Largarte de casa. Abandonar a tu marido. No contar con medio duro. Tener en una mano a tu hija y en la otra el petate. Hacerlo en una ciudad pequeña y a finales de 1800. Carmen de Burgos se hartó de vivir lo que le era desagradable y se piró sabiendo que para el resto estaba cometiendo algo parecido a un crimen. Además, empezó a pedir, a suplicar, el derecho al divorcio, el sufragio femenino, la independencia. Se convirtió en la clase de mujer a la que nadie quería tener cerca. En alguien que ahora, 150 años después de su nacimiento, podemos poner como ejemplo. Así lo ha hecho la Biblioteca Nacional, que desde el pasado 6 de noviembre le dedica una exposición a su personaje y a su obra en modo de homenaje. Le dedica un mes entero a la mujer que abrió la puerta del periodismo al resto de su género.

Carmen de Burgos se había casado joven, con el hijo del dueño de una tipografía. Un lugar que le enseñó el mundo de la prensa, que rápidamente se convirtió en una de sus pasiones. Vivió durante sus años de matrimonio con la soledad y la sumisión que se les pedía entonces, sintiendo que no era su lugar pero sin saber encontrar otro. En una de sus publicaciones reflejó muy bien que su relación empezó mal desde el principio. Se había casado sin el consentimiento paterno con un hombre al que apenas conocía y del que se había enamorado locamente, fue en su noche de bodas cuando se dio cuenta del error que había cometido.

Tal y como ella lo describió posteriormente, en vez de caricias, de afecto, se topó con un animal rudo que no mostró ni la mínima cordialidad con ella. Empezaba su calvario. Arturo, su marido, pasaba las noches con otras mujeres y trató a Carmen como un mero instrumento para tener descendencia. Pero fue la muerte de su segundo hijo, que falleció en sus brazos, la que la llevó a decir basta a una relación insana y a coger todas sus cosas y trasladarse de Almería a Madrid para empezar una nueva vida. En aquella época, ese tipo de comportamientos se contaban con los dedos de una mano y con mucha mala uva.

No es una enemistad con el hombre, sino el deseo de colaborar con él y trabajar a su lado»

Al llegar a la capital se puso a estudiar, se sacó el título de maestra de Enseñanza Elemental y comenzó a trabajar rápidamente. Fue en aquella época cuando El Globo le ofreció escribir una especie de columna llamada Notas femeninas que ella utilizó para hablar de sufragio universal, igualdad y divorcio. «No es una enemistad con el hombre, sino el deseo de colaborar con él y trabajar a su lado», aseguró. En 1903 Augusto Suárez de Figueroa fundó el Diario Universal y le otorgó una columna como un seudónimo. Fue a partir de ese momento cuando Carmen de Burgos pasó a ser Colombine. Se convirtió en la primera mujer que trabajó de forma oficial para un periódico.

«Carmen, con su sombrerito triste y con su hija siempre en brazos, hizo sus estudios de maestra superior, ganó sus oposiciones a Normales entreverando todo eso con artículos en todos lados y hasta escribiendo fajas en casa de una modista que tenía un periódico de modas. Apenada, nerviosa, fatigada, escribía para vivir, hasta que por fin fue la primera redactora de periódico», así la recordó el escritor Cansinos Assens en su Diario de un literato.

Aunque se la vendió como una columnista de «moda y modales», Colombine metió en sus columnas la lucha por una sociedad más libre y más justa para su género. Esto le llevó a ser objeto de burla y un incordio para los más conservadores. Pero también a ser tremendamente admirada por grandes intelectuales como Giner de los Ríos o Blasco Ibáñez y le dio alas para sentirse grande y pensar en ella como sujeto. Cogió fuerza, pidió una beca y recorrió Europa durante un año entero, aprendiendo de los sistemas de enseñanza de Francia, de Mónaco o de Italia.

Gómez de la Serna, Melilla y su hija

Fue a su vuelta, en 1906, cuando retomó su carrera de docente y comenzó con fuerza su labor sufragista. El voto a la mujer, su columna escrita en el Heraldo de Madrid, fue uno de los detonantes que provocó que al llegar el gobierno conservador al poder, con Maura, la mandasen rápidamente a Toledo para alejarla de los focos. Ella volvió cada fin de semana a Madrid, lo hizo porque quería mantener su tertulia modernista, un concepto que había desarrollado después de sus viajes por Europa y que le llevó a conocer a Ramón Gómez de la Serna. Él, más joven que ella y aún desconocido, se vio deslumbrado y la pasión les duró a ambos varias décadas.

En 1909, tras el desastre del Barranco del Lobo, Colombine coge las riendas de su profesión. Se va a Melilla y se convirtió en corresponsal de guerra al lado de las tropas españolas. Escribió para el Heraldo de Madrid crónicas en las que quería llamar la atención sobre el lado oscuro del conflicto. De este y de todos. A su vuelta a Madrid, tras unos años de tranquilidad cerca de Ramón, éste, veinte años menor que ella, se enamora de su hija. Dicen que se fugaron juntos dejando a Carmen en la más absoluta de las oscuridades. Gómez de la Serna acabó por irse del país y volvió al tiempo con una nueva mujer y suplicando el perdón de la que había sido su compañera durante años por aquella humillación. De Burgos les perdonó a ambos, ya lo había hecho con su hija, pero nunca volvieron a ser amigos.

Pero la vida le dio una vuelta y en 1931 vio sus ideas hacerse realidad. Se proclamó la Segunda República. Llegó el divorcio, el voto femenino. Colombine, más bien Carmen de Burgos, se topó con un mundo más cariñoso para las mujeres. Se afilió al Partido Republicano Radical Socialista, fue la presidenta de la Cruzada de Mujeres Españolas y se integró en la masonería. Encontró su lugar en el mundo. En 1932, y pese al esfuerzo de su amigo Gregorio Marañón, moriría en Madrid.

Pese a la intención de sus amigos y de muchos intelectuales de la época de darle el reconocimiento que se merecía, tras la Guerra Civil su nombre engrosó la lista negra del franquismo. Sus libros desaparecieron, sus artículos se perdieron durante años. El próximo 10 de diciembre se cumplen los 150 años de su nacimiento. Ahora, con fuerza, se la puede recordar. Y leer. Y pensar. Y contar. Y escribir.