Se puede medir a Charles Aznavour en cada frase, en su capacidad de hacer de la vida algo más suave, más manejable. Lleva 81 años creando una maquinaria que a sus 92 genera vértigos, ilusiones y deseos. Es el señor de la chanson, el hombre que tiende a descansar en su silla cuando la letra le es extranjera y mueve las piernas a base de erres.

Durante una hora y media la vida era lo que soñaba en sus canciones. El conjunto de sus letras, la reivindicación, el deseo, el tacto, el amor, la homosexualidad. El perfecto francés fue capaz de remover el cuerpo de un Palacio de los Deportes abarrotado. Supo hacer temblar con la primera nota de She y reír con cada una de sus pausas mientras contaba que, más que torpe, es un anciano ansioso.

El público aplaudía dejándose la piel en la mano contraria. Sabía que vivía algo único, quizá histórico, quizá el penúltimo concierto del hombre que se quita la chaqueta porque la pasión le ahoga. Los principios le aprietan el corazón.

El gigante de metro sesenta

Charles Aznavour lleva 81 de sus 92 años sobre un escenario. Lleva toda su vida escribiendo, actuando y cantando con la misma energía que el primer día que se subió a un teatro. Su biografría se escribe a través de 1.400 composiciones, 50 discos y algunas decenas de películas. Su historia es la de un ganador, la de aquel que al margen del peso de las críticas consiguió convertirse en el gigante de la chanson francesa con su discreto metro sesenta de estatura.

La última vez que vino a España lo hizo estrenando sus noventa. Ahora, dos años más tarde, se ha subido al mismo escenario, al Palacio de los Deportes. Lo ha hecho con todas las entradas vendidas. Con un público disperso, en edad, y presumiendo de ser el artista más longevo en activo.

Han pasado más de ocho décadas desde la primera vez que se expuso al público, tenía sólo 11 años. A los nueve había dejado el colegio para dedicarse a la actuación, algo que compaginó con la música a medida que su voz cogía impulso. Fueron años duros, no acababa de cuajar hasta que en los cuarenta conoció a Édith Piaf. Con ella hizo de chófer, de secretario y llegó a ser el creador de algunas de sus canciones. Fueron las letras Plus Bleu que tes yeux o Jezebel, que él mismo había escrito, las que le llevaron al más alto de los podios.

Muchos suplicaban por sus composiciones y Aznavour empezó a escribir para Eddie Constantine o Juliette Gréco. En poco tiempo, en  1953, el teatro Olympia de París le recibió con los brazos abiertos y las butacas llenas. Sur ma vie fue la canción estrella de la noche y la que llegó con mejor sonido a los oídos norteamericanos. Fue en ese momento cuando se acabaron sus malas rachas, cuando las críticas dolían poco porque existían y cuando su original voz llamó la atención de medio mundo.

Ese éxito le llevó a meter un pie en el cine, trabajando para el mismísimo Françoise Truffaut en Tirad sobre el pianista en 1960, en Un taxi para Tobruk, de Denys de La Patellière o en Diez negritos, de Peter Collinson. Tras estas y otras decenas de apariciones en el cine, y tras demostrar que no había arte que le metiese miedo, se alzó en 1991 con el premio César a toda su trayectoria. Era el gran cantante de la chanson, el gran compositor y un imponente actor. Se convirtió en el Sinatra francés y junto al estadounidense cantó a dúo You make me fell so young a principios de los noventa, con 70 años sobre la espalda.

No ha sido la única colaboración del francés. Liza Minnelli, Dean Martin, Compay Segundo, Plácido Domingo o Julio Iglesias son algunos de los artistas que pueden presumir de haber cantando junto al último de la canción francesa. El que asegura que siempre tiene «40 composiciones en la recámara».

Faceta política

Además de sus distintas facetas artísticas, Aznavour se ha comprometido a lo largo de su trayectoria profesional con diversas causas sociales y políticas. «Hay que salvar a la humanidad de la política y de los artífices de la misma, que, como Marie Le Penn, levantan barreras por codicia», aseguró hace unos días a la Agencia Efe en una entrevista. Porque a pesar de sus giras, y de su edad, Charles Aznavour es desde 2009 embajador de su país de origen -Armenia- en Suiza, donde vive desde hace 30 años.

Ante las políticas migratorias que está aplicando la UE, el cantante y compositor se ha mostrado profundamente dolido. Además de defender desde que le dieron voz al pueblo armenio en las distintas disputas internacionales. «Es un gran honor que me hace Armenia al proponerme ser su embajador en Suiza. Primero tuve mis dudas, pero luego pensé que lo que es importante para Armenia debe ser importante para todos. Por tanto, he decidido aceptar la propuesta con placer y alegría», aseguró tras recibir la noticia de su cargo, que no es, ni era, remunerado.

La noche del 31 de enero, como viene siendo habitual en sus actuaciones, Aznavour abrió su concierto en Madrid con Les Emigrants. Otra forma de repetir sus palabras en las entrevistas realizadas días antes: «Yo abriría las puertas de mi casa a cualquier persona de fuera, porque no hay que negar lo que suma».