Quiero que tu cálido cuerpo desaparezca/educadamente y me deje solo en la bañera/porque quiero considerar mi destino». Así empieza uno de los poemas de Cohen, quizás una de sus reflexiones más verbalizadas. Las mujeres que pasaron por su vida pueden igualar en número a las veces que el poeta canadiense echó el freno tirando de verso. Su voz desencadenó más tormentas de las que fue capaz de apaciguar. Era un conquistador, de los de oreja, y la ristra de mujeres que se dejaron embelesar, y que le embelesaron, es infinita.

Muchas son la razón de su obra. Los títulos o estribillos de sus canciones, la brasa que le hacía falta para hacernos arder a todos. De sensibilidad atroz, el canadiense amó con una pasión que sienten pocos y que se siente poco tiempo. Quizá su único amor eterno fue Lorca, con el único que sintió ese tembleque de piernas adolescente. Lo hizo al entrar en su casa hace unos años. Los que le acompañaban aseguraban que pisó el suelo entre emocionado y miedoso. Su único desarme lo encontró ante otro poeta.

Él y ellas le expandieron hasta la genialidad. Aunque la lista es inabarcable, podemos dejar en cinco las que nos conquistaron a los demás.

Marianne Ilhen

La primera, y casi la última, fue la sueca Marianne Ilhen. Se conocieron en la pequeña isla de Hydra, en el mar Egeo. Entre las ganas de él y el abandonó que había sufrido ella, la relación empezó al instante. Pasaron siete años entre amores y odios, entre Montreal, Nueva York y Grecia. Los escarceos del poeta desencajaban cada día más la belleza fría de Marianne, y aunque con un So long, Marianne de por medio, un fallido intento de conseguir otra oportunidad, la sueca decidió poner punto y final.

Ella fue uno de sus grandes sustentos emocionales en lo que era el principio de su carrera. Le aguantó cambios de molde y él la quiso tanto que nunca supo romper el hilo. Marianne falleció el año pasado; tras meses cargando con una leucemia, abandonó el mundo en un hospital de Oslo. A Cohen ya lo habían llamado, quizás ella nunca dejó de hablar de él. Le escribió una carta que Marianne leyó entre dos mundos. «Estoy tan cerca de ti que si extiendes la mano podrás tocarme», le decía. Los que la acompañan aseguran que la extendió y sonrió. Acaban de tocarse.

Janis Joplin

De personalidad contraria a Ilhen y con más furia que fuerza era Janis Joplin. Leonard Cohen y ella se alimentaron de un deseo animal en el Hotel Chelsea, nombre que le dio a la canción que narra esta historia. «Te recuerdo bien, en el Hotel Chelsea, hablabas tan valiente, y tan dulce, dándome sexo oral sobre la cama sin hacer, mientras las limusinas esperan en la calle», narra el primer párrafo de uno de sus grandes éxitos, que termina con un «no sé si te amé, apenas pienso en ti» que nos llena de incertidumbre. Ella era su reflejo. Parecía que el mundo se les acaba al segundo siguiente y no querían frenar sus instintos.

Suzanne Verdal

Lo más llamativo llega con su canción Suzanne. El nombre de la mujer a la que nunca pudo tocar. Casado con un amigo de Cohen, Suzanne le embelesó en una tarde de té a solas. Esa cita fue descrita en una entrevista que el poeta concedió en 1986: «Yo tocaba su cuerpo con mi mente, porque no tenía otra opción posible. Era la única manera de acercarse a ella lo suficiente».

Fue la mujer de su gran canción, la que provocó la revolución, la puerta por la que entramos a Cohen y a su poesía. Una de sus canciones más hermosas, su mejor declaración de intenciones: «Y quieres viajar con ella./Quieres viajar a ciegas./Y sabes que confiará en ti/por haber tocado su cuerpo perfecto con tu mente».

Dominique Isserman

Dominique Isserman fue uno de los quebraderos de cabeza de Marianne. La fotógrafa francesa también residía en Hydra y también vivió una aventura con el poeta. Poco se sabe de lo que ocurrió entre ellos, si fue algo esporádico o se alargó más de lo esperado. Pero eran los setenta y a finales de los ochenta le dedicaba su album I’m your man y ella le producía los videoclips de Dance Me To The End Of Love y First We Take Manhattan, otro de sus grandes éxitos.

Kelly Lynch

Tras años de subidas y bajadas, Cohen pensó que ir al monasterio budista de Mount Baldy le reencontraría. Lo hizo en 2005 y al volver todos sus ahorros se habían esfumado. Cuatro millones de dólares reducidos a unos pocos miles, su jubilación en el aire. No tardó en encontrar al culpable, aunque si lo llega a saber a lo mejor hubiese preferido no buscar. Se trataba de su fiel mánager Kelly Lynch, la mujer que llevaba 17 años siendo su sombra y con la que había tenido algún que otro encuentro sexual (sólo hay una Suzanne).

La denunció al instante y comenzó la pesadilla. Miles de emails, de llamadas, de mensajes… Lynch enloqueció y empezó a amenazar y atosigar a Cohen. Pasó meses enteros obsesionada con hacer de su vida una pesadilla y lo consiguió. En 2012, fue declarada culpable de acoso, por lo que tuvo que ir 18 meses a la cárcel.

La ruina de Leonard Cohen fue el motor de sus últimos discos. Sin ella habría cedido a la ociosidad y sin Lynh no habría necesidad. De alguna forma le debemos su adiós, este You want it darker: