Javier Milei está de nuevo en España, enfadándose con la gente y con las pantuflas no como un león sino como el perrito mopa de una señora. Yo creo que lo suyo no tiene nada que ver con la ideología ni con la argentinidad canchera, que nuestro Óscar Puente embiste más, muerde más y suelta más pelo y más baba. El caso es que Milei está en España y Sánchez está encantado porque ninguna jugada maestra le dura mucho más de un par de días, ni la vivienda, ni las pensiones, ni los nietos apócrifos ni el beso de Begoña, que no era beso sino reanimación cardiopulmonar de socorrista, sirenita o amazona en el borde proceloso de la piscina de la Moncloa. Sánchez incluso le ha dedicado a Milei una lona balconera en Ferraz en la que “los zurdos y zurdas” le dan la bienvenida. Y tanto que le dan la bienvenida, como que ya apenas tienen nada que echarse a los titulares. Están, como los acampados de Sol, entre la tiesura, la tiritera, la retrospectiva y la única braga tendida, que algo de braga tendida de vecindona, esa bandera identitaria y territorial pero vergonzante, tenía lo de Ferraz. Digo vergonzante porque ahora ponen una lona sobre Milei, absolutamente tipográfica salvo por el icono de una motosierra, cuando antes les bastaba poner la sola y poderosa cara de Sánchez, como la de un cuño de moneda imperial.
La derechona multiforme, la fachosfera camaleónica, la internacional ultra y ultramarina tiene muchas caras y procedencias y hay que cogerlas todas al vuelo. Un día está Ayuso en un ático, con abanico, relicario y los ojos metidos en aceite de oliva, como sardinillas; otro día vuelve Franco todavía como de África, pasando revista a su Gran Vía de empresones y cupleteras, otro día vuelve a bastar Abascal porque ha ido de feria medieval, de quesos o espadones castellanos, otro día se nos revuelve Meloni, como un maggiorata en el mercado, otro día nos traen a Netanyahu, que es como un ogro ácimo, y el siguiente a Trump, que es el monstruo de las galletas del mundo, infantil, insaciable, terrible, y sin embargo, aún aspirable con un simple aspirador. Todo esto hay que aprovecharlo, que si no sólo quedan España malvendida, ocho años de gobierno sin gobernar y una ristra de chistorras, putas, gemas, cañerías y desastres. Hay que aprovechar también a Milei, claro, que es tan icónico y mefistofélico como los de antes pero más cercano, accesible, entendible y hasta achuchable, que no deja de parecer el perrito con malas pulgas de la señora que decía yo antes.
Milei funciona aquí no sólo como chihuahua de Trump (o quizá más bien de Sánchez), sino como una especie de profecía o distopía de la derechona de catálogo sanchista implantada en esa especie de españolidad antipódica que es Argentina. Como distopía o profecía, claro, es puramente literaria, o sea que tampoco importa mucho la verdadera situación económica y política de Argentina, ni la historia económica y política de Argentina, que es lo que lo explica casi todo. Durante casi un siglo, Argentina ha sido sucesivamente arrasada por las izquierdas populistas y las derechas militronchas hasta que no ha quedado casi nada, apenas el fútbol, que por eso parecen vivir sólo de fútbol, porque en el fondo es así. Milei viene asalvajado de una política salvaje, de una economía salvaje, de una historia salvaje, de una sociedad salvaje (se acuerda uno de Relatos salvajes y, también, de la final del Mundial), y seguramente no tiene ni comparación ni traslación aquí. Milei es más un icono de guerra que un modelo político o económico a seguir: a la derecha le gusta por ser azote de zurdos y a esos mismos zurzos les gusta porque es como el robot de la derecha con arma de motosierra atómica en el brazo, ideal para el tebeo de nuestra política.
El caso es que Milei está en España y Sánchez está encantado porque ninguna jugada maestra le dura mucho más de un par de días
Milei, demonio de Tasmania de Argentina, cura de repartir hostias a los rojos, ultraliberal con corte de manga como un marquesito con corte de manga de Berlanga, derechona internacional o internacionalizable y por tanto con algo de verdad, algo de invento y algo de marketing, como nuestra Macarena internacionalizada; Milei, entre salvador y criptobró, entre amputador terapéutico y carnicero sádico, entre chulapo bajito y monja con bigote, no puede ser todo lo que se dice de él, como casi nadie. Por ejemplo, o es ultraliberal o es fascista, pero no puede ser las dos cosas a la vez (Trump, mucho más cerca del fascismo, sí se ha revelado ya antiliberal). Claro que, por esto mismo, tampoco le cuadra ser liberal y admirador de Trump. Debe de ser que la nomenclatura no está clara ni en la izquierda ni en la derecha, por eso aún resulta tan chocante, o tan normal, que no haya nada más parecido a Trump que Sánchez; y por eso tampoco está cómoda la derecha con que venga Milei repartiendo sopapos o manqueras, que no sabe si aplaudirlo o evitarlo. De todas formas, tampoco importa mucho en esta política nuestra qué son las cosas ni las personas, sino para qué te sirven.
Milei está en España y acaba de ser adoptado, asimilado, engullido por la política española, como si fuera un palestino simbólico o un ciclista esloveno de la Vuelta. Milei no es ni una ideología ni una escuela, porque ya digo que aquí no se pueden trasladar ni la política ni la economía ni el fútbol argentino (para los argentinos, es como si aquí jugáramos sólo al hockey sobre patines o al críquet, y en la política quizá igual). Milei es sólo otro icono, la motosierra contra el amor y hasta el feo contra el guapo. Desde luego no es más faltón ni más feo que Óscar Puente, ni más cruel que Pedro Sánchez. Pero es el facha que toca, hay que aprovecharlo hasta que otro tome el relevo, otro que pase por aquí si viene de lejos o que se fume un puro en los toros vive por Chamberí. Los fachas duran para siempre, siquiera en rotación por el mundo y por la historia. Pero las genialidades de Sánchez duran como mucho una semana, como la quiniela, y luego van a la basura, al retrete o directamente a la calle, como una gloriosa meada de Sol, que parece que se mean allí las estatuas. Sí, todo lo de Sánchez, retórico, caducado y desmontable, parece que se hace en esa acampada de Sol, y de eso no tiene la culpa ni siquiera Milei.
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