El Real Madrid es tan grande como lo son sus recuerdos de Milán, de Lisboa, de Glasgow, de Amsterdam, de Bruselas, de Stuttgart, del París de las finales ganadas y también del de las perdidas. La Juventus juega en Turín pero fantasea con regresar emocionalmente a Roma, que no a Bruselas, ciudad unida irremediablemente a la tragedia de Heysel. Los trofeos más que copas son momentos y lugares, y este sábado Cardiff, contra todo pronóstico, lógica y razón, se colará para siempre en el fetiche viajero de millones de personas.

Las últimas semanas, multitud de medios de comunicación han dedicado líneas a descubrir a la ciudad galesa «más allá de la final de la Champions». Ardua tarea. Cardiff es una ciudad joven, con cierto encanto para el amante de la noche, un castillo resultón y un buen nudo peatonal/comercial para deambular, un rato, por el centro. Lo mejor de Gales no son precisamente sus ciudades y eso lastra a su capital, una población de apenas 350.000 habitantes, fuera de los principales circuitos aeroportuarios y con un importante déficit de plazas hoteleras.

Para los aficionados de Real Madrid y Juventus, encontrar acomodo en la ciudad ha sido un suplicio. Los hoteles y hostales están llenos desde hace tiempo y la oferta de Airbnb, escasa, se traslada a su precio: la misma noche en la que el Real Madrid goleó 3-0 al Atlético de Madrid en la ida de las semifinales, los apartamentos de un dormitorio escalaban ya a precios disparatados, por encima de los 1.000 euros la noche.

«Cardiff tiene un gran estadio, pero no tiene suficientes plazas hoteleras. Es la ciudad menos preparada de los últimos años», analiza Pablo Burillo, experto en gestión de eventos deportivos de la Escuela Universitaria Real Madrid de la Universidad Europea. «Hasta ahora la UEFA ha tenido muy en cuenta el marco de la final. Sin embargo, a diferencia del COI y los Juegos Olímpicos, los requisitos para que una ciudad albergue una final de la Champions League son menores», añade.

Es cierto que la dimensión de ambos eventos, por el número de disciplinas que coinciden, es incomparable, pero la final europea también propone retos organizativos. Hoteleros y de todo tipo. Lógico, si se piensa en una masa de unas 100.000 personas aterrizando en una ciudad en la que a diario viven poco más del triple de personas. Provechosos, también.

«La actividad económica en la ciudad se incrementará entre 53 y 58 millones de euros sólo durante el fin de semana», explica Burillo, situando la cifra por encima del impacto directo que supusieron las últimas finales. Una subida impulsada por varios factores. Por un lado, la situación de Cardiff en el continente y la dificultad de acceso. Por otro, la procedencia de los equipos.

Que haya un español y un italiano, en vez de dos españoles como en 2014 y 2016, implica mayores desplazamientos y un aumento notable en el número de medios de comunicación que acudirán a la cita. También en el número de autoridades invitadas por ambos clubes, que en el caso de las finales entre Real Madrid y Atlético presentaban listas irremediablemente similares.

Zinedine Zidane es el principal elemento conector entre la final de 1998 y la de este 2017

Vía Manchester, vía Bristol, vía Londres o vía Birmingham, el destino de todos será Cardiff, y cuesta pensar que lo fuera si no existiese Gareth Bale. El galés ha puesto a un país devoto del rugby en el mapa del fútbol, y desde su explosión como estrella mundial su ciudad ha albergado una Supercopa de Europa y una final de la Champions. Ambas citas asignadas, obviamente, antes de que se supiera que el extremo las disputaría, pero con una coincidencia temporal que salta a la vista.

Es su ciudad, pero está por ver que sea su final. Lo decidirá Zinedine Zidane, el principal elemento conector entre la final de 1998 y la de este 2017. Entonces mediapunta estrella de la Juventus de Turín, el galo asistió como espectador de lujo al mítico gol de Pedja en Amsterdam, el grito liberador, quién sabe si en fuera de juego, de una generación madridista huérfana de títulos europeos de los de verdad.

Aquella celebración de Mijatovic en sprint frenético, dedo por delante y rostro rabioso, fue la entrada adelantada del Real Madrid en el siglo XXI, bautizado con el nombre de Zidane en Glasgow y Milán, y con su apellido en Lisboa, donde concurrió como segundo de Carlo Ancelotti.

Sólo él sobrevive como actor protagonista de aquel precedente. Ni el propio Mijatovic, ni Raúl, ni Morientes, ni Redondo, ni Sanchís, ni Panucci, ni Illgner, ni Roberto Carlos, ni Jaime Sánchez, ni Torricelli&Montero&Pessotto, hoy reencarnados en Barzagli&Bonucci&Chiellini, la verdadera BBC del año. No sobrevive ni la final misma.

«Esto es otro mundo. De aquello parece que han pasado 100 años», resume Burillo, para ilustrar la evolución del evento de entonces a ahora. «Para empezar, antes la final era un miércoles y ahora es un sábado. Todo se ha multiplicado, y no por dos o por tres precisamente», explica, para incidir en la creciente influencia comercial de la cita: «Es una final absolutamente diferente, el Real Madrid tiene ahora cuatro veces más ingresos que entonces, hay más movimiento y se ha convertido en el evento deportivo del año, con una repercusión que va directamente a los ingresos de los clubes, a los salarios de los jugadores y a toda la industria del fútbol». Aunque sea en Cardiff.