Como no tenemos memoria, se pueden inventar otra vez la izquierda, la justicia, el infernillo y hasta la guitarra. Diría que la Puerta del Sol es ahora un rastro, un mercado de pulgas donde se venden no ya mochilas del 15-M sino panderetas con flecos del 68, sillas napoleónicas, ajuares sentimentales de la abuela, camafeos de poetas, anillos con aguijón y artillería revolucionaria como candelabros mordoré. Lo diría, claro, si la gente tuviera conciencia de estar vendiendo/comprando mercancía de cuarta o quinta mano, expolios de palacios, ruinas de infanzones, griferías de naufragios, la ropa de gorda de Colau o la coleta de Pablo Iglesias, repugnante como esos exvotos de trenzas de niñas con polio. Pero no, con los puretones que ya no recuerdan y los jóvenes que ya no quieren saber, la Puerta del Sol no es un mercadillo de la memoria sino un festival del olvido. Los que plantaron aquel 15-M original, con la Puerta del Sol como un barranco con empalizada o un mirador de pájaros de la izquierda siempre tan ornitológica, llegaron al poder y se volvieron burgueses, retóricos y aciagos, o nos demostraron que siempre fueron burgueses, retóricos y aciagos. Yo creo que los de ahora son los mismos, que se quieren dar una segunda vida como se le da una segunda vida al abrigo dado la vuelta o al marco de un gran espejo quemado por el tiempo y el vicio.
Se diría que todo esto ya lo hemos vivido y olvidado, y los que no lo han vivido tampoco han querido aprender de lo que pasó. En la Puerta del Sol, donde desemboca toda España como en un gran delta, vuelve a haber una acampada en la que el personal se corta las uñas por la justicia y hace marquetería por el bien de la humanidad, sin que por supuesto ni la justicia ni el bien de la humanidad, ni mucho menos los gobernantes, se sientan estremecidos por la clarividencia y el sacrificio de esta gente. Eso no es política, eso es senderismo, o bohemia de tenderete, el que te quiere vender la bicicleta de alambre o el diábolo dándote el coñazo ideológico, alternativo, anticapitalista (el anticapitalista que tiene su propio negocio del anticapitalismo), aunque la cosa sea más bien pura menesterosidad, puro aburrimiento o puro marketing. Yo dejaría un sitio especial, eso sí, para los románticos, que no son los que se quedan en Vallecas con paisaje ferroviario de toldos, tendederos y cables pelados, ni los que se enfrentan al dinero con la flauta de caña y los pies negros, como una tribu, sino a ésos que van a arrimar cebolleta ideológica, el que tiene o quiere tener (quién no quiso) una novieta sindicalista o guerrillera, que vaya a lo comando. Es lo único que me parece verdadero, y en eso Podemos dejó una gran escuela de pragmatismo, casi más que en lo de la familia con franquicia o el empresario con podcast y bareto. Lo demás a uno le parece todo falso o venal.
Arreglar el mundo con la simple poética de arreglar el mundo siempre va a terminar en fracaso, y ahí tenemos la historia, no sólo la de nuestras plazas con indignación y merendola sino la del mundo entero"
La gran verdad del fracaso del 15-M (fracaso porque vuelven a estar donde entonces, incluso después de haber gobernado, o sea rezándoles a las farolas como a crucifijos, pidiendo justicia ante las palomas, indiferentes como diosas de cornisa); la gran verdad, decía, no es que sus líderes traicionaran la pureza del movimiento, sino que la pureza del movimiento consistía precisamente en el fracaso. Arreglar el mundo con la simple poética de arreglar el mundo siempre va a terminar en fracaso, y ahí tenemos la historia, no sólo la de nuestras plazas con indignación y merendola sino la del mundo entero. Pero si el fracaso se convierte en virtud, ahí tienen un recurso inagotable. En realidad no hay olvido, sólo tradición; ni hay ineptitud, sólo táctica. El 15-M no fue política, fue una expresión de sentimentalidad usada por la política, que no es lo mismo. Salir a pedir la paz en el mundo, la justicia universal o un ático para todos no es política, es ignorancia o estupidez. Que los políticos miren a esa gente que ha acampado en la calle con guitarra y baraja, y monta talleres de expresión corporal contra los fondos buitre, y vota en una caja de zapatos si es mejor la paz o la guerra; que los políticos los miren, decía, y finjan hacerles caso para llegar al poder o seguir en él, eso sí es política. Al menos, la única política que se entiende aquí.
Después de ocho años gobernando, o al menos en la Moncloa, aguantando el chantaje de los socios y de Mohamed VI, ignorando o alimentando la corrupción, llamando a la fontanera, montando sus guateques de Spotify y colocando su aro de luz para TikTok como la aureola de un santo con escoba, Sánchez le ha dicho a Maricarmen que lo suyo, y lo de todos en realidad, se va a solucionar. El que prometió que con él no habría desahucios, el que hablaba de cientos de miles de viviendas como el que habla de cientos de miles de amigos, el que ya dijo todo y su contrario, y con la misma cara atemporal y arrugada, como de galápago, por fin va a arreglar la tristeza de las abuelas, de las alcobas, de España y del mundo. Seguramente el martes, día señalado por la historia, por los dioses de las cornisas o por los héroes de las glorietas. Por fin se va a solucionar todo y la izquierda que fracasó se vuelve a sentir joven, como el pureta con flecos, como el tuno viejo, como el podemita con ligue o con franquicia, no porque sea verdad sino porque ya todos se olvidaron de la mentira.
En la Puerta del Sol vuelve a haber un campamento indígena o arqueológico, pero no será ni un revulsivo ni un motín. Los jóvenes sin escuela o los viejos sin memoria siguen saliendo a la calle como buscando el sol de su edad, mientras se les entremeten los políticos con el tenderete y los meritorios con el discurso aprendido, a ver si pescan la esperanza en el fracaso, como les pasa siempre en cada fracaso. No viene una revolución, ni una salvación. La verdad es que los políticos no solucionan los problemas por tres razones: no saben, no pueden o no lo necesitan, y con la vivienda ya han demostrado que, seguramente, se dan las tres. Y no influye en esto que en Sol esperen sentados en la calle hasta que lleguen las castañeras o hasta que se los lleve la lechera o el coche escoba. No, no ha llegado al corazón del Gobierno la razón del pueblo, con eco de fuente municipal, ni se acerca el final de nuestras penurias. Lo que vienen son elecciones. Si Sánchez cree que ha encontrado su gran evento movilizador, si piensa que los palafitos de Sol hacen olvidar los palafitos de Ceuta y hasta la sucia fontanería de la Moncloa, volverá a inventar la izquierda, la justicia, la injusticia, el infernillo, la guitarra, el diábolo, las calles, el fuego y hasta la mentira. Esto ya lo hemos vivido, pero es que hemos vivido casi todo y no escarmentamos.
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