El triste espectáculo ofrecido por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) estos días puede tener una explicación casticista en sus formas pero participa de una crisis general de la izquierda europea. Tras el comienzo de la crisis en los últimos años de la primera década del siglo XXI, la izquierda no ha dejado de perder poder en Europa y esto ha dado lugar a una introspección y búsqueda de sí misma que no se ha zanjado en modo alguno a día de hoy. La situación es paradójica porque en el pasado las crisis eran vistas desde la izquierda como el tiempo propicio para el crecimiento: de hecho, la llegada de la crisis era hasta deseada porque se presuponía que gracias a ella los obreros tomarían conciencia (de clase) de su situación de explotación y se movilizarían junto a los partidos socialistas empujando el progreso de la humanidad hacia un futuro feliz que se creía seguro. Sin embargo, los dogmas teleológicos se han debilitado y la izquierda falta de fe no sabe hacia dónde va.

Cuando hablo de la izquierda europea me refiero a los partidos socialdemócratas y a los partidos comunistas. Ciertamente, izquierda y derecha son conceptos relacionales y si durante el siglo XIX la izquierda la constituían los partidos liberales y la derecha los conservadores, en buena parte del siglo XX, y en lo referido a las democracias occidentales, se ha sobreentendido que en torno al centro político basculaban los partidos democráticos: socialdemócratas, liberales y conservadores, quedando los extremos reservados a las fuerzas políticas críticas con la democracia: comunistas y ultraderecha. Unir a comunistas y socialdemócratas bajo la misma etiqueta de “izquierda” resulta confuso, pero es una simplificación tolerable para acotar el campo del que hablamos.  Eso sí, como veremos las crisis les han afectado de forma muy distinta. Los partidos socialdemócratas nacieron grosso modo como resultado del terrible aprendizaje de las guerras mundiales europeas.

Junto a conservadores y liberales conformaron, en los países democráticos de Europa occidental, “un consenso de posguerra” que incluía la democracia liberal y la economía social de mercado como sus ingredientes más esenciales, y que tenía por fin acabar con el conflicto social y la polarización ideológica. La realización de este consenso de posguerra fue la creación del Estado del bienestar: seguridad social, servicio nacional de salud, educación universal, ayudas al acceso a la vivienda, derechos laborales, etc. Este modelo fue adoptado por todos los partidos democráticos europeos (y criticado por los partidos de los extremos justamente por desactivar la  guerra de clases). Lo que hacía distintivo a los partidos socialdemócratas frente a los demás partidos democráticos fue su base obrera, alimentada por los entonces poderosos sindicatos que les eran afines, y la creencia de que el Estado del bienestar no señalaba un punto de llegada, sino que en su desarrollo daría lugar, en un futuro indefinido, a una sociedad igualitaria llamada socialismo, que se alcanzaría gradualmente sin los inconvenientes de la revolución.

La crisis del Estado del bienestar produjo la crisis de los partidos socialdemócratas

Con la crisis del petróleo de los años 70 se produjo la primera crisis del Estado del bienestar y, en consecuencia, del consenso de posguerra. En el invierno del descontento, 1978-1979, Jim Callaghan, primer ministro laborista británico, proclamó que las políticas keynesianas que habían hecho posible el desarrollo del Estado del bienestar ya no funcionaban. En medio de una situación económica y social imposible, el Partido Laborista perdió el favor de los sindicatos y Gran Bretaña se vio sumida en un caos delirante de falta de autoridad y gobierno. Fue en este contexto, en 1979 cuando la conservadora Margaret Thatcher ganó las elecciones con el famoso eslogan «Labour is not working».  La crisis del Estado de bienestar produjo la crisis de los partidos socialdemócratas y su manifestación más visible fue el comienzo de una larga hegemonía conservadora en el mundo occidental (curiosamente en España los tiempos iban cambiados).

Durante la posguerra los partidos comunistas desaparecieron derrotados electoralmente en los países occidentales más avanzados (porque el Estado de bienestar era infinitamente mejor que el colectivismo soviético) salvo en su flanco meridional donde mantuvieron la visibilidad política: Francia, Italia, Portugal y España (estos últimos recién llegados a la democracia). En Francia y Portugal se mantuvieron fieles a su origen en el Comintern soviético. En Italia y España aglutinaron durante un tiempo la hegemonía de la izquierda aceptando, de hecho, el programa político de la socialdemocracia.

La ‘Tercera Vía’ tenía como ingrediente fundamental el abandono del socialismo como soñado destino

Con la implosión del imperio soviético de 1989 y el final del comunismo, llegó el ocaso de estos partidos: en todas partes, salvo en Portugal, se ocultaron bajo otras siglas para concurrir a las elecciones, buscaron movilizar nuevos temas ajenos a su propia ideología y comenzaron un imparable declive electoral. Y en todas partes acentuaron su marginalidad y su irrelevancia política. Pero el hundimiento del comunismo no solo afectó a los partidos comunistas de Occidente. Los partidos socialdemócratas se vieron también afectados porque el “socialismo”, esa distopía de la que intentaban escapar millones de personas, formaba aún parte de su ideal. Es por ello que nació el proyecto de “modernización” de la socialdemocracia que se conoció como Tercera Vía y que tenía como ingrediente más fundamental el abandono del socialismo como soñado destino y la profundización en un liberalismo económico y social. Tony Blair en Gran Bretaña y Gerhard Schröder en Alemania alcanzaron el gobierno en sus respectivos países y lo mantuvieron encadenando con un éxito inédito varias legislaturas.

Pero lo que entonces fue triunfo para la socialdemocracia se convirtió con la crisis iniciada en 2007-8 una losa. Bajo el punto de vista de los votantes de izquierda, los partidos socialdemócratas se parecían demasiado a los partidos liberales y conservadores con el agravante de que gestionaban peor la economía. Además, a falta de un proyecto político que ofrecer y discutir, la opinión pública se vio dominada por la moralización y el emotivismo político. De manera que la izquierda, socialdemócratas y antiguos comunistas, se vio abocada a un dilema imposible: si quería gobernar y gobernaba se veía impelida a no distinguirse de la derecha, perdiendo así su menguada clientela obrera o de clase media. Si quería sintonizar con la nueva política, debía entregarse al populismo, a sabiendas de que es un discurso de oposición (esto es, para seguir en la oposición) o de que, si se llegara al gobierno impulsado por la pura emocionalidad, se vería obligada a orillarla. Ésta es la situación paradójica en la que se encuentra la izquierda gobernante en Europa: François Hollande en Francia usó del populismo para alcanzar el poder, pero el realismo del ejercicio del gobierno le ha hundido en los índices de aceptación. Ahora el Frente Nacional de Marine Le Pen se presenta como el partido obrero de Francia. El Frente de Izquierdas, bajo el que se esconde el viejo Partido Comunista francés, compite en populismo con el otro frente, pero su peso sigue siendo marginal.

En Italia, Matteo Renzi, del Partido Democrático, evita la palabra socialista para atraer a una mayoría conservadora

En Italia, Matteo Renzi, del Partido Democrático (donde se fundieron la Democracia y el PCI) evita la palabra socialismo para atraer a una mayoría conservadora que le proteja de la marea populista de 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo. En Alemania, el SPD sigue perdiendo votos uncido al gobierno de Gran Coalición, mientras el populismo de izquierda y derecha se dispara. Die Linke, heredero del ominoso SED (Partido Socialista Unificado de Alemania) ha llegado al gobierno de Turingia con el apoyo del SPD, es el tercer partido de Alemania, aunque este puesto se lo disputa ahora Alternativa por Alemania (AfD), el partido anti islam y anti inmigración.

En Gran Bretaña, Jeremy Corbyn, ha rescatado el ideal del socialismo para el Partido Laborista y cuenta con que la masa de los militantes iluminados por el ideal sirva para alcanzar el gobierno, lo que parece poco probable. Por último, en Portugal gobierna António Costa, del Partido Socialista, con el apoyo parlamentario del Partido Comunista Português y del Bloque de Izquierdas, cuyo principal aglutinante es una coalición negativa anti derecha que se conoce popularmente como la jerigonza. Su problema es que el Gobierno está en el alambre porque ha de financiar unos subsidios sociales que no se pueden sufragar con el raquítico crecimiento económico del país.

En conclusión, la socialdemocracia europea se ve atrapada por la falta de un proyecto político creíble y por la competencia del populismo a su izquierda. Esto hace que los partidos socialdemócratas se hallen en guerra civil entre modernizadores y populistas, tal como ocurre en España. Esta guerra la vemos también en Francia, Gran Bretaña y Alemania, en los mismos términos y por las mismas razones. En cuanto a los comunistas, han abrazado el populismo como estrategia para maximizar su poder político, aprovechando la coyuntura, y al hacerlo se han sumado desde el flanco opuesto al ataque a la democracia liberal que capitanean los populistas de derechas. Lamentablemente la  izquierda europea no sabe a dónde va pero, como en épocas pasadas, una parte de esta izquierda se moviliza negativamente lo que nos trae el recuerdo de crisis pasadas de la democracia.


Ángel Rivero es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.