El presidente del Gobierno llegó el jueves al Teatro Albéniz con dos regalos: un tablero de ajedrez y un dispensador de galletas para perros. Se quedó hora y media en el plató de La Revuelta, habló de vivienda, de Ceuta, de Ábalos, de los procesos judiciales contra su mujer y su hermano, contó que cuando Trump se pone a hablarle de golf él "le sigue un poco el rollo, ¿qué voy a hacer?", y se marchó más humano de como había entrado. El dispensador de galletas se quedó en el teatro. El masaje, en la televisión de todos.
Lo de la noche del jueves no puede resumirse como un catálogo de pelotillas. Se tocaron los temas gordos, todos, y el propio Sánchez hizo confesiones que en otro plató habrían dado titulares en grande: que la condena de Ábalos fue una "decepción", que la crisis de Ceuta "se podía haber gestionado mejor", que hay gente que va al psicólogo y él no. El problema no estuvo en las preguntas, sino en lo que venía después de cada respuesta. La comedia funcionó como colchón: cada asunto caía, se amortiguaba con una broma y a la siguiente pieza. Sin segunda pregunta. Sin silencio incómodo. Candela Peña, colaboradora del programa, le dedicó un elogio a su figura y a la de "la Bego" por "los marronacos que se come", y nadie añadió nada. También el presidente pasó por las preguntas clásicas del formato, esas que todos los invitados responden sobre su vida sexual. Ese es el grado de imparcialidad del programa: avergonzar por igual a actores, cómicos y presidentes en campaña.
Que nadie pregunte dos veces no sería grave en un plató privado. Pero el Albéniz es una sala alquilada con dinero público, y el programa que en ella se graba cuesta más de 21.000 euros por entrega solo en el sueldo del presentador, según el propio presidente de RTVE, y costó un contrato de 28 millones por dos temporadas. Aquella operación dejó un pequeño cadáver enterrado que conviene desenterrar la mañana siguiente. El 26 de marzo de 2024, un consejo extraordinario destituyó a Elena Sánchez, presidenta interina de la corporación, por negarse a tramitar el fichaje. El 10 de abril, el mismo consejo lo aprobó con los votos de los consejeros del PSOE, PNV y Podemos y en contra de los del PP. En pantalla, presentador y presidente ironizaron sobre aquel escándalo y lo negaron entre risas. El público de la sala, que reía en directo, no pagaba entrada. La pagamos nosotros.
España vota el 29 de noviembre. Sánchez fue el primer candidato que aceptó la llamada de Broncano; PP y Vox, hasta la noche del jueves, ni habían contestado. Al final del programa, el presentador les ofreció el plató a todos los aspirantes. Ojalá vengan, porque entonces el formato tendrá la excusa que ahora no tiene: si el colchón de humor recibe a todos por igual, es un estilo; si solo recibe al que manda, es un escudo. De momento, la única noche de campaña que ha visto la televisión pública fue una hora y media de complicidad con el poder.
Hubo una época en que la televisión española consistía exactamente en eso. En la vieja TVE, la del canal único, el poder hablaba y los españoles escuchaban. La democracia nos trajo, entre otras mejoras, la distancia crítica: ese espacio que en las democracias maduras se paga con impuestos y se ejerce con preguntas. Este jueves la distancia se acortó un trecho considerable. Que se pueda medir en euros por programa, o en presidentas interinas destituidas, es lo de menos. Lo que se acortó fue otra cosa.
El tablero de ajedrez, pensándolo bien, fue el regalo más honesto de la noche. Al menos dentro había un juego de estrategia. En el plató no quedó ninguno.
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