Me llega el fallecimiento de Victorino Martín Andrés en plena sobremesa, con tertulia taurina, en la terraza de Richelieu, paseo Eduardo Dato de Madrid, a pocos metros del portal número 7 donde se encuentra la Unión de Criadores de Toros de Lidia, la sede principal de los ganaderos de bravo. Y lo primero que se me viene a la mente es la imagen inseparable del propio Victorino, al lado de Manuel García-Aleas, cada vez que lidiaba sus toros en la plaza de Las Ventas.
Victorino Martín padre, o Vitorino a secas, ha sido santo y seña de los ganaderos durante varias décadas. Allá por los años sesenta, este hombre de campo, serrano de Galapagar, carnicero y tratante de ganado de carne, junto con sus hermanos Venancio y Adolfo se embarcó en la aventura de salvar del matadero las reses de procedencia Albaserrada que estaban en manos de la familia Escudero Calvo.

Se estrenan con una novillada en Zaragoza en 1961 y, ese mismo año, lidian en agosto su primera corrida de toros, la de inauguración de la plaza de San Sebastián de los Reyes. En junio del 65 Victorino debuta con una novillada en la que a la postre será su plaza, la de Las Ventas, y ya en el año 68 lidia hasta tres corridas en Madrid, que fueron el principio de una historia de leyenda hasta nuestros días. Eran aquellos victorinos primitivos los más temibles, caracterizados por su pelo cárdeno y unas encornaduras cornivueltas como manillares de bicicleta.

Enseguida surge el primer torero ligado a la historia de esta ganadería en la primera plaza del mundo, Andrés Vázquez, quien en agosto de 1969 inmortalizara al toro Baratero, el primer cárdeno con el hierro de la A coronada al que se premiaría con la vuelta al ruedo en Las Ventas.

La presencia de los vitorinos en San Isidro comienza en 1972, con Antonio Bienvenida y Andrés Vázquez mano a mano, y ya en 1975 comienza su espectacular palmarés de premios y toros de vuelta al ruedo dentro del abono isidril.

En el del 78 Victorino es sacado por primera vez a hombros de Las Ventas, junto a Ruiz Miguel, el segundo buque insignia de la ganadería y seguramente el que mejor la entendió durante más tiempo.

Fue en 1981 cuando Manolo Chopera se hizo con el mando de la plaza de Madrid y, con su llegada, la plaza de Las Ventas cobró una enorme dimensión, contando para ello con dos grandes aliados: Antonio Chenel, Antoñete, en su reaparición, y Victorino Martín, con un año 82 clave para su historia, con la llamada corrida del siglo y el indulto del toro Velador con mes y medio de diferencia.

Todo el mundo recuerda aquella tarde del 1 de junio, ofrecida en directo por TVE y redifundida a los pocos días, con el apoteósico final de los tres toreros-Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar– y Victorino a hombros de nuevo por la Puerta Grande, lo que acabaría por consagrarle a la cabeza de los ganaderos en cuanto a honorarios, tirón en taquilla y tardes memorables.

Porque desde entonces, este paleto de Galapagar se convirtió durante los gloriosos 80 y 90 en todo un mandón del toreo, cuyo nombre en los carteles se bastaba por sí sólo para acabar el papel y, de paso, poner al servicio del aficionado el espectáculo más íntegro en cuanto al toro bravo, de casta y emoción.

Por ese camino fue forjando su leyenda de ganadero fiel a un tipo de toro que, generalmente, ha ido por caminos separados al de las figuras más rutilantes de cada época. Salvo en momentos excepcionales. Porque a su vez éstas, cuando han querido distinguirse por marcar una gesta, siempre han recurrido al hierro de Victorino para dejar grabado en su biografía un hito diferenciador. Ahí están las encerronas en Las Ventas de los mencionados especialistas Andrés Vázquez y Ruiz Miguel, de Capea o Roberto Domínguez en corridas de la Prensa, de Manuel Caballero en la Beneficencia… o la más reciente y memorable tarde de seis toros en Bilbao de El Cid, seguramente el último torero que haya quedado ligado a la historia de esta ganadería.

Con Victorino Martín Andrés se cierra más de medio siglo de historia gloriosa de un hierro cuya responsabilidad viene recayendo desde hace unos años en su hijo, Victorino Martín García, para que siga en pie el legado heredado del “infatigable y ejemplar” criador de reses bravas, de quien se distinguió durante tantos años por “defensor de una tauromaquia íntegra”, como recoge la leyenda del azulejo descubierto hace dos años en su honor en la Puerta Grande de la Monumental plaza de Las Ventas de Madrid en la que forjó su leyenda.