La consellera de Cultura de la Generalitat, Mariángela Vilallonga, ha encontrado en la crítica al castellano su particular vía para conseguir una presencia mediática que hasta ahora le había sido vetada. Prácticamente nadie la conocía, pese a que hace ya más de un año que sustituyó a la omnipresente Laura Borràs al frente de la Conselleria supuestamente más querida por el president Quim Torra.

Pero ha sido señalar el exceso de castellano en TV3 y abrírsele las puertas del cielo mediático, tanto en grandes medios como en redes sociales. Para demostrar que no era un patinazo, sin convicción auténtica, Vilallonga repitió sus tesis esta semana en el Parlament, añadiendo un nuevo matiz. No solo le parece que hay demasiado castellano en «la nostra» sino también en el Parlament, donde Cs ha impuesto el uso de la lengua de Cervantes hasta tal punto que hasta la portavoz del PSC, Eva Granados, se pasa de vez en cuando al español sin darse cuenta, para escarnio de la bancada independentista.

Preguntada por sus quejas, la «consellera Koiné» -como la bautizó el portavoz de Cs, Carlos Carrizosa, en referencia al manifiesto en defensa del catalán como única lengua oficial en una futura Cataluña independiente- aseguró sin despeinarse que «Cataluña tiene 3 lenguas propias: catalán, occitano aranés y la lengua de signos catalana». Y hay «300 lenguas más, entre ellas el castellano».

Pero la tesis de las 300 lenguas habladas en Cataluña no es nueva. Se trata de hecho, de uno de los argumentos que han permitido conectar con mayor fluidez al nacionalismo con la izquierda multiculturalista. La concreción más clara de ese punto de encuentro es Linguamón, un consorcio creado en 2005 y formado por la Generalitat, el Centro Unesco de Cataluña y el Fórum Universal de las Culturas para «vivir la riqueza lingüística de forma positiva en la sociedad, crear consciencia para la sostenibilidad lingüistica y difundir todas las lenguas».

El consorcio se disolvió años despues, con la retirada de la Generalitat, principal financiador de Linguamon, en 2011, cuando la crisis económica empezó a forzar recortes en la administración autonómica.

Unos objetivos encomiables que los sectores más radicales del catalanismo en su version lingüística, centrados en la visión del catalán como una lengua «minorizada» y en retroceso, suelen aprovechar para diluir la presencia del español entre las «300 lenguas que se hablan en Cataluña» o en Barcelona, merced a la inmigración internacional que en las últimas décadas ha cambiado la sociología de España.

El precedente de Carod

El ejemplo más claro del paso de la defensa de las lenguas minoritarias a la minorizacion del castellano fue, durante esos primeros años del siglo, Josep Lluís Carod-Rovira, entonces vicepresidente de la Generalitat junto a Pasqual Maragall y líder de ERC. Ya como ex líder republicano, Carod publicó un polémico artículo en el que defendía el catalán como única lengua propia de Cataluña y relegaba al castellano al nivel del «árabe, el chino o el urdú».

En el mismo rotativo en el que años antes había explicado a ETA por qué no podía atentar en Cataluña, Carod aseguraba que en 36 años de democracia «se ha pasado de sólo dos lenguas en el paisaje cotidiano a muchísimas más, por lo menos 280, habladas en los hogares de todo el país. El país ya no es bilingüe, sino multilingüe». El compulsivo recuento de las lenguas habladas por los «nuevos catalanes» llegados de medio mundo adquiría finalmente sentido: borrar la Cataluña bilingüe del Estatut y dejar el catalán como una lengua propia, relegando el castellano.

«No debería haber dudas sobre el carácter del catalán como lengua oficial, idioma común hegemónico en el espacio público y señal cultural distintivo de nuestra sociedad», seguía Carod, por supuesto en catalán. «El conocimiento del español es muy positivo y no se puede perder» añadía, «como también debería serlo el inglés y francés, y a su lado otros idiomas con miles de hablantes procedentes de la inmigración que deberíamos incorporar a nuestro paisaje lingüístico como el amazig, el árabe, el rumano, el chino o el urdú». Básicamente, el español como un idioma extranjero más.

Los datos

Los datos, sin embargo, desmentían a Carod y siguen desmintiendo a Vilallonga. Según el Instituto de Estadística de la Generalitat (Idescat) el 52,7% de los catalanes tiene el español como «lengua inicial», y el 46,6% como «lengua de identificación», frente a un 31,5% y un 33% respectivamente en el caso del catalán. Es decir, hay mas catalanes que tienen el castellano como primera lengua de uso que el catalán, según la última encuesta de usos lingüísticos, de 2018.

El aranés, defendido por la consellera como la auténtica segunda lengua oficial de Cataluña, cosecha un 0% en ambos parámetros. Y el urdú y el amazig, que tanto interesaban a Carod, ni siquiera aparecen recogidos en la estadística de la Generalitat. El árabe es la lengua materna del 2% de los catalanes, y el rumano del 1%. Ningún otro idioma supera el 1% de identificación entre la población catalana.

El CEO corrobora la prevalencia del castellano, pese a acortar las distancias. Según el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat el 44,5% de los consultados afirmaban que el castellano es su lengua propia, frente a un 41,3% de catalanoparlantes y un 12,8% que afirman tener a las dos lenguas como lengua propia de forma indistinta. Una proporción que de hecho ha variado, según el CEO, que en 2011 reportaba un 54% de catalanoparlantes frente un 37,4% que afirmaba tener el castellano como lengua propia.

Ambas encuestas coinciden, en todo caso, en el elevado conocimiento de ambas lenguas, de más del 90% en todas las encuestas. La inmersión lingüística en la educación funciona, por tanto, como paraguas protector del catalán, mientras el castellano mantiene y refuerza sus posiciones en la sociedad catalana gracias a su abrumadora presencia en las redes y medios de comunicación, según los expertos.