Dicen que algunas de sus obras están marcadas por ausencias. La de su padre y la de su hijo. Que su habilidad era la de manejar el idioma con tal exactitud que podía explicar la vida. También que era fiel a los que quería, hasta llegar a cambiar su delicadeza por la ira si les dañaban.

Francisco Umbral murió hace 10 años, el 28 de agosto de 2007. Lo fue todo en el columnismo y el columnismo lo fue todo en él. Los que trabajaron con él aseguran que nunca falló a un pedido, que cuando no escribía para los periódicos lo hacía para completar sus libros y que sus días no ocurrían hasta que no los plasmaba en el papel.

“Era tierno. Era muy delicado. Necesitaba ser querido. Llevaba encima una melancolía como de niño triste y solitario. Siempre estaba un poco ausente”, asegura Manuel Llorente, jefe de Cultura de El Mundo, que le trató durante años. Lo hace pensando que su silueta adquirió forma durante la niñez, en un Valladolid de los años 40 donde Umbral, que aún no era Umbral sino Francisco Alejandro Pérez Martínez, vivía con su madre enferma.

Llorente: “De la muerte de su hijo salió Mortal y rosa, en el estado de gracia que te conceden los duelos”

Fue hijo de una valiente. De ésas que se echan el mundo a la espalda y tiran como mulas. Fruto de una relación extramatrimonial, vio a su padre en contadas ocasiones y sintió esa ausencia todavía siendo adulto. Pasó los primeros años de su vida en Valladolid y luego en León. Umbral comenzó a dar el do de pecho en El Norte de Castilla, apadrinado por Miguel Delibes. Después lo haría en Proa y en El Diario de León como colaborador. Fue aquí donde el poeta José Hierro lo encontró y le ofreció ir a Madrid a dar una conferencia. Dicen que por aquella época sus horas de lectura se dividían en versos de la Generación del 27.

“Cuando vino a Madrid supo que era el lugar donde quería estar. Y lo consiguió”, añade Llorente. Se casó antes de trasladarse, con María España Suárez Garrido, con la que tuvo un hijo. Un niño que viviría tan solo seis años y cuya muerte por leucemia trastocaría al escritor llevándole a la más absoluta de las tristezas. “Estaba tan afectado… De ahí salió Mortal y rosa, lo escribió en el estado de gracia que te conceden los duelos”. Era ya su segunda ausencia. Una que le pesaba aún más que la anterior.

En esa época vivía en la calle Juan Ramón Jiménez y pasaba largas tardes en el Café Gijón. “Se sentaba con los poetas, porque eso era él. Con los artistas”, asegura Llorente. A ese círculo entró gracias a José García Nieto y a Camilo José Cela, por el que logró publicar sus primeros libros. “Cuando veía un puesto de periódicos y revistas decía: aquí escribo hoy, aquí también. En está no, me voy a pasar para ver si quieren que escriba. Era un trabajador insaciable. Vivía para esto”, añade.

David Gistau: “Umbral había empezado a vivir por delegación”

Hubo un momento en el que quiso salir de Madrid. Decidió alejarse e instalarse a unos 20 kilómetros. Fue David Gistau, ahora columnista en ABC, el que trató con Umbral cuando ya había decidido que se quedaba en Majadahonda y de ahí no se movía. “Lo traté en sus últimos años, cuando él estaba replegado. Lo visitaba en su casa y generamos una relación muy personal. Sentía que iba a ver a un familiar”, asegura.

“Hay que saber diferenciar entre el Umbral personaje, ese que creó. Gruñón, áspero. Y el de verdad. Sólo los que le conocieron pueden saber que era una persona tierna, como dice Manu”, añade. E ilustra: “Un día estábamos en su casa cuando su mujer nos dijo que se iba a Madrid a por un vestido. Era para la boda de los Reyes, a la que estaban invitados. Umbral no le dio más importancia pero al rato se quedó callado y me dijo: Se ha ido mi mujer, ¿tú podrías hacerme la merienda? Y me vi buscando queso y membrillo en una cocina en la que Paco no sabía ni dónde estaban las cucharas”.

Cuenta Gistau que a Umbral le gustaba escuchar. “Quería saberlo todo: qué hacías, quién era esa chica con la que te veías… Le gustaba ponerse a merendar mientras yo me tomaba un Baileys, creo que había empezado a vivir por delegación”.

David habla también de la ausencia de su hijo como un hecho fundamental en su vida. Como lo que ocasionó esa tristeza constante en sus silencios. Del supuesto padre de Umbral se encarga de hablar Jorge Urrutia, hijo del poeta Leopoldo de Luis..

“El primer día que Umbral entró en el Café Gijón conoció a mi padre. Siempre me he imaginado ese encuentro. Mi padre era de esas personas amables que se ponen a hablar con los nuevos y supongo que en algún momento hablarían de la conexión de ambos con Valladolid. Imagino que mi padre le contaría que su familia había tenido una farmacia, le daría nombres y que, entonces, Umbral caería en la cuenta de que estaba hablando con su hermano y que este no tenía ni idea”, explica.

Jorge Urrutia: “Para mi padre fue un shock, era una persona muy sensible”

“Mi abuelo no ocultó a su mujer que había tenido un hijo con su secretaria. Esa chica era la madre de Paco. Supongo que él tendría que tragarse las ganas de decir algo aquel día. Lo mantuvo siempre en secreto, hasta que se publicó esa biografía no autorizada”. Paco y Leopoldo fueron amigos durante años, de los sesenta hasta la muerte del segundo, en 2005. Umbral guardó el secreto con fuerza, pero en 2004 la investigadora Anna María Caballé desveló que Alejandro Urrutia podría ser el padre de ambos.

“Para mi padre fue un shock, era una persona muy sensible. Le dije que hablara con Umbral y me dijo que si Paco no había querido sacar el tema durante todos esos años, que quién era él para hacerlo ahora”, añade Jorge. El día del funeral de Leopoldo, Umbral apareció en el tanatorio y le pidió a Jorge que le dejara un rato a solas con él. “El tema aún no se había sacado y me quedé en la puerta”, recuerda. “Siempre me he preguntado cómo no nos dimos cuenta. Tenía una actitud distinta con nosotros, nos cuidaba”, alega.

Caballé, que escribió la biografía con un Umbral enfurecido, asegura que no fue fácil. “Al principio él estaba encantado con la idea. Me dijo que haríamos una gran presentación, que saldría todo muy bien. Pero cuando le escribí contándole que había descubierto que no había nacido en Madrid y que tenía cinco años más de lo que él decía, me contestó diciéndome que me llevaría a los tribunales. Se cerró en banda y me cerró su círculo”, alega.

Caballé: “El libro ponía en evidencia lo que había querido ocultar”

Según la investigadora, el libro fue terrible para él. “Ponía en evidencia lo que había querido ocultar toda su vida. Él había creado un personaje a la altura de su literatura. Era un hombre atrapado en sus propias contradicciones”, añade. Umbral jamás dio validez a esta obra. Y le llegó a decir a Caballé que a ella “le gustaba el realismo como a Delibes“. El mismo que contestó a una de las cartas de la investigadora diciéndole que era un trabajo precioso, el que estaba realizando, pero que él ya no tenía edad para ayudarla. “Miguel sabía toda la historia y nunca dijo nada”, asegura Caballé.

Francisco Umbral moriría un par de años más tarde. En el Hospital Montepríncipe de Boadilla del Monte. “Fui a verle cuando supe que estaba ingresado. Cuando entré, le vi agarrado por unos enfermeros que le estaban obligando a andar. Pensé que él, el columnista fuerte, no habría querido que le viese en esa situación y me fui sin decirle nada. Murió al poco tiempo, fue la última vez que le vi”, recuerda Gistau.