El catálogo de Movistar Plus+ incorporó el pasado jueves Se tiene que morir mucha gente, una serie que llama la atención desde su propio título y que se basa en la novela homónima de la humorista Victoria Martín. Lo que a primera vista puede parecer una provocación o una exageración llamativa conecta con una sensación de malestar cotidiano en el que, cuando todo se desordena, el humor se convierte en una forma de resistencia.

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A lo largo de seis episodios de unos treinta minutos, la serie se presenta como una comedia incómoda, directa y con pocas concesiones. Más que buscar el consenso inmediato del espectador, se centra en explorar las contradicciones de sus personajes. En ese enfoque encuentra buena parte de su interés. No es una ficción pensada para tranquilizar, sino para reflejar, a través del humor negro, el malestar de una generación que ha llegado a la adultez con más incertidumbre que certezas.

El derecho a estar quemadas y a "no tener putos sueños"

Uno de los aspectos más comentados de la serie es su retrato del agotamiento generacional, sin suavizarlo ni idealizarlo. No hay aquí versiones estilizadas de la vida adulta ni personajes diseñados para resultar ejemplares. Hay cansancio, precariedad emocional y una sensación de desgaste.

Las protagonistas (Bárbara, Elena y Maca) son tres amigas que toman ansiolíticos, aparecen descuidadas, toman decisiones discutibles o conviven con la idea de que les da igual caer bien o mal. La serie insiste en esa incomodidad sin convertirla en una lección moral.

Hay una escena destacable, ya llegando al final de la serie, en la que el personaje de Anna Castillo (Bárbara en la ficción), tras dejar su trabajo, verbaliza de forma clara, y hacia su jefe, ese estado emocional antes de dar un portazo: "Yo no tengo putos sueños". Más allá de su impacto, la frase funciona como síntoma de una época. Resume la renuncia a la presión de tener un proyecto vital claro, de cumplir expectativas constantes o de encajar en un modelo de éxito. La serie se podría situar, en parte, ahí. En ese derecho a estar agotadas, a no responder siempre al optimismo y a convivir con cierta apatía sin que eso se convierta necesariamente en un fracaso.

La conciencia con la que hay que aprender a vivir

Uno de los elementos más llamativos de la serie es el personaje interpretado por Sofía Otero, que encarna a Bárbara de pequeña. Al inicio aparece como un recurso de humor negro. Una niña malhablada, sinvergüenza y sin filtros que contrasta con la protagonista adulta y aporta un tono incómodo y directo.

Anna Castillo y Sofía Otero interpretando a Bárbara adulta y Bárbara niña | Movistar Plus

La interpretación de Otero destaca por su energía y por la mezcla de humor y dureza que aporta al personaje. Con el avance de los episodios, su función se vuelve más psicológica. La niña deja de ser solo un elemento cómico para convertirse en una representación del pensamiento interno más autocrítico. Una voz que encarna el autosabotaje, la culpa y la inseguridad. La serie sugiere así que no se trata de un elemento externo, sino de una proyección del propio diálogo interno de la protagonista.

Nadie funciona bien en el colapso

La serie evita cualquier forma de idealización de sus personajes. No están construidos para ser modelos a seguir, sino para mostrar contradicciones y conflictos. Bárbara, la principal protagonista, interpretada por Anna Castillo, se refugia en su malestar y en las pastillas. Adopta la mayoría del tiempo una actitud defensiva que la vuelve egoísta o dañina con su entorno. Elena (Macarena García) está casada con un hombre que le dobla la edad, rico, y con el que puede vivir de la forma más acomodada (a la que, según expresa en una escena de la serie, no estaba acostumbrada).

A punto de dar a luz, se replantea dejar a su marido y su "vida perfecta". Se va de la mansión que comparten y se instala en el piso de Bárbara y Maca. Empieza a dudar sobre su vida y la maternidad, mostrando miedo e incertidumbre ante un cambio vital importante, dando paso a ese concepto de "posible mala madre". Maca (Laura Weissmahr), por su parte, representa la precariedad laboral y vital, encadenando trabajos mientras intenta mantener una vocación artística que no termina de consolidarse. En conjunto, la serie construye un retrato coral en el que la estabilidad aparece como algo poco habitual.

Se le suman tramas secundarias (como la relación sentimental de Maca con la novia de su jefe, Fabiola) que sostienen el conjunto. La amistad entre los personajes funciona como eje central, no como idealización. Es un vínculo complejo en el que conviven el apoyo, el desgaste y el conflicto. El reencuentro entre Anna Castillo y Macarena García tras La llamada o Paquita Salas aporta, además, esa química que refuerza y confirma que su junte funciona a la perfección.

Final explicado de 'Se tiene que morir mucha gente'

El tramo final de la serie plantea un enfrentamiento entre la protagonista adulta y su versión infantil. No se trata de una confrontación literal (que también), sino simbólica. Un choque entre el presente y las heridas del pasado. En el último episodio se evita ofrecer una resolución cerrada o una transformación milagrosa. Lo que plantea es una idea más incómoda y realista. La convivencia con aquello que no se puede eliminar, permitiendo así que cada una de las protagonistas encuentre su propio punto de inflexión.

Elena, tras dar a luz, parece darse una segunda oportunidad con Javier (Chino). Lo hace después de haber dejado claro que no le agradaba la falsa fachada que la asfixiaba. La escena en la que monta un escándalo en su casa frente a ese entorno de "amistades perfectas" que no soporta funciona como una liberación. Por su parte, Maca logra reconciliarse con Fabiola, dejando atrás la brecha que se había abierto con Bárbara, quien se había mostrado celosa respecto a esa relación.

Es precisamente Bárbara quien experimenta el cambio más íntimo. Al dejar su trabajo destructivo, el personaje empieza a transitar una etapa más tranquila. Intenta dejar atrás la ansiedad crónica y esa tendencia a utilizar el "tengo depresión" como un escudo o una excusa continua para aislarse. El gesto final del acercamiento físico con la niña apunta en esa dirección. No se trata de borrar el daño, sino de aprender a convivir con esa voz interna sin que lo controle todo. Al dejar a un lado los odios, las peleas y las envidias del camino adulto, las tres vuelven a conectar con la esencia de aquellas niñas que fueron.

Reparto, equipo creativo y novela en la que se basa

Se tiene que morir mucha gente nace de la novela homónima de Victoria Martín (Estirando el chicle), publicada en 2022. La autora, una de las voces más reconocibles de la comedia en España, adapta aquí su propio universo narrativo, construido previamente en televisión, radio y podcast. La serie cuenta con la codirección de la propia Martín junto a Nacho Pardo y Sandra Romero, que aporta experiencia en el retrato de relaciones humanas y el drama generacional.

El reparto está encabezado por Anna Castillo, Macarena García y Laura Weissmahr, junto a Alba Galocha, Óscar de la Fuente, Ramón Rados y Yunez Chaib, entre otros. La producción apuesta por un formato de episodios breves, un ritmo ágil y una puesta en escena contenida. La banda sonora incluye el tema principal No quiero más canciones tristes, de Amaral, que también realiza un cameo en la serie.

Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente' | Movistar Plus

La serie de Movistar Plus funciona como un retrato generacional que evita el tono moralizante o la búsqueda de respuestas fáciles. Es una comedia incómoda que combina humor negro y observación del malestar cotidiano. Actúa así como un espejo que no siempre es agradable de mirar, pero en el que resulta fácil reconocerse. Ahí puede estar uno de sus principales aciertos, que no intenta resolver el conflicto, sino mostrarlo, con humor, ironía y la idea de que la vida siempre continúa.