Había una vez un país al que bautizaron por pereza con el nombre del paralelo que lo cruza. Su Pueblo, como tantos otros de la Patria Grande, estaba cansado de los políticos de siempre, de la partidocracia, del viejo país. En resumen, de esas élites "peluconas" que llevaban repartiéndose la riqueza desde que traicionaron el sueño del Libertador de la unidad continental y lo llamaron independencia.

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Entonces, por milagro de la virgencita del Quinche y la voluntad popular, apareció Él hablando de dignidad, de soberanía y de pueblo. Y el pueblo, harto de que lo llamaran pueblo sólo cada cuatro años, le creyó con toda el alma y pensó que, por fin, "la patria sería de todos", aunque acabó siendo de Él. Ganó elecciones y eso lo entendió como poder total. Los que osaran señalar que la mitad del país no lo había votado lo hacían por oligarcas, vendepatrias o tontos útiles de la prensa corrupta. Porque Él era el Líder, el Comandante en Jefe, el Economista, el Ph.D., el Rector de la Patria, el dueño del "Power" point o, simplemente, el Presidente. Él no era un político, era un instrumento de la providencia para refundar la patria.

Y eso fue lo primero que hizo convocando una Asamblea Constituyente. Hacía falta una Constitución nueva –escrita por gente nueva, elegida en unas nuevas elecciones por una nueva mayoría– que trajese aquello que el pueblo esperaba desde la independencia del yugo imperial. Así, en nombre de dios, la naturaleza tuvo derechos y se decretó el "buen vivir". Era la voluntad soberana del pueblo escrita en piedra y quien dijera lo contrario era un sufridor amargado.

A partir de ahí, todo fue un poco más rápido. Los medios de comunicación dejaron de ser de los banqueros para ser del pueblo, es decir, del Estado, es decir, de Él. Los jueces dejaron de ser nombrados a dedo por los partidos tradicionales para ser nombrados a dedo por un Consejo de la Judicatura que, por supuesto, no respondía ante nadie, solo ante Él. Las multas millonarias contra periodistas que se atrevían a preguntar de más se explicaban, siempre, como defensa del honor de un ciudadano común que, por casualidades del destino, resultaba ser también el jefe de Estado. Y cada vez que alguien hablaba de concentración de poder, Él sonreía con esa mezcla de paciencia y hartazgo del padre bueno al que los hijos malcriados no le agradecen nada, y explicaba, pausado, que todo aquello era, en realidad, democracia popular.

Le afligía que los indígenas, que antes marchaban contra los gobiernos neoliberales, ahora marcharan contra Él. Porque Él los quería con infinito amor, casi tanto como quería a los pobres, a las mujeres, a los afrodescendientes y, en general, a cualquier colectivo ciudadano que pudiera citarse en un discurso para demostrar que la revolución era de todos, aunque las decisiones las siguiera tomando solo Él. Con paciencia infinita explicaba que las protestas eran manipulaciones de la derecha o la izquierda infantil, el imperio, las ONG extranjeras o por la simple "maldá". A los que no lo entendieron, con el dolor de su cristiana alma, los procesó por terrorismo, sabotaje o cualquier otro delito de nombre suficientemente grave como para que nadie preguntara demasiado por los detalles.

Como todo ser de luz, no se ensuciaba las manos. Para eso tenía un séquito de siervos. El peor de todos era especialmente sádico y perturbado por el trauma que le generó el acoso sufrido en la escuela a causa de su tamaño. A él lo ubicó en el Ministerio del Interior, desde donde manejó la seguridad del régimen con mano de hierro, acumulando denuncias por abuso de poder, persecución de opositores y uso torcido de los servicios de inteligencia del Estado. Después de años mascando venganza, tuvo la ocasión de montar una red de terror para hundir vidas y familias de quienes cometieron el pecado de no arrodillarse ante el Rector de la Patria.

Los sábados o los domingos, o cada vez que hiciera falta, Él aparecía en todos los canales de televisión durante tres, cuatro, hasta seis horas, para rendir cuentas al pueblo. Ahí disertaba sobre economía, geopolítica, fútbol, la vida de los santos y, sobre todo, la maldad infinita de sus enemigos: la prensa corrupta, la derecha rancia, la izquierda infantil, los Estados Unidos, la partidocracia o los banqueros. Cuando ya no quedaba nadie más a quien culpar, siempre podría echar mano de algún ciudadano que había cometido el imperdonable error de gritarle algo feo en presencia de una damita.

Los devotos y creyentes alucinaban con las carreteras, hospitales, escuelas del milenio. Las obras florecían al tiempo que los sobreprecios y comisiones. Como ya no había baches, ¿qué importaba que la prensa estuviera amordazada, que la oposición se hallase presa o exiliada, que la Constitución se cambiara cada vez que estorbaba? Obras son amores y no buenas razones, y quien pidiera razones era un vendepatria, un resentido.

El petróleo salía y el dinero fluía, eso sí, nunca para Él, no lo necesitaba. Sobrio, austero, asceta, un santo en vida, le bastaba la sonrisa de un niño para ser feliz. No como sus primos, amigos o ministros, a quienes pudo el ansia; ni como esas corporaciones que ganaban contratos públicos con una puntería asombrosa o como esos altos cargos que de pronto tenían empresas prósperas y tres amantes; tampoco como esas autoridades de control que pasaban del bus al Porsche. Nunca supimos cómo lo hacían porque preguntar era hacerle el juego a la oligarquía.

Pero por culpa del imperialismo cayó el precio de las materias primas y se acabó la plata fácil. El pueblo empezó a notar que las obras ya no alcanzaban para tapar la corrupción, la represión y el cansancio. Los propios compañeros de ruta, que habían aplaudido de pie cada sábado, empezaron a distanciarse, a matizar, a recordar públicamente que ellos siempre habían tenido sus reparos. La Justicia, esa misma que Él había moldeado a su gusto, descubrió de pronto que tenía columna vertebral, sobre todo una vez que ya no estaba Él sentado en el sillón presidencial para protegerla. Aparecieron pruebas, testigos, cuentas en paraísos fiscales, sobornos, arroces verdes, jueces comprados, empresas de maletín. Los tribunales que otrora sancionaron a sus opositores por sedición empezaron a culparlo a Él por cohecho, asociación ilícita y delincuencia organizada.

Resulta más preocupante que, en menos de 20 años, haya entrado en escena un nuevo Él, otro salvador de la patria"

Y entonces Él, que durante años había explicado con tanta paciencia que la crítica era persecución política, descubrió que la condena sí era persecución política, esta vez de verdad. Pidió asilo en la patria de sus hijos, lejos del manso río que le vio nacer. Desde allá, encerrado en un ático, siguió hablando: insistía en que iba a volver, en que el pueblo lo necesitaba, en que la historia lo absolvería. Mientras tanto, en su país, quedó una orden de captura internacional con su nombre, una sentencia firme, unos seguidores que siguen jurando que todo es un montaje y una mayoría, cada vez más grande, que se pregunta cómo fue posible que durante tanto tiempo nadie quisiera ver lo evidente.

De esta manera terminó prófugo el hombre que un día llegó jurando que iba a acabar con los privilegios de unos pocos y que, por el contrario, creó los suyos propios, más grandes que los anteriores y protegidos por todo el aparato del Estado puesto a su servicio.

Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado, pues aunque parezca un escrito de ficción, ocurrió. Por eso resulta más preocupante que, en menos de 20 años, haya entrado en escena un nuevo Él, otro salvador de la patria que acabará con la violencia, la inseguridad y nos sacará de pobres sin robar porque Él ya es rico y no lo necesita. Además, tiene las soluciones para todo porque las aprendió en Harvard, donde se convirtió en Master of the Universe, con poderes para acabar con los malos como lo hacía He-Man.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com