Montse Lluis va a ser la número dos de Vox por Madrid, y no es por ella en particular, sino por la figura en general, pero yo me he acordado de los periodistas que terminan en un ministerio o así, que es como pasar de ser organillero de la calle a ser clavecinista de palacio. Hay periodistas que terminan en un ministerio, como un poeta encajonado, escribiéndole al líder bajo la luz de luna de las fotocopiadoras, bajo la inspiración mística del argumentario (uno se imagina el argumentario como un códice flotante que aparece ante los asesores igual que un cáliz ante los monjes). La verdad es que tan falso puede ser un amor de pianista tísico, de poeta tísico o de presidente tísico como un argumentario de partido, así que todo depende de las debilidades de cada uno. Lo que sí me parece es que el periodista que termina en un ministerio en realidad siempre apuntó a ministro, ya quería ser desde el primer momento ministro, o secretario de ministro, mientras iba por las redacciones como si fueran cancillerías políticas y por los cafés como si fueran vagones de armisticio. Ahora, con las elecciones, hay como un murmullo de periodistas ministros, o secretarios de ministro, que quieren llegar a serlo por fin, y otro murmullo de los que temen dejar de serlo y volver al organillo de la calle o a las redacciones que huelen a sopa. Cada uno tiene la vocación que tiene, claro.
Hay periodistas que terminan en un ministerio, o en una consejería, o en un gabinete, vestidos de azafatos y haciendo de eso mismo, y de heraldos y publicistas, que es lo contrario del periodismo según la cita apócrifa de Orwell y según la experiencia y el sentido común. En realidad el periodista no suele llegar a ministro, que parece una ambición más bien de madre del periodista, como de madre de Máximo Huerta, y en este caso quedó también como decepción de madre (aquel primer gobierno de Sánchez, puro marketing del vendehúmos o vendebragas Iván Redondo, era como un casting de Gran Hermano VIP y Huerta parecía el primer expulsado). El periodista, que tiene un oficio como de entresuelo, suele más bien pasar directamente de los sotanillos de las redacciones a los sotanillos políticos, y ahí se queda inventando palabras y escribiéndoles los discursos a esos políticos que, por no escribirse sus cosas, ni siquiera sus notas o chuletas, luego parece, como Feijóo, que no saben leer. Puede llegar, eso así, a jefe de gabinete de prensa y aparecer por las comparecencias del político para hacer de carabina o de monja con regletazo, como Miguel Ángel Oliver. O puede llegar a gurú, a factótum, a Rasputín mefistofélico, a brujo con cuervos, a Merlín con rayos, como Miguel Ángel Rodríguez. En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo.
Entre el periodismo y la publicidad, y también entre los más angelicales suspiros que alientan una redacción (hay redacciones que parecen internados habitados sólo por suspiros y anhelos de escapar fuera de allí, como aquellos internados de señoritas casaderas con pololo), tenemos otro destino muy deseado, quizá el que más. Me refiero a los medios públicos, que aquí son, absolutamente todos, medios de partido. Los medios públicos sólo son públicos en el sentido de que son otro ministerio u otra consejería, de Propaganda en este caso, que existe sin existir y que se puede manejar con más o menos pudor pero tienen el objetivo de su nombre sin nombre. Cada noticia, cada programa, cada escaleta, cada guion, cada presentador como con balconcillo, cada tertuliano que da tortas o las recibe, cada cómico con sotana, esmoquin o gorra para atrás está elegido, pensado y calculado para servir al partido. Quien lo niegue es que es tonto o está comiendo de ello. Aunque quizá el más cómodo destino es quedarte en tu medio de toda la vida, en tu cabecera de mancheta antigua como una lápida antigua, a ejercer el magisterio del periodismo aun siendo más útil, más efectivo y más dócil al partido de turno que en cualquier otro sotanillo de los que hemos mencionado.
En estos casos, se diría que nos topamos con el más curioso de los quehaceres de un periodista, o sea, básicamente, impedir hacer periodismo
Hay periodistas que pasan de los sotanillos o las hornacinitas de las redacciones a los sotanillos o las hornacinitas de los partidos, que puede parecer que es una tontería cambiar de un encajonamiento a otro pero no lo es. La verdad es que del periodismo es difícil comer, y más difícil todavía comer y beber (creo que fue Francisco de Cossío el que le dijo a Umbral que había que escribir dos artículos diarios, uno para comer y otro para beber). Es mucho más fácil comer y beber de la política, así que más que traidores al periodismo, más que ministros, estadistas o Richelieus desperdiciados por las redacciones entre suspiros y telefonazos, lo que hay son hambreadores. Tenemos una España llena de hambreadores, por todos lados, por todas las profesiones. Los hay con más ética y con menos, igual que los hay con más hambre y con menos, pero todos parecemos banderilleros con cornada de hambre y poetas con musa de telaraña. A lo mejor no hay que juzgar tan duramente a los que se van a la política para no pasar hambre, para no tener que comer fideos de versos o de realidad. Pero el periodista que niega la realidad, o que impide que se conozca, ya es otra cosa. Y también para eso hay que tener vocación.
Hay murmullo en las redacciones y en los ministerios, hay quien sólo piensa en dejar la libreta con mancha de sopa o la mesa del periódico con luz de ciego para escribirle la mentira al ministro en papel con heráldica, y hay quien tiembla al pensar en volver a pisar la calle, que después de la moqueta es como pisar lava. Rugen los comederos, aletean los sueños, flaquean los esbirros, se buscan refugios, huyen los héroes, sonríen los ambiciosos, porque cuando todo se da la vuelta es probable que las putas y los ascetas intercambien los puestos y la experiencia. Hasta el que tiene alma y hambre de poeta puede pasar a tener alma y hambre de rapaz. No sólo en el periodismo, sino en todo. Ya dependerá de la vocación de cada uno.
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