Mariano Rajoy ha hecho un discurso de hombre de Estado. Sin grandes frases, sin apelación al sentimiento, sino a la razón, e incluso con un punto de serenidad. El candidato a presidir el Gobierno estuvo más preocupado de no pisar callos que de provocar el entusiasmo en su bancada.

Hasta cierto punto, su intervención tuvo como objeto no herir al PSOE. Incluso se permitió el lujo de echarle una mano al presidente de la Gestora, Javier Fernández, cuando dijo que permitir la formación del Gobierno «no significa renunciar a nada». «Hay que dejar a un lado las confrontaciones ideológicas», recomendó a los díscolos.

Rajoy es muy consciente de las dificultades que le esperan a partir de ahora. Sabe que «cada ley tendrá que ser fruto del acuerdo», que su Gobierno tendrá que ganarse día a día la confianza de una Cámara que ya no controla. Por ello, el hilo conductor de su mensaje, dirigido, más que al Congreso, a los ciudadanos, fue la recuperación del consenso. Y se mostró dispuesto, de forma inmediata, a poner en marcha el diálogo en pensiones, financiación autonómica, educación, etc.

Había en la Carrera de San Jerónimo cierto aroma a Transición. A aquellos años en los que nada se podía hacer sin negociación. Pero esa sensación es más bien un trampantojo. No sólo porque Rajoy no es Suárez, sino porque, en frente, no tiene a un político como Felipe González.

Lo realmente anómalo de esta sesión de investidura es que la oposición no tiene líder. De hecho, la réplica por el Partido Socialista al candidato se la hará Antonio Hernando, que es el portavoz de trámite de un grupo roto, en el que no se sabe todavía cuántos de sus diputados van a cumplir el mandato del último Comité Federal.

El PSOE, por mucho que se esfuerce, no podrá ejercer su papel como principal partido de la oposición mientras no clarifique su situación interna, mientras continúe huérfano de liderazgo.

Una democracia madura no sólo necesita un buen Gobierno, sino una sólida, dura y leal oposición.

Por supuesto, Pablo Iglesias va a jugar a ser el gran oponente de un Gobierno fruto de una «triple alianza» (PP-Ciudadanos-PSOE), pero esa pretensión está condenada al fracaso. La oposición en un sistema democrático se hace en el Parlamento, no en la calle, como va a tratar de hacer Podemos de forma irresponsable. Si el rival de Rajoy va a ser Iglesias, entonces tendremos gobierno de centro derecha para mucho tiempo.

Rajoy, dicen los que le conocen bien, no es rencoroso, pero tiene buena memoria para las afrentas ¿Qué debió sentir cuando vio a Pedro Sánchez, aquél que le dijo a la cara en un debate que no era honesto, sentado en la tercera fila de la bancada socialista tras haber sido derribado por los suyos? La venganza es plato que se sirve en frío.

Si, en parte, Sánchez ha sido víctima de sus excesos, Rajoy no debería actuar como si la extrema debilidad del PSOE fuera una buena noticia. Porque no lo es. Ni para el Gobierno, ni, sobre todo, para España.

Ahora mismo, seguramente, lo mejor para este país es que se forme un gobierno de centro derecha y que Rajoy lo presida. Ojalá esta nueva versión abierta al diálogo se perpetúe en el tiempo. Pero, como ciudadano, lo que más me preocupa es comprobar que enfrente Rajoy no tenía a nadie. Una democracia madura no sólo necesita de un buen gobierno, sino de una dura, una fuerte y una leal oposición.