Después de pasear un par de días por sus cementerios interiores, como esas basílicas erigidas sobre sepulcros, como esa vanidad y ese negocio erigidos sobre sepulcros, Sánchez ha convocado las elecciones que no iba a convocar. Yo era de los que creían que no iba a hacerlo, que no tenía lógica, porque esa “ventana de oportunidad” por la que asomaban Maricarmen con regadera y una sindicalista con peto de Cantajuego era un invento de su propio sotanillo de la Moncloa, de las varias y entusiastas telepedros y de los medios vasallos, o sea que Sánchez era el primero que sabía que era un truco. Ni esa muchachada de Sol bajo la batamanta de las nubes va con Sánchez, ni ese campamento con toldos y luz de plantación de marihuana es España. Sánchez tiene un relato pero no tiene más apoyos ciudadanos que antes. Tiene el tema y los estribillos, que los hace cualquiera con la inspiración y el material de un cartón de leche, pero no hay nada que indique que el español haya puesto de repente sus esperanzas en Sánchez, sino más bien su cabreo. Sobre todo si el presidente ha convertido dos legislaturas de desidia con la vivienda (y con lo demás) en urgencia y telenovela nacionales, que son, como siempre, urgencia y telenovelas particulares.

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Sánchez salió por la puerta de la Moncloa como de una cripta, en una mañana con luz fría de ciprés (el ciprés es “el espectro congelado de una llama”, que no recuerdo quién lo escribió pero quizá lo comentaba Ortega), con estorninos sobre los ángeles de la muerte y flores blancas para todos, y uno no sabía si con esa convocatoria de elecciones se rendía, conspiraba o nos envenenaba. Imaginé que Sánchez había estado viendo todo el fin de semana sus propios telediarios enviados a Sol, con sus estrellones mediáticos igual que misioneros del Amazonas; que había estado admirando las manifas lúdico-juveniles, y hasta al chaval con hábito de camiseta floja que decía que “el marxismo tiene que volver a la calle”. Quizá Sánchez pensaba todo el tiempo algo así como “toda esta gente me llama, toda esta gente me espera, el pueblo vuelve a estar conmigo”. Claro que esto significaría que Sánchez ya no es Sánchez, que ha acabado creyéndose sus propias mentiras, confundiendo la realidad con su propaganda, sus propias maniobras con el clamor del pueblo, algo así como si hubiera terminado por hipnotizarse a sí mismo o por enloquecer solo, hasta quedarse encerrado en esos espejos en los que tanto se mira y a los que tanto habla, como aquel Calígula de Camus.

Sánchez ha convocado elecciones, o sea que debe de estar realmente aterrado ante la inminencia de algo mucho peor, o esperanzado ante la inminencia del milagro verdadero

No termina uno de creerse que Sánchez haya terminado por engañarse a sí mismo, que el mitómano o el monstruo lo haya consumido o que a lo mejor ya no sea él sino un gemelo malvado. Aunque también resulta difícil de creer que ésta sea la mejor oportunidad que va a tener. Uno esperaba un Sánchez terminal pero con auténtico milagro, con verdadera aparición o truco de última hora, no este Sánchez que decide jugárselo todo robando, como un quinqui, la lágrima de perla a una viejecita y la bicicleta de alambre a un perroflauta, todavía con diez meses de legislatura. Cómo va a ser la mejor oportunidad presentarse como solución a la crisis de la vivienda que él no ha sabido atajar, y creer que la movilización de la izquierda anarquista y antisistema contra ese fracaso representa un apoyo y un empuje, y que aparecer apurado con las urgencias urinarias de Maricarmen después de ocho años de desahucios, sesteo y promesas de pisos en el aire es una gran baza moral y electoral, y que llamar fondos buitre a los mismos a los que hasta hace poco animaba a invertir es un zasca. Si ésta es la mejor oportunidad, imaginen qué no esperará Sánchez que pueda pasar de aquí a poco tiempo.

Yo no creía que Sánchez fuera a convocar elecciones con tan leve milagro. Sí, el leve milagro de una señora desahuciada por una ley socialista, entre decenas de miles de desahuciados y damnificados de la propia política sanchista, y el leve milagro callejero de una izquierda que está entre la vieja revolución del revolcón y Pantomima Full. Poco milagro, en fin, y un gran riesgo de perder y quedarse ya sin colchón, sin pie, sin Fiscalía, sin los esbirros del Estado cuando llegara lo de Begoña, lo de Leire, lo de Zapatero, lo de la financiación, lo de Ceuta. Pero Sánchez ha convocado elecciones, o sea que debe de estar realmente aterrado ante la inminencia de algo mucho peor, o esperanzado ante la inminencia del milagro verdadero, que no van a ser estas calles con sacos y hornillos, ni tampoco que al personal, después de verlo ocho años desgobernarlo y desmantelarlo todo, le convenzan ahora esas dicotomías falaces entre los viejitos y los buitres o entre la gente y el Parlamento. Sí, desde el atril gubernamental, Sánchez no sólo se atrevió a dar el primer mitin (hace mucho que él no distingue lo partidista de lo institucional, lo público de lo privado ni el coqueteo de la tanatopraxia), sino que acusó al Parlamento de “pisotear los derechos de la gente de a pie”. Las sindicalistas con pelo de pollo y asamblearismo de perol son ya menos radicales que Sánchez, que a lo mejor quiere identificarse más con la acampada, con la revolución, con su leve e increíble milagro, de momento sólo mentira.

Seguramente no tuvo Sánchez que reflexionar tanto, aunque nos lo imaginemos hablando con la calavera en la mano, pisando tumbas de templarios y falanges de monja con reliquia de harapo de carne. Seguramente la suerte estaba echada hacía mucho, y si no hubiera sido Maricarmen hubiera sido Maricari, y si no hubiera sido un fondo buitre hubiera sido un nazi con cabeza de huevo por Ceuta (por cierto, ya han visto lo rápido que se puede limpiar el Trampolín, y filiar al personal, e invitarlo a volver a Marruecos como a bailar, si uno se lo propone…). Seguramente ya sabía Sánchez que los milagros que tenía a mano eran pobres y leves, al menos los que conocemos hasta ahora, pero no podía esperar más. Demagogo, falaz, ceniciento y cadavérico después no ya de un fin de semana poniendo velas sino de ocho años de cripta y destrucción, Sánchez convocaba elecciones como aterido de inminencia, inevitabilidad y fantasmas. Sabe que apenas le queda el último milagro de que nos volvamos todos punkis o todos tontos.