A medida que se acercaba su jubilación empezaron a pensar en el futuro que les esperaba. No querían pasarlo en una residencia y mucho menos ser «una carga» para sus hijos. Por eso, con 60 años, un grupo de amigos creó una cooperativa que tras muchos años de estudio vio la luz en 2013. Mucho esfuerzo y una gran inversión -para formar la cooperativa han tenido que vender sus pisos- han dado como resultado un Centro Social de Convivencia para Mayores de 16.000 metros cuadrados con 54 apartamentos, huertos y todas las instalaciones necesarias para los residentes, que han visto en él el paraíso. Su nombre, Trabensol, es un reflejo del espíritu de esta comunidad: Trabajadores en solidaridad.

Lo que empezó como una idea entre amigos es ya una gran urbanización en Torremocha del Jarama, cerca de la sierra de Madrid. Allí viven más de 80 jubilados que rondan los 75 años de media. Viven solos o en pareja. Algunos, como Chencho, incluso han encontrado allí el amor. «Vine solo porque estaba separado y ahora tengo pareja. Ella vino una Navidad a ver a una amiga, nos conocimos y ahora hacemos vida Madrid-Trabensol», cuenta orgulloso tras su clase de danza hebrea, a la que ha acudido su pareja.

A diferencia de las residencias, aquí viven de forma independiente y se autogestionan

Chencho tiene 77 años y es uno de los más activos del centro. Ex trabajador de Kodac, ha cambiado el microfilm por un taller de danzas del mundo, una actividad que imparte todas las semanas. Además, ha promovido actividades como la marcha nórdica y el tenis de mesa. Reconoce que se enteró de este proyecto gracias a unos amigos, fundadores de Trabensol. Cuando le explicaron el proyecto, le entusiasmó tanto que no tardó en inscribirse. «A mis hijos tampoco se lo traté de explicar profundamente, pero ellos vieron que lo contaba con mucho entusiasmo y muy sereno y dijeron: ‘Pues adelante'». A diferencia de una residencia, aquí viven de forma independiente y son ellos los que se autogestionan y promueven las actividades. Las de baile y memoria son algunas de las más demandadas.

Salvador es otro de los vecinos fundadores. Después de toda una vida dedicada a la metalurgia, ha cambiado el metal por la madera y ahora arregla muebles y hace figuras. «Una amiga nos metió en la cooperativa sin contar conmigo. Me llamó y me dijo: ‘Oye que te he apuntado en una cooperativa, ya te lo contaré pero te va a gustar’. Nos llamaron para la primera asamblea y nos gustó mucho». Tanto que no dudó en vender su adosado de Perales del Río, en Getafe, para irse a vivir a este centro con su mujer.

Después de cuatro años allí, no se arrepienten: «Mi mujer se mete en los cursos y manualidades. Hace pintura en tela, dibuja con arenas de colores… Aquí estamos encantadísimos. Ha sido una lotería porque la vejez habría sido en una residencia. Eso si me dejaban entrar por la pensión, y de esta forma estamos entre amigos», dice con una nueva muñeca de madera entre las manos. Lo más largo ha sido el proyecto, que se inició antes del año 2000 y ha tardado más de 10 años en hacerse realidad, pero Salvador tenía fe. «Sabía que llegaríamos al final de la construcción».

La media de edad ronda los 75 años y todos gozan de una vejez activa, porque en Trabensol no hay tiempo para el aburrimiento. Precisamente, lo difícil es encontrar alguien en su apartamento. «Esta mañana de 8 a 8.30 he estado en la piscina. Después he estado haciendo Chi Kung y luego me he venido aquí con la madera mientras limpian la habitación», explica Salvador. El servicio de limpieza, así como el de lavandería y catering son los únicos que están externalizados. Ellos se encargan del resto.

Pedro, el presidente de la cooperativa, muestra las vistas desde su apartamento.

Pedro, el presidente de la cooperativa, muestra las vistas desde su apartamento. E. I.

Comisiones de trabajo

Si algo caracteriza Trabensol es la generosidad y el respeto. Los talleres que llevan a cabo, aunque se imparten por ellos mismos en el centro, están abiertos a los vecinos del pueblo. «Lo único que no pueden usar por higiene es el baño terapéutico», especifica Jaime. Cada residente paga entre 1.000 y 1.200 euros al mes por todos los servicios del centro, dependiendo si viven en pareja o en solitario.

Las comisiones de trabajo son el pilar de Trabensol. Todos los residentes forman parte de alguna de ellas para facilitar el funcionamiento de la cooperativa. «Hay comisiones que, por gustos o por conocimientos, la gente nos apuntamos para preparar cosas. En la asamblea hay temas densos que hay que tratar», explica Jaime. Él, periodista de profesión, pertenece a la de Comunicación. Existen comisiones de Economía, Sociosanitaria, de Patrimonio y una recién creada de sostenibilidad, que han empezado pensando en los próximos años. «Sabemos que nuestra capacidad va a ir mermando, por eso queremos estar preparados para cuando empiece a haber casos de dependencia», explica Jaime.

Vivienda colaborativa en España

España se ha sumado a la vivienda colaborativa, que vio su origen en Dinamarca en la década de los 70, también conocida como cohousing. Aunque es una idea que ya estaba inventada, Trabensol guarda ciertas diferencias con el modelo de los países europeos. «Allí los residentes se reúnen en la comida y poco más, aquí no, lo hacemos casi todo juntos», apunta Jaime. No echa de menos su antigua residencia porque aquí, afirma, está entre amigos.

En España, el 28,2% de los mayores viven solos y la mitad de ellos rechaza vivir en residencias

En España, el 28,2% de las personas mayores viven solas y la mitad de ellas rechaza la idea de vivir en residencias. Aunque no está muy implantada en nuestro país, según la web ecohousing.es existen actualmente ocho centros de este tipo repartidos entre Cataluña, Madrid, Castilla y León y Andalucía. A ellos se suman casi una veintena en desarrollo. Aunque no todas ellas diseñadas para personas mayores, el principal sector demandante de este tipo de alojamientos es precisamente el colectivo de mayores de 50 años y, concretamente, gente que ha vivido «con un estándar de vida alto y que no se ve en una residencia».

Actualmente, Trabensol cuenta con una lista de espera de más de 25 personas. Para poder entrar, deben cumplir una serie de requisitos que van más allá de lo económico. «Tienen que tener entre 50 y 70 años. Queremos que la gente que entra sea joven para garantizar el funcionamiento de las actividades», argumenta Jaime. Aquellos que se encuentran en lista de espera sólo podrán entrar cuando las plazas vayan quedando libres. «Aquí llegamos y hasta que nos muramos. Aunque la marcha también puede ser porque alguien se canse y decida irse», explica.

En los cuatro años que llevan en marcha, apenas han tenido bajas, pero son conscientes de que tarde o temprano llegarán, y no le tienen miedo a ese día. «Aquí en todo momento te sientes arropado. Todos nos vamos a quedar solos, o nuestras mujeres, pero realmente no se van a quedar solos porque aquí somos una gran familia, y eso es muy importante».