Ayuso ha aconsejado al personal que no se le ocurra votar por correo y Feijóo ha dejado también sus dudas pero sacando de la conspiración a los carteros, que son como hijos mitológicos o cienciológicos de nuestros ángeles municipales y nuestros motocarros de gasógeno. Los carteros parecen inocentes como todos los adultos en bicicleta (todavía nos los imaginamos en bicicleta, con bocina, gorra, cartera cruzada y perrillo también cruzado), pero de Sánchez tenemos el deber de sospechar, cree uno. Eso nos dicen la experiencia, el sentido común no tan común y toda la lista de condenados o imputados por ahí por los organismos e instituciones del Estado. De la Fiscalía General a la Guardia Civil, pasando por Adif, la Sepi y el propio Correos, donde Juanma Serrano colocó a Leire para que pegara sellos mientras planeaba venganzas o quizá al revés, cada soldado del sanchismo se ha revelado tan servicial como presunto. Y eso sin contar los malabares con urnas como con antorchas, a plena vista, de Sánchez en sus comités y primarias, y que los mismos socialistas han reconocido luego como “pucherazo”. Uno no es de conspiraciones con magufada y sanedrincillo, pero digo yo que una conspiración que tiene casi tanta historia detrás como nuestro cartero va a haber que empezar a tratarla no como delirio sino como tradición. 

PUBLICIDAD

Sánchez merece la sospecha, se ha ganado la sospecha. Y esto no se invalida porque lo haya dicho Ayuso al aire y a los balcones, como si cantara una jota, o lo haya dicho Feijóo salvando a los carteros como a gatitos. Feijóo ha ido otra vez detrás de Ayuso como detrás del cartero, que parece que Ayuso provoca esas fijaciones cinegéticas o atávicas, en la izquierda y en la derecha. Ayuso no tiene filtro, y eso en un político puede ser bueno o terrible, y puede ser macarrismo, populismo, divismo o sólo clarividencia. Ese personaje entre vecina, monja y dominatrix (monja dominatrix a veces) que se ha fabricado Ayuso o que ha fabricado MAR con guantes de goma y gafas como lentes de faro, ahí en su torre con reloj y pararrayos, está claro que a ella le gusta y le funciona. Ayuso no mira víctimas colaterales ni mira la hora, mientras Feijóo tiene que salvar por lo menos a los carteros, o sea salvar su pudor, y además pasarlo todo por una larga siesta con atrapasueños de complejos y dudas. A Ayuso le funciona eso, a Sánchez le funciona o le funcionaba el bamboleo, y a lo mejor a Feijóo no le funciona nada, pero ése es otro tema. A mí no me gusta Ayuso en jarras, repartiendo fruta, pescadillas o sopapos, pero tiene razón cuando nos recomienda no fiarnos de Sánchez. Y Feijóo tiene aún más razón que la doña, porque salvando al cartero distingue al funcionario del político y separa la podredumbre del sanchismo del destino de todo el país.

Sánchez se merece la sospecha y, de hecho, sospechar de él puede ser lo que nos salve, porque cuando las Leires mandan un recadito o te traen ya la soga, ya no hay mucho que hacer

Había que salvar al cartero porque quizá lo único que nos queda es el funcionario de a pie, con su trompetilla, su tamponcillo y su cédula por triplicado; el funcionario raso, bajo la única autoridad de un ficus o de ese reloj que convierte la oficina en estación de entreguerras o entrepolíticas, ese sitio por el que pueden pasar los partidos, los gobernantes y hasta sus curas, sus soldados y sus novias, pero el funcionario sigue ahí. Me refiero al funcionario con su oposición sagrada, su mesa como de madera de barco y su café eucarístico, tranquilo en la eternidad de lo inmutable, como un querubín de oficina. El cargo por el dedazo político o por la jerarquía política es otra cosa, es eso, un cargo político que sirve a su partido, o a la secta del partido que lo ha puesto, no a la memoria de los temarios ni a la gloria de los trienios ni al cruel derecho administrativo, que es como un dios babilónico. Este funcionario puede ser el cartero, el policía, el inspector de Hacienda o, por supuesto, el juez, el sufrido juez, al que aquí no es ya que lo critiquen en las tertulias de Telepedro, sino que ya le mandan al sicario, como en la Italia de Giovanni Falcone. Ese funcionario es más democracia que el político mangón o zumbón.

Sánchez se merece la sospecha, se la ha ganado con contumacia y chulería, hasta el punto de que apenas podemos dejar fuera de esa sospecha a los carteros, o sea al Estado que está al nivel de la acera y del ciudadano, lejos de las altas jerarquías partidistas. Diría que salvar al funcionario es salvar el Estado de derecho, mientras que los políticos pueden pasar todos por la trituradora de papel de las urnas o por Soto del Real sin que nada se estremezca, que no son tan importantes como ellos se creen. La democracia no son los políticos, sino lo que permanece mientras pasan los políticos. En nada se menoscaba la democracia si se entrulla a un político mangante o sinvergüenza, pero en mucho si se amenaza a un alado juez o incluso a un pedestre cartero. 

Ayuso con saña y Feijóo con postalita nos recomiendan tener ojo, y no es mala recomendación. Tampoco tener cuidado es una acusación, es sólo una cabal salvaguarda. El escamoteamiento de las elecciones, sea parcial o sea un gran pucherazo festivo, no es tan fácil de montar como lo del cuartillo del PSOE, además de arriesgarse a un delito gravísimo. Pero tampoco era fácil ni prudente ni inocuo montar cloacas sicilianas en Badajoz o una embutidora de chistorras en Ferraz, y ya ven. Ni siquiera era inocente la trampa de la ley de nietos, queriendo meter en el censo hasta a los muertos, y también lo hemos visto. Sánchez se merece la sospecha y, de hecho, sospechar de él puede ser lo que nos salve, porque cuando las Leires o Los Rochos mandan un recadito o te traen ya la soga, o Bolaños pone veneno en un decreto, una ley o una enmienda como en el moscatel, ya no hay mucho que hacer. Sí, esto es poner en duda nuestra democracia, como dicen, pero es que nuestra democracia hace mucho que está en duda por culpa de Sánchez. La verdad es que eso mismo, poner en duda la democracia, es lo que hace Sánchez cada día (lo último, acusando al Parlamento de no aprobar lo que a él le dé la gana). Lo que pasa es que lo de la fachosfera es un invento y un fantasma y lo que hace él, a la vista de todos, como con aquellas urnitas de trilero en el PSOE, es un plan y una realidad.