No basta con ser el mejor. Ni siquiera con haber alcanzado la excelencia o el reconocimiento de la historia. Que su obra figure entre los grandes, que su firma se cotice por miles de millones de euros, que ilustre las colecciones de las pinacotecas más prestigiosas o que decore los salones de las grandes fortunas del planeta son sólo circunstancias a tener en cuenta, pero no suficientes. Para exponer en una de sus salas hace falta algo más. Además de todo lo anterior se requiere superar un laberinto de exigencias museísticas y artísticas, económicas y administrativas. Sólo después quizá pueda ver colgada su pintura, su escultura o su instalación más innovadora en alguna sala del Guggenheim Bilbao. Si sueña con exponer en su interior recuerde que no le bastará con haber triunfado. Tendrá que ser capaz de atraer a miles de visitantes de medio mundo hasta la pinacoteca del titanio que catapultó a Frank Gehry y que ahora cumple 20 años.

Durante estas dos décadas, las listas de grandes artistas, de obras de primer nivel propiedad de museos, galerías o particulares, que en algún momento estuvieron sobre la mesa de los técnicos del Guggenheim pero se quedaron fuera, es mucho más extensa de lo que se cree. En realidad, lograrlo es una carrera de fondo. Si un artista sueña con ello lo más probable es que no lo logre y que, si lo hace, suceda en el cenit de su carrera y a título póstumo. Ascender al olimpo del arte es el primer paso, después sólo resta superar los otro cuatro para poder afirmar, «sí, yo expuse en el Guggenheim».

Ser un genio no basta, necesita fortuna

Con una obra reconocida sólo resta que los equipos de programación del museo consideren apropiado contar con ella. El comité de expertos encargado de realizar la selección valora cada año y de manera continuada cientos de propuestas. La mayoría son desechadas. Opciones que pueden proceder de los comisarios, de otros museos interesados en exponer su obra en el Guggenheim o por ser idónea para reforzar alguna otra iniciativa de la pinacoteca. «Tras un análisis se toma una decisión en la que se explica por qué se apuesta por traer la obra de un artista o hacer una exposición de un movimiento o un tiempo determinado, apuntando qué se quiere contar, qué valor añadido aporta y por qué nos decantamos por esta propuesta», asegura Daniel Vega, subdirector de Organización de Contenidos Artísticos del Museo Guggenheim. El filtro lo marcan multitud de aspectos, algunos artísticos y otros circunstanciales. «Depende de factores como que nos interese el contenido de una obra o una colección, su alcance, el perfil, el tipo de obras, que las condiciones económicas para traerla sean adecuadas, etcétera. Las posibilidades de que se cumpla todo eso son pocas, de cada propuesta que se hace se desechan muchas».

Superado el filtro, dar forma a la exposición de los elegidos puede requerir tres años de trabajo

Entre las opciones de exposición o de autores que superan el primer filtro se realizan informes de validación a nivel conceptual, económico y técnico. «Para poder rechazarlo o decir que ok, que vamos adelante». Al visto bueno del Comité de Programación y del Comité de Dirección del museo le tiene que secundar, como veredicto final, la validación del Comité Ejecutivo del Museo. Superada la selección, hasta que llegue el día de exponer aún quedará mucho tiempo, entre un año, en el mejor de los casos, y tres años en la mayoría de los procesos. Actualmente, el Museo Guggenheim Bilbao tiene cerrada no sólo la programación del próximo año y la de 2018, sino que trabaja ya en la del año 2019.

Negociar la cesión

Decididos los proyectos para conformar las exposiciones, resta la fase más compleja: negociar la cesión de las obras deseadas. El listado de cuadros, esculturas e instalaciones de un artista o de una corriente artística sobre la que versará la muestra conlleva un informe para localizar dónde se encuentran, a qué museos del mundo, a qué galerías o a qué colecciones privadas habrá que llamar para solicitarlas. Una vez completado el proceso de búsqueda y localización, el director del museo remite de modo oficial una carta en la que, tras explicar el tipo de exposición que se propone, se solicita formalmente la cesión de la obra y las razones por las que se considera apropiado que forme parte de la exposición. Siempre se piden más obras de las necesarias, «porque muchas se caen o no se pueden obtener».

Cada muestra requiere un rastreo mundial para localizar las obras y negociar su cesión

A cada una de las peticiones remitidas al museo propietario, a la galería o al coleccionista se le incorpora una propuesta de contrato de cesión. En ella, se detallan aspectos que van desde las condiciones de aseguramiento de la misma, el transporte o si se exigirá garantía anticonfiscación que blinde cualquier circunstancia que afecte a la obra. «Por ejemplo, que si mientras expones un Picasso del periodo de entreguerras pueda haber una persona que lo reclame diciendo que perteneció a su abuelo y que se le coaccionó para quedarse con la obra», explica Vega. Por ello, una de las labores previas sobre cada una de las obras es realizar una investigación curatorial que verifique que la procedencia de la obra es limpia.

Transporte

Seleccionada y acordada la cesión de la obra, el siguiente paso es hablar del modo de transporte. Es una de las fases más delicadas. El traslado de obras en ocasiones valoradas en decenas de millones de euros conlleva una gran responsabilidad. A los propietarios se les da la opción de seleccionar el medio de traslado o incluso el transportista de confianza que designen. En la mayoría de los casos, junto a ello se nombra un correo, una persona que no se separará de la obra desde que se descuelga en el lugar de origen hasta que llega a la sala del Museo Guggenheim.

«En enero inauguramos una exposición sobre expresionismo. Traeremos unas 115 obras y estarán acompañadas de 60 correos«, señala Vega. A ellos les corresponde velar por la seguridad e integridad de la obra, desde el modo de embalarla, hasta de trasladarla y exponerla. De ellos es la responsabilidad de que el cuadro o la escultura regrese en idénticas condiciones a las que se cede. «No la pierden de vista en ningún momento, en ocasiones llegan incluso a viajar con ellas en el camión o en el avión».

El Guggenheim Bilbao asegurará por valor de 2.000 millones las obras de su próxima exposición

Pero, por si ello no fuese suficiente y finalmente se produjera algún incidente no previsto que dañara el cuadro, en el proceso se debe cumplimentar la firma de un seguro. Asegurar una obra de estas características no es barato, pero hacerlo de cientos de obras al mismo tiempo muchos menos. El Museo Guggenheim ha suscrito seguros por valor de 1.000 millones de euros para proteger las obras que exhibe en la muestra Fracis Bacon; de Picasso a Velázquez, el valor más elevado hasta ahora. «En la exposición de expresionismo abstracto que inauguraremos en febrero rondará los 2.000 millones el conjunto de obras aseguradas».

Unos costes de aseguramiento que absorben cerca de una cuarta parte del presupuesto de una muestra museística de una entidad como la bilbaína. Una colección de cuadros que las instituciones ceden son coste adicional, más allá del propio de la cesión administrativa, pero que en determinados casos «sí nos hemos encontrado con particulares, los menos, que te reclaman un precio, nosotros nunca entramos en ese tipo de acuerdos», apunta Vega: «Cuando alguien te cede una obra es porque quiere ponerla en valor, divulgarla. Existe cierto placer en ello, además del compromiso de colaborar con la cultura como amantes del arte que son».

Espacio diseñado al milímetro

Trasladada la obra hasta Bilbao se inicia la fase de desembalaje e instalación en el espacio diseñado con antelación por los expertos del Guggenheim. Para ello, un departamento de diseño y montaje analiza durante meses, incluso con la reproducción en maquetas del espacio y colocación de las obras, el mejor modo de exhibirlas. Un diseño que se plasma con detalle en planos en los que no sólo se dibujan la colocación de los trabajos, el color de las paredes, la iluminación o las distancias sino también los elementos de divulgación y seguridad. Nada puede quedar al azar.

Los técnicos reproducen en maquetas y planos hasta el más mínimo detalle de las salas de exposición

La propuesta museográfica es una labor compartida en la que intervienen desde el comisario o comisaria de la muestra hasta el diseñador, el equipo de conservación, el responsable de atención al visitante o los servicios de seguridad que deben velar por asegurar las obras. A todos ellos en otra fase se suma el departamento de divulgación que será el encargado de decidir qué elementos se divulgarán, qué tema se subrayará o el contenido adicional que se desea incorporar a la muestra. A ellos corresponde, por ejemplo, elaborar el contenido de cada autoguía.

Verificado que todo está en orden, que no hay daños que lamentar y que todas las obras han llegado bien, es hora de pasar de las maquetas y los planos a la realidad. Hacerlo requiere manipular obras muy valiosas. «Los momentos de manipulación de las obras son los más delicados. Cuando ya están desembaladas hay que tener máximo cuidado. Se trata de formatos pesados y delicados, algunos con técnicas muy complejas». Los conservadores del museo deben revisar el estado en el que ha llegado cada una de las obras y lo hacen junto al correo o representante que las acompaña. Deben levantar acta de cualquier incidencia que haya podido alterarla.

Instalación y apertura

Posteriormente y si todo es correcto, entran en acción los técnicos de montaje, personal cualificado y el único autorizado para tocar las obras para su instalación final en el lugar seleccionado. No son simples operarios. Todo el personal ha sido formado para manipular de modo adecuado este tipo de obras. En la mayoría de los casos se trata de titulados en Bellas Artes. Para el delicado transporte, el museo cuanta con un muelle de carga, con capacidad para elevar obras de hasta 11 toneladas, de manera que permite que puedan introducirse directamente desde el exterior. Junto a ello, el Guggenheim cuenta con un gigantesco montacargas en el que, por muy poco, no cabría el Gernika de Picasso, de 3,5 metros de alto por 7,7 metros de largo.

Cuenta con un gigantesco montacargas en el que casi entraría el Gernika de Picasso, 3,5 x 7,7 metros

Desembaladas ya en sala, e instaladas las obras en el espacio designado, se aborda la última fase, la relativa a todos los elementos adyacentes: la iluminación, la seguridad, la rotulación, etcétera. Una vez verificado durante varios días de que todo se adecúa a lo previsto, la exposición puede ser abierta al público. Concluida la muestra, restará aún otra labor ingente, un proceso inverso al realizado y que se inicia de nuevo con la retirada de las obras, su embalaje y transporte con todas las garantías para la entrega a sus propietarios.

En definitiva, cerrar un complejo proceso que se inició años atrás y que implica a todos los departamentos del museo -compuesto por menos de un centenar de personas-, que abarca desde las áreas de finanzas, seguridad o mantenimiento hasta departamentos como el de publicaciones, el de marketing o el de comunicación, además del propiamente artístico. Y así, hasta completarlo en casi una veintena de ocasiones al año, por cada una de las exposiciones del Museo Guggenheim en las que trabaja anualmente.

Sólo los más afortunados podrán pasar a engrosar la colección privada del museo. Un honor que en los apenas 20 años de vida del centro ya han recibido 135 obras, que se almacenan en la colección del Guggenheim. Algunas de ellas se conservan en el almacén de pinturas del museo, colgadas en sus gigantescos peines o paneles correderos en los que se depositan algunos de los cuadros más prestigiosos del último siglo. La pinacoteca cuenta con un segundo almacén de obras, situado cerca de Bilbao y en el que conserva la mayor parte de su colección. Actualmente, la colección del Guggenheim Bilbao se estima que ha multiplicado por siete u ocho los 100 millones de euros invertidos en ella.