La reciente visita de León XIV a España nos interpela, como observadores cercanos, ante su anuncio de visitar tres países de nuestra comunidad histórica, Perú, Argentina y Uruguay.
La visita a España, largamente esperada, puso de relieve nuestros consensos básicos, en relación con la dignidad de la persona y sus valores, cuya defensa por el papa, arrancó en el Parlamento el aplauso más largo que hemos vivido.
Perú es tan cercano al papa León, que éste aceptó su nacionalidad, cuando trabajaba allí pastoralmente. Asumió su pertenencia a esa comunidad política, condición relevante que implica compartir tradiciones, lealtades y esperanzas. La ciudadanía de Perú, primer país iberoamericano que adoptó la doble nacionalidad con España, en 1932, mucho antes de que tratados posteriores así lo admitieran.
Argentina es un país unido al cristianismo, desde tiempo inmemorial. Por eso la Nación sostiene la religión católica. No fue casualidad que Francisco llegara a ser jefe de la Iglesia, volviendo a ser el idioma español la lengua materna del papa, por vez primera desde el siglo XVI. Argentina se formó como nación, heredando la legitimidad española sobre todos sus territorios, y asumiendo su pueblo la conciencia soberana, animado por héroes devotos, bendecidos por curas gauchos.
La visita a la República Oriental del Uruguay viene, en cambio, precedida de acontecimientos históricos, que le confieren un tono particular. Uruguay, nacido de gestas heroicas, comenzadas por Artigas, que enseñaba catecismo cuando no conducía al pueblo en armas, es un país tolerante, laico, en que la separación de la Iglesia y el Estado se verifica desde 1919.
Ciertamente, el poeta Zorrilla de San Martín afirmó que el río Uruguay, así como el Río de la Plata, nacieron de una sonrisa de Dios. También es verdad que estuvieron en Montevideo, antes de su elevación al solio, Pío IX, trabajando como cura de esa capital, o Pío XII, cuando todavía era Cardenal, y desde luego, estuvo de visita Juan Pablo II.
Aun así, Uruguay se enorgullece de su tolerancia y amplitud de creencias, poniendo cuidado en separar ambas esferas del espíritu, la religiosa y la cívica. Un país que proclama que todos los cultos son libres (Constitución, artículo 5), pero asegura a la Iglesia la propiedad de los templos construidos con fondos públicos.
Pero León XIV es un Jefe de Estado, y habrá de intercambiar, con los dirigentes de dichos países, mensajes que tendrán efecto relevante
Las tres naciones pueden esperar mucho de esta visita. La presencia de León XIV conlleva un símbolo de unidad espiritual, nacida del fondo de nuestra historia, una comunidad que, recorriendo un camino largo, defendió valores humanistas.
La invitación al papa sugiere la búsqueda de una visión solidaria de nuestro mundo, llamada a compensar el impulso de superación individual, tan caro a la cultura anglosajona, pensamiento que el pontífice bien conoce.
Invitar al papa ayuda a construir una esperanza, desde la palabra, la cercanía y el diálogo, aquí y ahora, para superar los conflictos del ayer y del mañana. La esperanza de romper desequilibrios, creando oportunidades para todos. Un diálogo sobre inmigración y derechos sociales, la justa distribución de los recursos, el respeto a los valores de la Tierra.
Pero León XIV es un Jefe de Estado, y habrá de intercambiar, con los dirigentes de dichos países, mensajes que tendrán efecto relevante. La Iglesia no es una institución política, como tampoco es una organización no gubernamental. Es la asamblea permanente de los testigos de un mensaje. Pero la presencia del papa ayuda a construir la paz, porque la paz es fruto de la justicia (Pío XII), y no hay mayor justicia que el respeto de la dignidad humana, poniendo en valor la defensa de la vida, sin reparar en etnias o nacionalidades, procurando el progreso de los pueblos, superando bloques y bloqueos, en un mundo humano y nuestro.
Será una visita de gran calado, nada protocolaria, nada anodina, una presencia luminosa que interpela, y que por ello no pasará inadvertida, dejando un legado para la historia.
Álvaro Redondo Hermida es fiscal del Tribunal Supremo
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