece haber material disponible. Uno acaba deseando que esa diligencia alcance al panel de salidas, donde la palabra «demorado» lleva tanto tiempo encendida que empieza a parecer el nombre de una localidad.
Las averías se atribuyen a la fatalidad; los retrasos, a circunstancias que el comunicado enumera con mucho cuidado. Cuando algo funciona, comparece el ministro. Cuando falla, se abre una investigación. El pasajero conserva el billete por si le corresponde alguna devolución y escucha que nunca se había invertido tanto. Mira alrededor. Le gustaría identificar su parte.
Al caer la tarde, el crítico ha sido bloqueado y algún asesor prepara el balance de una jornada intensa. El tren continúa entre dos encinas. El aire acondicionado pierde fuerza. La señora vuelve a llamar para decir que no la esperen a cenar.
En la pantalla de su teléfono, el ministro acaba de poner a otro en su sitio.
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hace 3 semanas
Hay que estar agradecidos de contar con gente tan capaz para la gestión de lo público. Gente como Óscar Puente que no necesita del dinero público para vivir. Sin ir más lejos, solo hay que considerar sus importantes ingresos por Derechos de Imagen por ceder la misma en la etiqueta de Anís El Mono.
O sea, que en lo sucesivo, respeto. Lo mismo que para su Amo (dicho por él mismo). Un señor que gobierna lo publico pudiendo ganarse bien la gestionando la cadena de «puticlus» familiar.
hace 3 semanas
Lo del ferrocarril está a la altura de las carreteras.
El mantenimiento de estas últimas es como la constitución: manifiestamente mejorable.
Pero el ferrocarril siempre sale en las noticias porque si un vehículo tiene un accidente por la vía no tiene apenas repercusión.
En el norte aún resuenan aquellos trenes que no cambian por los túneles y que hoy en día no se sabe que nos va a costar la broma.
La ministra en cuestión fue recolocada en Paradores y como se dice ahora: punto pelota.
Nuestro ministro tuitero tiene varios frentes.
Rodalies de Barcelona sigue en obras, sigue con puntos negros y esperando la renovación de trenes que hoy parecen de otra generación…
Y así nos va.