El Fútbol Club Barcelona llevaba siete años sin ganar una Liga. No había conseguido ninguna desde la muerte de Francisco Franco. Los goles en el Camp Nou los marcaba Quini y entonces llegaron ellos como un pequeño grupúsculo en el Gol Sur. Era 1981 y nacían los Boixos Nois, prácticamente unos pioneros del movimiento ultra en España. «Éramos inicialmente de izquierdas, anarquistas y catalanistas», recordaba en una entrevista con Panenka uno de los habituales de los años duros, cuando el grupo llegó a los titulares por el asesinato del seguidor del Espanyol Frederic Rouquier en 1991. En los primeros Boixos, dice en la charla, había militantes de Terra Lliure y colaboradores de ETA.

¿Qué ha pasado para que 38 años después sean noticia acusados de enfrentarse a puñetazos con los independentistas de Tsunami Democràtic en la previa del Clásico? Ellos, por cierto, niegan que fueran miembros de su grupo quienes protagonizaron el tumulto.

De ningún grupo ultra español se sabe más pero se entiende menos que de los Boixos Nois. Su nombre fue temido durante décadas pero Joan Laporta los expulsó del Camp Nou tras las elecciones del 2003. Se les daba por muertos pero han resurgido en las últimas temporadas. Sus viejos líderes entran de paisano en el Camp Nou, algunos están integrados en la heterogénea grada de animación del estadio y los más se dedican únicamente a las previas en el exterior y a los desplazamientos. En los últimos meses han protagonizado batallas campales con los Bukaneros, provocaron graves incidentes en Lyon y unos 100 aparecieron por sorpresa en Milán la semana pasada para el partido de Champions del Barcelona frente al Inter.

En los primeros años de los Boixos se mezclaban punkis, skinheads de extrema izquierda y neonazis de todo el espectro nacionalista

Su presencia suele incomodar a la afición del Barça en las finales, donde sus distintivos no pasan desapercibidos en la grada. Habitualmente cerca de alguna bandera de España. No hay unanimidad en los actuales Boixos pero buena parte se encuadra en la ultraderecha españolista. También hay neonazis ultracatalanistas, pero su influencia ha decrecido algo con los años. Los que empezaron como outsiders sospechosos en el grupo ahora lo dominan, y de las facciones de redskins independentistas ya no queda nada en la cúpula de poder.

La mezcolanza, en realidad, nació de la necesidad y del enemigo común personificado en las Brigadas Blanquiazules del Espanyol, históricamente hermanadas con los Ultras Sur del Real Madrid. Las cacerías entre grupos eran habituales en los 80 y las Brigadas eran potentes en el campo y en la noche. Esa guerra fue la puerta de entrada de los redskins en un grupo de punkis, al que terminarían uniéndose también neonazis pancatalanistas a finales de la década.

Una vez dentro ya no saldrían nunca. Eso, unido al declive de las Brigadas y a la camaradería futbolística, terminó por abrir la puerta al españolismo en los Boixos, pese a que las esteladas seguían siendo mayoritarias en sus desplazamientos a Madrid en la década posterior.

Para entonces los Boixos Nois ya habían viajado mucho. Ideológicamente y dentro de su propio estadio. Primero fueron desplazados a la tercera gradería tras exhibir una pancarta hiriente con las muertes de la tragedia de Heysel, y después migraron otra vez a un fondo por los constantes problemas que generaban desde los anillos superiores del estadio.

‘Odio más a un ultra del Madrid que a un negro’

Fue su época de esplendor, con más de 1.000 personas en la grada en cada partido y una ascendencia cada vez mayor de la facción Casuals, surgida a imitación de los hooligans ingleses, integrada casi en su totalidad por radicales de ultraderecha e involucrada en delitos de todo tipo, desde la violencia callejera hasta el tráfico de drogas y la extorsión. Todos sus líderes pasaron por la cárcel con los años, pero su poder y su organización, con no demasiadas variaciones, sobrevive hasta hoy mismo.

Los Boixos Nois han presumido siempre de agresividad pero también de disciplina. El Barcelona por encima de todo. «Odio más a un ultra del Madrid que a un negro», diría en una entrevista con Jesús Quintero desde la cárcel Oliver Sánchez, un ultra culé condenado por el asesinato, en octubre de 1991, de la transexual Sonia Rescalvo Sánchez en el Parque de la Ciudadela.

En esa época, en la que el grupo todavía no se había decantado del todo, el ultra hablaba fumando sin parar desde una celda llena de parafernalia de los Boixos, no disimulaba su rechazo a la inmigración y llamaba «Mozos» a los Mossos. «Seré un skin toda mi vida», sentenciaba, aunque se revolvía con Quintero cuando le preguntaba si los colores estaban por delante de las ideologías: «No».

Eso quedó claro en el propio Camp Nou años después tras la muerte de Sergi Soto, uno de los cabecillas de los Boixos, con amplio currículum radical. Era 20 de diciembre de 1997, el Barcelona jugaba contra el Atlético de Madrid y los Boixos forzaron a la directiva a aceptar un minuto de silencio en el estadio en memoria del fallecido, acompañado de una gran pancarta: «Sergio, los Boixos no te olvidaremos».

Los incidentes en el Camp Nou tras la muerte del ultra Sergi Soto rompieron la convivencia en la Grada Jove y aislaron para siempre a los Boixos Nois, expulsados por Laporta

El minuto de silencio lo interrumpieron gritos que bajaban desde de la tercera gradería, antiguo territorio de los Boixos en su destierro. Pertenecían a un grupúsculo todavía joven, Sang Culé Cor Català, de ideología izquierdista e independentista. Y el mensaje era claro: «Fuera nazis del Camp Nou». Al shock inicial le siguió la furia de unos 100 boixos que, en cuestión de minutos, consiguieron llegar hasta el territorio de Sang Culé y montar el caos en la grada y los vomitorios del estadio.

El episodio simbolizaba el fracaso de la Grada Jove que el Barça trató de impulsar en los 90. Un extenso trabajo depositado en la Universidad de Barcelona por el estudiante de Sociología Ignasi Carles recoge el testimonio de uno de los integrantes de aquel espacio: «En aquella grada, los neonazis de Boixos sólo querían inventarse un enemigo, si había alguien nuevo que no les gustase perdido por allí, iban a por él. Tenías que andar con cuidado con lo que decías o enseñabas, había tensión. Eso fue lo que hizo que mucha gente se fuera a la tercera gradería o al otro fondo, permitiendo que los nazis se apoderasen de la grada».

Sang Culé fue la primera deserción de muchas. El resto de grupos independentistas del entorno ultra del Barcelona -Almogàvers y Creu de Sant Jordi- abandonaron la Grada a finales de los 90, y a principios de los 2000 los últimos reductos separatistas que quedaban en el fondo se escinden para formar la Peña Barcelonista Nostra Ensenya.

El aislamiento de los Boixos en el estadio y en el entorno del Barcelona se había completado ya, poco antes de sellarse su expulsión formal del campo con la llegada de Joan Laporta a la presidencia. Sin embargo, los radicales de extrema derecha han seguido estando presentes desde entonces en los desplazamientos del equipo. Y nunca han abandonado el Camp Nou.

Tensión en el fondo

Hace años que el Barcelona ha recuperado, como el Real Madrid, la idea de una grada joven de animación. Pero el aislamiento ideológico funciona ahora al contrario que en los años 90 y el objetivo de alejar a los ultras del estadio tampoco se ha conseguido del todo.

Los Boixos, algunos aún dentro del Camp Nou, están consagrando su reaparición pública esta temporada y se teme por su viaje a Nápoles en Champions

En esa grada, actualmente activa, Almogàvers lleva la voz cantante de un fondo primordialmente independentista. Las normas del espacio de animación no permiten la entrada con banderas españolas ni símbolos de derechas, y llaman a no boicotear los gritos de «Independencia» que se entonan cada partido en el minuto 17:14. A Almogàvers le han secundado estos años Creu de Sant Jordi, Nostra Ensenya y otros grupúsculos como Supporters Puyol o Grup Fidel, también de izquierda independentista más o menos radical, aunque con roces por su grado de colaboración con los Boixos en los viajes lejos de Barcelona.

Algunos miembros de Boixos siguen presentes en las gradas del Camp Nou y comparten espacio y previas con el grupo Supporters Barça. Perduran, aunque en clara inferioridad dentro del fondo y sin distintivos oficiales del grupo, prohibidos desde hace meses por la Comisión Antiviolencia. Los roces con los compañeros de grada han sido esporádicos en el Camp Nou, más recurrentes fuera de casa.

Pese a los altercados del miércoles en el Camp Nou, es en el extranjero donde los ultras encuentran más facilidades para dominar los desplazamientos y el entorno culé. Las fuerzas de seguridad vigilan desde hace tiempo a un grupo erróneamente calificado como «reducto». Nunca estuvieron cerca de la desaparición y su grado de organización se ha reforzado. En Nápoles, donde el Barcelona viajará el 25 de febrero para jugar los octavos de final de la Champions League, ya se teme una nueva demostración de fuerza que consagre la temporada del resurgir público de los Boixos Nois.