Nuestros trenes van a terminar atravesando rebaños de cabras, tierras de tramperos y bocaminas hundidas, volviendo a la chimenea, al cubato, al maquinista con peto y palada de carbón, a la señorita con sombrilla subiéndose a un vagón decorado como el de un circo, con balconcillo al otro vagón. Por lo visto nuestra alta velocidad tiene varios sistemas automáticos de seguridad, sucesivos y redundantes, infalibles y teutónicos, pero que tampoco pasa nada si fallan. Sí, porque entonces el maquinista saca la cabeza, se pone la mano de visera, encoge los ojos, hace sonar el silbato, como el de una siderurgia, para espantar a los niños que barzonean y a los convictos que pican cerca de las vías, y adelante. Si acaso, levanta el teléfono, invento del demonio, todavía negro y pesado como un yunque, para preguntar a la central qué pasa por ahí. En realidad es casi así, o aún peor, porque para que aquellos trenes sufrieran una desgracia tenían que atacarte los indios, o los ladrones con pañuelo en la cara tenían que volar un puente de madera que más bien parecía hecho con cerillas. Es peor ahora porque, por lo que vamos sabiendo, trenes que van a 200 o 300 kilómetros por hora pueden circular en modo manual, pendientes de campanas, de señales como de velero, de guardagujas con sueño y de carros de heno que se te pueden cruzar.
Por lo visto, cuando aquí los sistemas automáticos fallan, vuelve el siglo XIX, o aquel XX que, en nuestro caso, todavía parecía el XIX. Vuelve el siglo XIX al tren y hasta a la política, que es el verdadero problema. El consejero delegado de Iryo, al que, quizá por estas similitudes anacrónicas, yo le veo pinta de empresario del circo, se quejaba hace poco en el Senado de que el sistema LZB falla con frecuencia, así que sus trenes se tienen que parar y, normalmente, tardan bastante en reanudar la marcha. La verdad es que esto es una inconveniencia pero todavía no es un peligro. O sea que el tren se detiene pero se queda en el siglo XXI, hasta que el sistema se recupera y uno vuelve a la tranquilidad de que se encarguen los ordenadores, no un señor con mazo en la vía u otro señor con botijo en una garita. El sistema LZB puede fallar pero no pasa nada, sólo que uno llega con retraso otra vez y se impacienta mucho mirando ese reloj que empieza a parecer un reloj de cadenita, estrictamente ferroviario. El sistema LZB puede fallar pero incluso así todavía estamos lejos de la catástrofe. Otra cosa es que alguien, con vocación de maquinista de la General, decida que se puede y de hecho se debe circular en manual. Entonces nuestro tren de alta velocidad se despierta en el XIX con toda la furia del XXI, y es cuando se empieza a jugar con la catástrofe.
Como suele ocurrir con los desastres, vienen con aviso. Si el jefe de Iryo se quejaba de los fallos del LZB, que es de los tiempos de la Expo, de cuando Curro y el Windows 3.1, los sindicatos de maquinistas se quejaban del abuso sistemático de la “marcha a la vista” en situaciones de infraestructuras dañadas o señalización “degradada”, cada vez más frecuentes, no hace falta decirlo. Sabrán ya que ese protocolo de “marcha a la vista” significa ir a la velocidad justa para poder responder a incidencias u obstáculos en la vía, sean tocones, otro tren, soldaduras de alguna empresa de Koldo o buscadores de oro atascados con la carreta, e implica ya el control humano. La caída del LZB sólo detiene el tren, pero la “marcha a la vista” lo echa a andar en el siglo XIX, o casi, con ese maquinista sacando la cabeza, atento a silbidos, luces, crucetas de madera u osos que bajan del bosque. Tampoco tiene que pasar nada, pero volvemos a subir las apuestas a favor del desastre. Si alguien allí, en el torreón de vigía o en la casetilla del factor, la pifia, y ordena “marcha normal”, y además no ve el Iryo, como si no viera el iceberg del Titanic, un tren del siglo XXI puede entrar desbocado en toda la fragilidad de madera o de cerillas de dos siglos atrás.
Nuestros trenes de alta velocidad se ven obligados a funcionar en lo que llaman 'condiciones degradadas', que parece el perfecto retrato o daguerrotipo de todo el país
En Urda falló todo lo que podía fallar, sobre todo si uno se empieza a acostumbrar a que fallen las cosas y a manejarte con manivelas y con faroles. Con el LZB caído, o sea con el siglo XIX en marcha, temblequeando como una desmotadora, también fallaron los demás sistemas, o al menos se revelaron sus agujeros. Seguramente no había señales, ni balizas de frenado automático, en el trayecto abierto, o estaban desactivadas por la orden del centro de mando, y el humano al final de la cadena, o varios humanos al final de la cadena, como si fuera una cadena de presos, quizá sobrepasados ante la magnitud o la frecuencia de las incidencias, terminaron por fallar, un día, catastróficamente, como terminan por fallar los humanos. Por eso esto no puede depender de los humanos, por eso estamos en el siglo XXI, o eso creíamos, que la verdad es que nuestros trenes parece que vuelven a llevar carbón, pala, forzudos, vicetiples y hasta condenados. Sí, nuestros trenes van a terminar pasando por plantaciones, trasladando troncos, pareciéndose a pipas de espuma, a carromatos de trapecistas o a acordeones muy adornados.
Por lo visto nuestra alta velocidad no puede ser alta velocidad, no puede funcionar como alta velocidad, y a lo mejor deberíamos volver a tomar ese tren expreso, que era como meterse dentro de un saxofón, y llevarnos toda la noche traqueteando en un ambiente como de cabaré, entre jóvenes soldados y monjas perversas, entre sueño y tabaco, hasta amanecer en un Madrid que parecía San Petersburgo. Todo lo que nos ocurre es que nuestros trenes de alta velocidad se ven obligados a funcionar en lo que llaman “condiciones degradadas”, que parece el perfecto retrato o daguerrotipo de todo el país (toda España funciona en condiciones degradadas). Si no se conformaran con estas condiciones degradadas, tendrían que parar todos los trenes y hasta todos los ministerios. Quizá es lo que habría que hacer, pero imaginen a ese Sánchez o ese Puente hinchados y bailones reconociendo que nos han llevado al siglo XIX, aunque ellos parezcan isabelones o Romanones. Los propios controladores, al final de la cadena y ahora al borde del precipicio, se quejan de presiones para que, si un tren se para, se reanude la marcha lo antes posible. Sí, que vuelva a moverse, en el siglo que sea. Imaginen esto, además, en medio de la madre de todas las campañas electorales. A lo mejor tendríamos que volver a los trenes de vapor y a los barcos fluviales con casino y pianola. Estaríamos en el siglo XIX, más o menos igual de lentos, pero más seguros. Quizá moriríamos de tisis o de flecha, pero no de estos sustos.
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