La mañana del 20 de octubre la pregunta fue la misma que en ocasiones anteriores. La respuesta, ‘no’. En miles de hogares vascos la desconfianza volvía a aflorar empujada por un rosario de decepciones acumuladas durante décadas. ¿Sería ésta la definitiva? ETA acababa de anunciar el cese de sus acciones terroristas. Era la confirmación de un rumor pero también de una evidencia. La mañana siguiente los kioskos de toda Euskadi mostraron el anhelo de millones de vascos. Lo hicieron en las portadas, con la tipografía de las grandes ocasiones: «Fin del terror», «ETA claudica», «Agur, ETA», «Fin». Aquel otoño de 2011 con su comunicado la banda terrorista certificaba la debilidad que arrastraba desde tiempo atrás. Su estructura, su capacidad y su apoyo social hacía tiempo que languidecían. Hoy, cinco años después, aquella fragilidad criminal se ha convertido en una anorexia social que está a punto de derivar en una muerte definitiva. De ETA sólo queda parte de lo que sembró: algunas malas hierbas, irreductibles, que en ocasiones asoman por grietas de odio sin cerrar y mucho dolor acumulado por curar.

Sin apenas armas, sin apenas militantes y sin fuerzas ni argumentos para negociar un final. Así está un lustro después en sus frentes la banda; desactivada en su trinchera militar, repudiada y olvidada en la social y sin puertas abiertas para ser recibida en el frente político como organización reconvertida. Lleva años sin escuchar y sin reaccionar. Hoy las plataformas que se han constituido en este tiempo para desbrozarle el camino volverán a hacerle la enésima propuesta para allanarle el camino para disolverse.

Sin militantes y sin arsenal

De aquella imagen histórica de tres etarras con txapela y capuchas blancas, flanqueados por la ikurriña, la bandera de Navarra y el Arrano Beltza (águila negra) y bajo el anagrama de ETA no queda nada. En este tiempo de vida sin ETA la banda ha visto cómo la acción policial seguía menguando su ya mínima estructura y reduciendo sus opciones de pactar una derrota negociada y una disolución con precio. Los tres encapuchados de la rendición -David Pla, Iratxe Sorzabal e Izaskun Lesaka­­- están hoy en prisión. No son los únicos. En este lustro de paz etarra otros 141 militantes de la organización terrorista han seguido sus pasos. El frente militar de ETA se ha quedado sin militantes activos, apenas una decena, según las fuerzas de seguridad, que se ocultan en Francia y a los que correspondería negociar cómo se apaga la luz etarra, cómo se sella el final de manera honrosa.

Tres miembros de ETA leen el comunicado de cese de la violencia, en octubre de 2011.

Tres miembros de ETA leen el comunicado de cese de la violencia, en octubre de 2011. EUROPA PRESS

Formalmente ETA ya sólo existe en la cárcel. Sus dirigentes en los últimos años y sus militantes más activos están entre rejas. El grueso de la organización, 279 de sus miembros -a finales de agosto-, están en prisiones españolas y 79 en cárceles galas, además de otros dos encarcelados en Portugal y Suiza.

En estos años ETA ha visto cómo ni el Gobierno de España ni el Ejecutivo francés están dispuestos a cederle la baza de rentabilizar su final. Será por disolución unilateral o por detención y desmantelamiento pleno a cargo de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El último revés de los violentos ocurrió hace apenas diez días en Carlepont (Francia). Una operación conjunta entre la Guardia Civil y la Gendarmería francesa que permitía localizar el zulo en el que la organización ocultaba una parte importante de su botín, lo que se estima que ronda la mitad de su arsenal de armas: 145 pistolas cortas, dos fusiles de caza y munición. Pese a que ha expresado su voluntad de no hacerlo, ETA aún tiene capacidad para actuar. Se estima que conserva una cantidad importante de explosivos, entre dos y tres toneladas y alrededor de 250 armas y munición.

Disolución «unilateral» o policial

Las opciones de ETA para presionar se le agotan. A ello se le suma una dirección sin experiencia. Se cree que actualmente está liderada por Mikel Irastorza, quien procedente del entorno de la izquierda abertzale pasó a la clandestinidad en 2013, casi dos años después de que ETA declarara el cese definitivo. Fue el sustituto de urgencia de los dos últimos lugartenientes de ETA y las voces del cese final: David Pla e Iratxe Sorzabal hasta septiembre del año pasado.

Durante estos cinco años de paz etarra los intentos por buscar una salida negociada han sido constantes e infructuosos. La declaración de Aiete -17 de octubre de 2011- fue la antesala a todo este proceso. Le siguió la apuesta por lograr la implicación de mediadores y verificadores internacionales, cuyo papel ha oído reduciéndose por el devenir de los acontecimientos. La escenificación de un desarme ridículo -febrero 2014- y la posterior citación judicial de los verificadores fue la gota que colmó el vaso del descrédito. Este sábado el mediador sudafricano Brian Currin volverá a ser el rostro visible de estos intentos por internacionalizar la solución que sólo respaldan los partidos nacionalistas. Lo hará en el seno del Foro Social Permanente, un organismo con respaldo mayoritario de sectores abertzales constituido para afianzar el proceso de paz y que hoy hará pública una nueva propuesta.

Cinco años después a ETA sólo le quedan propuestas cómo esta que suenan más a ruego para su desarme y disolución para evitar una derrota forzada por la acción policial. En este aniversario también el Gobierno Vasco ha vuelto a recordar a la banda que debe disolverse cuanto antes y le reitera su ofrecimiento, -desoído en numerosas ocasiones- para convertirse en agente facilitador del final. El Ejecutivo de Urkullu ha combinado la exigencia del fin de la dispersión hecha a Rajoy con las llamadas a los presos a desoir a las directrices de ETA y acogerse a beneficios penitenciarios. Lo hizo en abril remitiendo una carta a cada preso recordándole las opciones para acogerse a ellas y recordándole que aceleraría su salida de prisión. Ya en la calle, el Gobierno vasco cuenta con el programa Hitzeman que brinda durante dos años a los presos asesoramiento personal y legal, apoyo psicológico y ayudas para su inserción laboral y la búsqueda de vivienda.

Una mano tendida a acelerar la disolución que también ha vuelto a ofrecer el Ministerio del Interior prometiendo el final de la dispersión de sus presos en cárceles alejadas de Euskadi, aplicada desde 1988, a cambio de su disolución como alternativa a un final meramente policial. El ministro Fernández Díaz ya ha subrayado que la acción policial no cesará.

50 años, 15.000 militantes

Desde que, tras una escisión en las juventudes del PNV, el 31 de julio de 1959 naciera ETA miles de ciudadanos y ciudadanas vascas y no vascas optaron por militar en algún momento en la banda. Algunos estudios cifran en cerca de 15.000 las personas que lo han hecho a lo largo de estos 50 años de historia macabra. Periodos muy diferentes, en su concepción y su acción. De la lucha antifranquista a los sabotajes y de ahí a los primeros atentados contra militares, policías y guardias civiles, incrementados después y ampliados con la coacción y atentados contra ertzainas, empresarios, políticos, jueces y periodistas en su última etapa.

Pero de aquella ETA queda muy poco. Apenas 363 presos dispersos en cárceles alejadas de Euskadi y sobre los que cada vez tiene menos control y predicamento. A ellos se suma la lista de huidos de la policía ronda el centenar la encabezan nombres conocidos como Iñaki de Juana Chaos, -cuyo último paradero le ubica en Venezuela-, y José Antonio Urrutikoetxea, ‘Josu Ternera’, antiguo parlamentario vasco, ex dirigente de ETA y sobre quien se especula que podría estar gravemente enfermo. Hoy son mayoría los que circulan en libertad por las calles del País Vasco tras haber cumplido, en muchos casos, décadas de prisión. Incluso los hay quienes aspiran a agruparse y convertirse en “agente político” en un intento por rehabilitar a ETA en su paso de la violencia a la influencia política normalizada. Una presencia que desde la izquierda abertzale se insiste ahora en evitar a toda costa. Una ETA política podría frustrar el proceso de blanqueamiento y moderación iniciado en los últimos dos años y en el que el desmarque del pasado se ha convertido en una incómoda necesidad y en una exigencia social aún por satisfacer.

Un reguero por desvelar

El final de ETA también deja un reguero por desvelar. Cientos de asesinatos, se estima que en torno a 300, que su disolución podría dejar en un limbo. La reparación del daño causado y la justicia con las víctimas se ha convertido en una exigencia del conjunto de la sociedad. La XI legislatura iniciada el pasado viernes será vital para cerrar el final de medio siglo de violencia y acordar un relato de lo sucedido, justo con las víctimas, para las futuras generaciones.

Entretanto, la siembra de ETA seguirá aflorando, cada vez más tenue, en forma de recibimientos a etarras para honrar su lucha, de palizas a guardias civiles o de aurreskus de adolescentes portando sus imágenes en el patio de un instituto.

El mapa de las víctimas

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Gráfico: Luis Sevillano