Llevaba años viviendo como si la realidad no fuese con él, como si su talento no le hubiera llevado a la fama. Juan Goytisolo ha dicho adiós a un mundo que le parecía tan dulce como agrio, tan intenso como superficial, en donde siempre quiso estar, en Marrakech.

El gran intelectual, el escritor, el columnista, el de las ideas que no convencían a todos pero que nadie dejaba de escuchar. Nació en una España que pronto empezaría a pasar hambre, fue uno de los huérfanos de la guerra, su madre cayó bajo el fuego franquista en 1938, y comenzó a escribir como si no supiese hacer otra cosa.

Estudió Derecho y lo dejó tan pronto como publicó su primera novela Juegos de manos. Era 1954, tenía 23 años y la puerta del mundo de la literatura se le abrió sin tener que empujarla. Comenzó con ese realismo social que era tan necesario en la época, narrando el peso que soportaban los españoles con menos suerte, con más preocupaciones, con más tristezas. Narrando a esos niños a los que la infancia les dura un suspiro.

De París a EEUU, de EEUU a Marrackech

Fue con Señas de identidad, obra que escribió durante su exilio en París entre 1956 y 1969, cuando abandona este primer movimiento, se embriaga de una libertad literaria y se enamora de la cultura árabe. Se trasladó de la capital francesa a Estados Unidos, donde pasó algunos años como profesor, y en 1996 viajó a Marrakech para no volver.

Sus críticas hacia España y la identidad de la misma fueron constantes, llegando a repetir las palabras de Buñuel, «la patria es la madre de todos los vicios», tras declararse antiespañol y anticatalán. Algunos dicen que ese sentimiento, esa falta de fe en el mundo europeo se generó durante su estancia en Sarajevo, cuando comprobó que cuando los medios hablaban de intercambio de artillería, él sólo veía disparar a un bando.

No escribo para ganar dinero ni al dictado de los editores»

En 2012 aseguró que dejaba la narrativa: «Es definitivo. No tengo nada que decir y es mejor que me calle. No escribo para ganar dinero ni al dictado de los editores», afirmó, aunque siguió cediendo ante los ensayos y se enganchó a la poesía. Quizá esa retirada, esa falta de inspiración y ese silencio le llevaron a ser otra vez requerido, a ser premiado con el Premio Cervantes, máxima distinción de las letras españoles, en 2014, del que afirmó en una entrevista a El Mundo antes de acudir que lo aceptaba «con cierta zozobra».

«Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración», aseguró en su discurso tras serle entregado el galardón. Donde también aseguró que «las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo«, en relación a la crisis económica que en esos momento atizaba con fuerza. Se despidió con un «digamos bien alto que podemos», dejando claras sus intenciones, su ideología, su falta de apego a aquellos que se encontraban en su misma sala. 

Fue su último discurso, volvió a su Marrakech, donde dicen que era uno más, donde le miraban con una suerte de anonimato mientras paseaba en sandalias. Se ha ido, este domingo, dejándonos reportajes, ensayos, cuentos e incluso memorias. Se ha ido por la puerta grande él que consideraba el reconocimiento como un sentimiento vacío.