Ciertos mensajes, estratégicos, se han repetido de forma insistente en las campañas del PP de Galicia. «Patear la región». «Dividir fuerzas». También hay patrones en los actos: mejor en los pueblos que en las cabezas de comarca o en las capitales de provincia. El pasado miércoles, la agenda de Mariano Rajoy incluyó un paseo por Villalba, otro por Cospeito, otro por Mondoñedo y un último por Foz: ninguna de estas poblaciones pasa de los 15.000 habitantes. El presidente en funciones cerró el día con un mitin en San Ciprián, provincia de Lugo, que no llega a los 4.400. Lógicamente, no es casual. Allí cimentará Feijóo su victoria en las elecciones del próximo domingo.

Hay tradiciones en el PP regional y la mayoría están relacionadas con el mundo rural. Una de ellas marca que las campañas funcionan mejor si Feijóo, en algún momento, se hace una foto rodeado de vacas, elemento recurrente en sus anécdotas de caravana, pero algo más que eso. El sector ganadero es el eje que vertebra la economía primaria gallega y el precio de la leche, cerca de sus mínimos históricos, representa un quebradero de cabeza importante para un gran porcentaje de la población.

El pueblo gallego se fija en sí mismo y detiene sus ojos en un candidato que tiene su origen quizá en el más pintoresco de todos. Feijóo pasó su infancia en la villa de Los Peares, un pueblo que, por su emplazamiento y dispersión, depende administrativamente de dos provincias, cuatro ayuntamientos y tres partidos judiciales. El candidato popular reclama esa herencia cada vez que puede. “Nosotros somos de este pueblo”, lanza en sus mítines, en parte por convicción pero también por necesidad. Sin ese voto no iría camino de su tercera mayoría absoluta en Galicia.

Influencia desigual

Los datos avalan esta percepción. Desde las últimas elecciones de Fraga, en 2005, hasta la segunda mayoría absoluta de Feijóo, en 2012, se aprecia una tendencia clara en el desempeño electoral del Partido Popular: las fluctuaciones en el voto urbano apenas le inquietan, pero las variaciones en el rural le encumbran o le ponen a temblar.

De 2005 a 2009, por ejemplo, el PP creció un 4,1% en las siete ciudades gallegas de más de 50.000 habitantes (La Coruña, Santiago de Compostela, Ferrol, Lugo, Orense, Pontevedra y Vigo), pero cedió un 2,73% en las diez comarcas menos pobladas. Tan solo ganó un escaño.

En 2012, pese a caer un 5,2% en las grandes ciudades, el PPdG se apoyó en el medio rural para ganar tres escaños

De 2009 a 2012 la evolución se dio al contrario. El PPdG cayó un 5,2% en las grandes ciudades y, sin embargo, ganó un 4,13% en las áreas menos pobladas. La representación del PP engordó tres escaños en este período, hasta los 41 que ahora aspira a mantener, precisamente apoyado en el muro del voto rural. Las encuestas pronostican que el domingo, pese a que pueda perder un escaño en La Coruña o Pontevedra, las dos provincias más urbanitas, el PP resistirá o incluso crecerá en Lugo y, especialmente, en Orense.

«El sistema electoral gallego es un apoyo para el PP», asegura en este sentido Santiago Míguez, politólogo y profesor de la Universidad de La Coruña. «Las provincias del interior salen beneficiadas en el reparto de escaños, y esto resulta también en una sobrerrepresentación de las élites del Partido Popular de Orense y Lugo», añade.

La Ley Electoral gallega prevé un mínimo de 10 escaños para cada provincia y una asignación proporcional de los 35 restantes hasta llegar a los 75 que componen el Parlamento. En 2016, La Coruña reparte 25 escaños, Pontevedra 22, Lugo 14 y Orense 14. Esto da lugar a que La Coruña, que representa al 41% de los gallegos, reparta sólo el 33% de los escaños de la Cámara, mientras que Orense, que alberga al 11,6% de la población, reparta casi un 19% de los asientos.

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En todo caso, llegue o no a los 38 que necesitará seguro para gobernar, el dominio popular es sólido en Galicia, donde Feijóo aspira con argumentos a un logro sin comparación en el resto del país: la mayoría absoluta de una tarta que se reparten entre cinco, aunque las encuestas no se ponen de acuerdo en si Ciudadanos se llevará un trozo o no.

El campo aprueba a Feijóo

Y es precisamente la debilidad de los naranjas lo que cimienta el aguante del PP. El CIS preelectoral no pronostica más de un 4,4% para la formación de Albert Rivera en las urbes y desvela que sólo el 5,15% de los indecisos de las grandes ciudades se debate entre estos dos partidos a la hora de decantar su voto. En las localidades más pequeñas, la duda casi ni se plantea y la guerra se libra en terreno bipartidista: PP contra PSOE.

El presidente de la Xunta recibe un 6,3 de valoración en las localidades de menos de 2.000 habitantes

Feijóo y Leiceaga se disputan en pueblos y ciudades medianas -lo que el profesor Míguez describe como «el rururbano gallego»- la mayor bolsa de votos por decidir, pero luchan en una batalla desigual. El presidente de la Xunta, con siete años en el cargo, arrasa en las localidades de menos de 2.000 habitantes, donde recibe una nota poco habitual en las valoraciones políticas: un 6,3. Ninguno de sus cuatro contrincantes aprueba, pero el cabeza de lista del PSOE se lleva la peor parte: un 4,56, que baja todavía más, hasta un 4,09, si se eleva el listón de la población hasta las 10.000 personas. En esa categoría, Feijóo sigue siendo el único que aprueba con holgura: cosecha un 5,61.

Las encuestas pronostican para En Marea un 10% más de voto en las provincias más pobladas: La Coruña y Pontevedra

Fuego cruzado para un PSOE expuesto a todas las escaramuzas. Los socialistas se juegan casi tantos votos con el PP como con En Marea, y un buen puñado de ellos también con el BNG, que fía a la Galicia profunda su cada vez más débil resistencia. En 2012, aún sin las Mareas en liza pero con su precursor Anova, el Bloque todavía se impuso por poco a la coalición de izquierdas en el mundo rural, pese a que en las ciudades sufría ya un declive que acusará especialmente el 25-S. En poco más de diez años, la histórica formación nacionalista habrá pasado del 20% de voto urbano de 2005, con Anxo Quintana, a una previsión que apenas alcanza el 5,5% pese al «efecto Ana Pontón», en referencia a su cabeza de lista en 2016.

Las ciudades serán, por tanto, territorio de En Marea en el flanco izquierdo, donde Luis Villares se ha ayudado de Pablo Iglesias para llenar las plazas llamando al voto hacia una coalición que a punto estuvo de no existir a primeros de agosto. Lo hace, sin embargo, y amenaza con confirmar en Galicia el sorpasso que pronostican casi todos los sondeos.

Un adelantamiento selectivo y exactamente opuesto al desempeño del PP. Mientras que las encuestas sitúan a la marca de Podemos en torno al 24% en La Coruña y Pontevedra, la dejan por debajo del 15 en Orense y Lugo. Dos mundos.