Dice Maquiavelo en El Príncipe que “los hombres cambian de buen grado de señor con la esperanza de mejorar”.  El problema que tiene Javier Fernández, como nuevo señor del PSOE, es que lo único que puede ofrecer a sus militantes es quedarse como están, con el añadido de que la abstención socialista en una hipotética investidura de Mariano Rajoy sólo garantizaría la continuidad de unas políticas contra las que han estado peleando ardorosamente durante los últimos cuatro años.

Para evitar fugas o deserciones del sector que todavía sigue alineado en el “no es no” a Rajoy, que ha sido el mantra incontestado de los socialistas desde el 20-D, Mario Jiménez, el brazo armado de Susana Díaz en la gestora que ha sustituido a la ejecutiva tras el sangriento Comité Federal del pasado sábado, ha advertido de que el partido impondrá la disciplina. Hasta el defenestrado secretario general tendrá que abstenerse si el máximo órgano de dirección del partido, que se reunirá el próximo 15 de octubre, así lo decide. “Sánchez votará lo que decida el Comité Federal”, ha sentenciado Jiménez en Onda Cero.

Ya veremos si se logra el objetivo de que los 85 diputados socialistas den vía libre a la investidura de Rajoy, aunque algunos de ellos lo hagan tapándose la nariz. A ver cómo explican sus militantes en los barrios y en los pueblos de toda España a sus votantes que han permitido un gobierno de la derecha porque la otra opción era hundirse electoralmente si se convocaban nuevas elecciones. Políticamente, Podemos va a disponer de un arma potentísima. Pablo Iglesias se puede postular como líder de la izquierda real, frente a una izquierda pactista que ha cedido a las presiones de los poderosos.

¿Qué ganaría el PP perdonándole la vida al PSOE?, se preguntan en Génova

Más difícil aún lo va a tener Fernández cuando se vea en la tesitura de explicar que una abstención no basta, que Rajoy exige un pacto de gobierno o bien un gobierno de coalición como condición previa para acudir a La Zarzuela para decirle al Rey que cuenta con los apoyos suficientes como para ser investido presidente de gobierno.

El PP no quiere adentrarse en una legislatura llena de obstáculos, en la que el PSOE necesariamente rivalizaría con Podemos en liderar una dura oposición. Pero no sólo eso. En Génova se hacen la siguiente reflexión: ¿Con qué argumentos se le puede pedir al PP que renuncie a ir a unas elecciones en las que podría lograr una victoria histórica sobre el PSOE? Y yo añado: ¿Cómo ceder a la tentación de plantar cara a un partido que ha querido machacarles cuando lo ven dividido y sin un líder claro?

Suena un tanto cruel, pero así es la política real “¿Qué ganaría el PP perdonándole la vida al PSOE?”, se pregunta un dirigente popular. Es verdad que los socialistas tendrían en su mano la baza de acusar a Rajoy de haber forzado la convocatoria de las terceras elecciones por interés propio, pero es dudoso que ese argumento, en todo caso discutible, sirva para movilizar a un electorado alicaído y desorientado después de la cruel batalla del pasado sábado.