LA ACAMPADA DE SOL se desarma en esqueletos, trapos, mentiras y versículos, como la Moncloa. La acampada siempre tuvo la respiración y la inspiración de la Moncloa, como una invocación o advocación mariana, lejana pero cercana, que los iluminaba a todos desde el madroño con un halo de porro barato, farola castiza y sombrero de Tío Pepe, que es un sombrero de borracho visto con halo por otro borracho. Esa juventud que se amontona sin ningún motivo especial o se amontona por todos los motivos a la vez y es casi lo mismo, algo igual de inútil y útil, podía ir de anarka, punkarra, pasota, activista, botellonera, incendiaria o aburrida, pero nunca podía ir en contra de Sánchez. Aunque salieran sus portavoces, anilladas, emboladas y parduzcas como tordales o totovías, rajando contra todos (o sea contra nadie) y también contra el Gobierno, la verdad es que no existe una izquierda que pueda hacer daño a Sánchez. Toda la izquierda le sirve a Sánchez, en sus dos sentidos, o sea que incluso la que no le es servil le sigue resultando útil. La verdad es que estaban en Sol como en el portalito de Belén de Sánchez, era Sánchez quien los protegía como un ángel de alas quemadas por el tiempo y la humedad. Ahora vacían la plaza igual que vacían la Moncloa, como si se hubiera terminado su mercadillo de Navidad.
La acampada de Sol se despide del sueño ideológico y del sueño almohadonado, del negocio comunal y del negocio particular, como la Moncloa. La izquierda, que puede acampar por cualquier cosa, por un pato, una paz, una guerra o un calentón telúrico, esta vez había acampado sólo por Sánchez. La última oportunidad de Sánchez es también la última oportunidad de la izquierda, que enseguida llamó a sus flautistas de perroflautas, a sus antisistemas del sistema, a sus anarkas funcionariales y a sus espontáneos entrenados como marines (esa Alicia del Río entre Ninotchka con trasquilones y Chuck Norris con copa menstrual) para llevarlos a Sol y plantar allí, en ese campamento con cubos como escudos y cachimbas como catapultas, la defensa de la Moncloa. El problema de la vivienda era el mismo hace meses o años, y tampoco entiende uno muy bien una protesta contra la precariedad en general. Yo diría que la precariedad en cierta izquierda no parece un estado sino una condición, y que esta acampada no era sino la réplica instintiva de esa natural precariedad, como la abeja que replica la celdilla, como el pájaro que hace su nido. Sí, y a cierta izquierda le sale siempre el mismo nido de cañizo y pelusa, a nivel de las plazas o a nivel de los países. No era una reivindicación ni una protesta, era una oportunidad. Y la última.
Se va yendo el personal de Sol, aunque dejan aún las tiendas de campaña, como caparazones, y las lonas, como telarañas. Aquello hace mucho que ya tenía algo de hormiguero muerto, de catacumbas abandonadas, de fósil encontrado en las excavaciones del metro. Creo que los mismos organizadores ya lo concebían como mera arquitectura simbólica o biológica, con sus cavidades y sus vacíos resonantes que, aunque ya no tuvieran dentro ni el bicho vivo ni esos ejércitos de creyentes o de revolucionarios, sólo arena, hojarasca o tumbas, todavía nos recordaban su función. Cada vez se iban más activistas o pasotistas, los sintecho reales reemplazaban a los sintecho retóricos, las tiendas sin nada se convertían en capillas consagradas y la acampada se convertía en escultura. Sí, el campamento de Sol era más una escultura que una comuna de pies descalzos o un regimiento durmiendo con las botas puestas. La escultura, colocada allí, ante los reyes frutales y los osos rampantes o al revés, ante esa cosa entre orinal y estatua de Botero de la boca de metro, ante esa casita confitera de bruja o ese palacio de madrastra o ese reloj de cuco de Ayuso; la escultura, decía, no necesitaba dentro ni gente ni discurso ni sentido. Era como un readymade, más provocación que política y más reacción que acto. Igual que la Moncloa.
La acampada de Sol se desmantela y se hunde como una carpa de circo cuando ha terminado la función. Exactamente igual que la Moncloa
En mitad de Sol ha quedado un dinosaurio deshuesado, un cacahuete vacío, un gran globo pinchado, una fuente bocabajo que a lo mejor sólo es un urinario, o al revés. Los desorganizados pero organizadísimos organizadores dicen que se repliegan a los barrios, donde no sabemos si piensan sustituir las empalizadas por trincheras y las fuentes por hogueras. Allí van a preparar, por lo visto, la huelga de los que no trabajan, la protesta contra la pobreza por parte de los que sólo fabrican pobres, la reivindicación democrática de los que no consiguen votos, el grito de justicia y paz de los que llaman a tomar e incendiar las calles, y otros viejos sarcasmos de la izquierda. No sé si lo harán al final, porque después de Urda la simbología en llamas no significa nada al lado de la realidad en llamas. Se han ido de Sol cuando llega el luto, antes que la Navidad, y sin conseguir nada, con lo que uno se pregunta si esa lucha eterna contra la injusticia tiene que ver con los objetivos, con el ventajismo, con el tiempo de las constelaciones o con el tiempo de la política.
En Sol quizá acampó una izquierda que sólo puede aspirar a acampar, cuando gana y cuando pierde. Cuando gana, acampa bajo las instituciones acristaladas, instalando allí su precariedad, su inutilidad, sus revanchas y sus enfadinas, que es lo que llevan como único equipaje, más la guitarra. Cuando pierde, acampa bajo las estrellas eléctricas, los escaparates en llamas y los palacios como ilustraciones de trasera de billete, intentando que olvidemos que estuvieron dentro, que aún están dentro, gobernando los ministerios y los relojes. Lo de Sol se instaló y se infló para Sánchez, Sánchez les ofrecía la protección y la oportunidad, era su santo patrón con sombrero de Tío Pepe, era quien los utilizaba como una especie de foso de cocodrilos delante del torreón de Ayuso. Lo de Sol no seguía los tiempos de las constelaciones ni de las injusticias, sólo los de la Moncloa, que son los mismos que los de esa izquierda que depende de Sánchez, que sin él sólo tiene para el anafe y el quinqué. Ahora ese tiempo se acaba y todo se apaga o se vuela. La acampada de Sol se desmantela y se hunde como una carpa de circo cuando ha terminado la función. Exactamente igual que la Moncloa. Y exactamente igual que la Moncloa, pronto todo aquello se lo llevará un manguerazo.
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