En el último eurobarómetro publicado antes de las Elecciones al Parlamento Europeo del pasado 26-M, sólo un 28% de los españoles sabía en qué fecha se celebraban. Y eso que la opción de «respuesta correcta» era tan generosa que valía incluso con acertar el mes. Pues ni con esas. Sólo el 48% de los encuestados respondieron que votarían en los comicios, en la línea del 45,8% que participó en 2015, aunque en esta ocasión el porcentaje se elevara hasta el 64,3% por la coincidencia con las municipales y autonómicas.

El problema es que los electores se asomaron a un escaparate distorsionado, con productos relucientes en el expositor pero desaparecidos del stock. Más del 43% de los votantes que participaron en las europeas optaron por cabezas de lista que no les representarán en Bruselas ni en Estrasburgo.

Mucha gente podría haber pensado que mi destino no era la Eurocámara’, ha dicho Borrell para defender su decisión

Josep Borrell, que sedujo al 32,84% de los ciudadanos, ha renunciado este miércoles a su acta de eurodiputado para continuar como ministro de Exteriores en funciones en el Ejecutivo de Pedro Sánchez. La explicación es sencilla: la investidura está bloqueada, parece que lo estará largo tiempo y mientras el Gobierno continúe en funciones no se puede nombrar a nuevos altos cargos. Al mismo tiempo, la condición de europarlamentario y la de ministro son excluyentes, por lo que Borrell tendría que haber dejado su cargo el próximo martes, obligando a Sánchez a integrar Exteriores en alguna de las actuales carteras.

La duda está en si todo esto le era desconocido tanto a Sánchez como a Borrell durante la campaña electoral, en la que el PSOE usó el alto perfil del ministro de Exteriores para dar vuelo a unos comicios habitualmente grises, en los que el PP concurrió con Dolors Montserrat, Ciudadanos con Luis Garicano y Podemos con María Eugenia Rodríguez Palop. «Mucha gente podría haber pensado que mi destino no era la Eurocámara», ha defendido este miércoles Borrell, cargando la responsabilidad sobre la perspicacia del votante.

Tradición en el independentismo

El aún ministro de Exteriores en funciones sí que abre la puerta a que, cuando se aclare la situación política en España y en Europa, pueda irse a Bruselas para ocupar un puesto dentro de la Comisión. Pero fuera del Parlamento, donde Iratxe García estará al frente del grupo socialdemócrata.

Castillos en el aire, en cualquier caso, y en la mejor tradición del independentismo catalán: lanzar candidatos destinados a no serlo, con la esperanza de victorias futuras que siempre dependan de terceros y nunca de ellos mismos. Carles Puigdemont ya es un habitual: concurrió desde su huida en Bruselas en las autonómicas del 21-D de 2017, y volvió a presentarse a las europeas sabiendo que, para ser europarlamentario, debía cumplir con un trámite que nunca tuvo en mente: pasar por Madrid.

Las ‘listas escaparate’ destapan la estrategia propagandística de los partidos y la sequía de talento dentro de sus estructuras

Es un círculo vicioso institucionalizado en el último ciclo político: presentar a candidatos imposibles, que provoquen frustración en el votante y acaben generando gasolina victimista justo a tiempo para la siguiente convocatoria electoral. No es una exclusiva de Puigdemont. Oriol Junqueras también se presentó desde prisión el 21-D y ya concurrió como cabeza de lista de ERC en las elecciones generales sabiendo que semanas después optaría a ser europarlamentario y tendría que renunciar a su escaño en el Hemiciclo.

Las listas escaparate tienen tanto de estrategia política propagandística como de reflejo de la escasa vida interna de los partidos, cada vez más cortos en sus plantillas de rostros reconocibles y talentosos. Las mismas caras, continuamente, en distintos lugares. Una situación que golpea especialmente a los partidos de implantación reciente. Podemos, sin ir más lejos, tuvo que mandar a Bruselas a su plana mayor, Pablo Iglesias incluido, en las europeas de 2014. Regresaron a los pocos meses para preparar el asalto a las generales.

El caso de Vox, más reciente, es parecido. La acumulación de procesos electorales en un período corto de tiempo, coincidente además con la explosión demoscópica de la formación, agrava este fenómeno. Javier Ortega-Smith, secretario general del partido, reclama concejalías en Madrid sin aclarar cómo las compaginaría con su trabajo de diputado en el Congreso. Exactamente la misma circunstancia que enfrenta su número dos, Pedro Fernández, también con escaño en el Congreso, con asiento en el Ayuntamiento de Madrid y su lugarteniente en las sesiones del juicio al procés.