Juan Jesús Vivas es como ese señor de jubilación y viudez impecables y tranquilas que está venciendo, como si fuera el señor Miyagi, al Sánchez matón, fardón, melenitas y guitarritas. Vivas es un político que parece un abuelo leyéndote Fray Perico y su borrico o explicándote el fútbol o los barcos, y a lo mejor por eso lleva 25 años de presidente o de abuelo de Ceuta, gobernando como desde un reloj de cuco. Sus paisanos lo respetan y lo creen, así que no sé si será de verdad un político o con los años se ha convertido más en el Papá Noel de allí. Llegó con una moción de censura Frankenstein contra el GIL (es como si viniera de la Guerra de Filipinas) y ahí ha seguido, ganando desde entonces y superando a Chaves, a Bono, a Ibarra y a Pujol. Eso sí debe de ser, de verdad, que no haya propuesta de alternancia, y sin ERE, ni tres per cent, ni polarización (ese juego como de cara o cruz con duro de Franco), ni cloacas, ni siquiera ley de nietos apócrifos con poncho, que parecen todos el Marco de los dibujitos. O sea, que a Sánchez, el guapo con licencia para matar, terror de la sombría fachosfera y patrón de los pescadores de perlas y los fontaneros de tubería gorda, le está torciendo el brazo un señor entre Chanquete y David el gnomo. Normal que le tenga manía.
Juan Jesús Vivas, abuelo de columpios, señor de cola del pan, tranquilo, abierto y cabal como un barbero antiguo (quizá porque aquello es demasiado pequeño para la mentira y el truco); Vivas, presidente emérito de sí mismo y, sobre todo, raro político al que apoyan sus vecinos, es algo así como el anti Sánchez político y humano, un anti Sánchez sin doblez y hasta sin ganas. A Vivas, ahora, lo están atacando todos, ha provocado uno de esos zafarranchos que se declaran en la Moncloa cuando Sánchez se enfada, se desmaya o se entristece, o cuando a Begoña, la gran profesional, le confunden el talento con el tráfico de influencias. La Moncloa, entre alarmas y bombillazos, no por Ceuta sino por Vivas, lo ha acusado de “indolencia” e “irresponsabilidad”. Óscar Puente, que es como el Masticapeñascos (Ibáñez) de Sánchez, el que sale siempre a romper vértebras, ha afirmado que Vivas defiende Ceuta “de boquilla” y que la situación real “le importa un bledo”. Óscar López, macho beta a la hora de morder la pieza, asegura que Vivas habla “en clave electoral” y que lo que hace “no está orientado a solucionar los problemas”. Ha salido luego Vivas, como desenvolviendo un caramelo de café con leche, a decir que nada de esto le importaría si al menos se arreglaran las cosas. Pero no se arreglan. Por supuesto que no se arreglan.
Vivas es el enemigo número uno ahora, que es como si lo fuera Papá Pitufo. Supone uno que sólo hay que ir a Ceuta y preguntar a la gente, a ver si creen que Vivas ha pasado de todo para cubrirse las espaldas y beneficiar a su jefe, o eso más bien lo ha hecho, qué se yo, Marlaska, o el delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez, que no sabemos muy bien dónde está (quizá ha vuelto a lo suyo, que yo diría que es cultivar melones), pero pronto lo aclarará todo ante los tribunales. Se le podría preguntar al propio PSOE de Ceuta hasta qué punto cree que Vivas ha traicionado a su pueblo por el poder, o eso que tenga él allí, en su reloj de cuco, en su cuarto de farero, o más bien resulta que lo que dice y pide Vivas es simplemente lo que dicen y piden todos allí, algo tan evidente que es imposible la tergiversación, ni siquiera el disimulo. La verdad es que no concibe uno que el pobre Vivas pueda hacer algo para enquistar la situación o alargar el caos que resulte más efectivo que lo que está haciendo el Gobierno, o más bien lo que no está haciendo el Gobierno. El mismo Sánchez ya ha dicho que todo eso es “estructural”, que menos ganas de resolver el asunto no se pueden tener cuando le adjudicas estructuras morrocotudas y casi geológicas ya desde el lenguaje.
No concibe uno que el pobre Vivas pueda hacer algo para enquistar la situación o alargar el caos que resulte más efectivo que lo que está haciendo el Gobierno, o más bien lo que no está haciendo
Juan Jesús Vivas es ese señor con bastón y bolsita que te acaba de tumbar ante la opinión pública como en la cancha de baloncesto, igual que hizo Kyrie Irving caracterizado de anciano para una campaña publicitaria. Eso debe de pensar Sánchez, que Vivas lo ha dejado en ridículo ante la novia animadora, ante su colega beta y ante la España adolescente que él aún se imagina y alimenta; que Vivas le ha robado el corazón de melón de España y hasta le ha robado el share. Sí, la entrevista a Vivas en El hormiguero coincidió con la de Sánchez en El intermedio y el señor con pictolines le ganó sobradamente al He-Man de la izquierda, o de toda la democracia (no hay alternativa), o sólo del Súper Pop. Es como si le hubiera ganado la muerte de Chanquete, todavía hoy, y yo diría que estas cosas no las perdona Sánchez. Por menos se movilizan los fontaneros con cizalla, los carceleros con hachón, los fiscales con faralaes y los generalones de la Guardia Civil con el tricornio arrojado a los pies del presidente como un sostén de aquellas fans del Súper Pop.
Sí, Sánchez no perdona estas cosas, que lo acaba de vencer en la tele o en la cama un señor de anuncio de audífono o, simplemente, un político mucho mejor que él. Aunque tampoco hace falta que a Sánchez lo afrenten, ni que lo enfade ni avergüence su impotencia chulapa ante una especie de casto don Hilarión. Lo que está haciendo Sánchez ya lo ha hecho antes, lo ha hecho siempre. Se inventa la cogobernanza, recalca las competencias de otros, vacía sus ministerios de responsabilidad y hasta de los propios ministros, que se dedican a barzonear y a tirar piedras, como niños sin escuela. Y culpa al ultra, o culpa al muy pequeño, al muy grande o al muy lejano, al que gobierna una ciudad de 80.000 habitantes o bien a Trump o a Putin o a Franco, o a todos a la vez, ahí como montados en el mismo burro taxi folclórico. Pero las competencias son del Gobierno: fronteras, política exterior, inmigración, seguridad y hasta sanidad. Y la responsabilidad política y moral, aún más. Sólo la tutela de los menores le correspondería a Ceuta, y aun así, en una situación de claro desbordamiento, en una innegable crisis de Estado, un presidente no puede decir “eso, a Vivas”. Aunque Sánchez esté escocido como un viejo y enfurruñado como un niño.
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