A Sabino Méndez no le pilla de nuevas la división que se vive en Cataluña. Cuando era joven, antes de crear temas como Rock ‘n’ Roll Star y otros himnos generacionales de los 80, él ya sabía que todo ese mundo independentista existía pero todavía “no había salido del armario”.

Hijo de asturiano y catalana, “cuando con 16 años iba a Vic, el pueblo de mi madre, y hablaba con otros chavales sobre músicos como María del Mar Bonet y de otros miembros de la canción catalana -que a mí me parecían muy interesantes- me llamaba la atención que muchos del pueblo no consideraban a Serrat como canción catalana porque, a veces, cantaba en castellano. Yo sabía que detrás de todo ese pensamiento lo que había allí era un proyecto xenófobo con un nosotros y un los que no son nosotros”, cuenta a El Independiente Méndez con motivo de la reedición de su libro Corre, rocker (Anagrama).

La juventud de los 80 no fue ni mejor ni peor que cualquier otra época

El que fuera su primer título regresa a la venta, sin haber tocado una línea, para recordarnos cómo fue una de las décadas de la que no podemos olvidarnos. “La juventud de los 80 no fue ni mejor ni peor que cualquier otra época, lo que hay que tener en cuenta es que se dio en un momento y un tiempo muy especiales. Se creó lo que Mijail Bajtín llamaba un crotonotopo. Un momentos sociopolítico muy determinado que crea un ambiente muy especial en una España que va retrasada con el resto de Europa”, explica el escritor.

“Nosotros acababamos de salir del franquismo pero Europa ya había superado la Segunda Guerra Mundial. Enterramos al dictador y se instauró una socialdemocracia que tiene éxito, sin derramar sangre, algo insólito. Y toda una generación, de golpe, descubre todos los descubrimientos, todas las exploraciones que el resto del mundo occidental había hecho sobre la libertad desde los 50, 60 y los 70. De golpe nos llegan todos los cambios de conducta sexuales, los cambios de la liberación de la mujer, el cambio de valores de una España católica practicante, etc.. Salíamos, prácticamente, de la Edad Media”.

En aquel escenario “los políticos estaban tan pendientes de no cagarla que dejaron a la gente en paz, y no hay nada mejor que dejar a la gente en paz para que pasen cosas maravillosas”. “España -añade- se convirtió en un laboratorio”. Y de las mezclas explosivas de aquella época la Movida madrileña fue el gran imán del talento de toda España y allí se fue con Loquillo y la banda a triunfar.

De Barcelona a Madrid

Fueron abandonando Barcelona de una manera instintiva. “Nosotros vimos que el poder nacionalista no nos daba ninguna cancha así que nos fuimos a Madrid. Era el lugar, porque justo en Madrid se acaba de abandonar ese mundo pseudomágico del nacionalismo ultra de los españoles del franquismo, ese en el que los españoles eran un pueblo elegido para defender el cristianismo en Europa y que Europa nos tenía mucho envidia, lo que era absurdo y falso”.

Mientras que en la capital desaparecía ese misticismo nacionalista y los madrileños “exploraban la libertad con el arte, el cine y la música”, crecía en Cataluña el nacionalismo: “Ahora la gente es muy consciente de lo que pasa en Cataluña, pero nosotros lo vimos clarísimo desde el principio, en los primeros años de los ochenta se activaron muy pronto unos mecanismos de beneficios económicos para los afines cuando llega Pujol al poder. Vimos cómo se sustituyeron los símbolos del nacionalismo españolista del franquismo por otros símbolos, una bandera por otra bandera y el himno nacional, por Els Segadors”.

Pero ellos tuvieron una vacuna: la música. “Nos vacunó de todo ese pensamiento pseudomágico de lo identitario, el hecho de pensar que por seguir a una bandera y un himno va a cambiar las cosas, el hecho de pensar que por ser de un cacho de tierra vas a ser mejor que otro”.

No hubo una teoría retórica sobre eso, reaccionamos instintivamente, fue más darse cuenta de que Barcelona era un rollo

Cuenta Méndez que él llegó a componer una canción titulada Naciò que los músicos más catalanistas no querían tocar. “Era una canción que precisamente hablaba de esos cambios y ese mundo pseudomágico del nacionalismo catalán”.

Para el escritor, “la Movida madrileña tiene una premovida en Barcelona, entre el 75 y el 80, y la llegada de Pujol y de nacionalismo acabó con todo esto. En esos años a Barcelona le pasa lo que luego a Madrid, que la gente está a su aire, había un mundo muy ácrata, muy hippy. Y mucho de ese componente que estaba en Barcelona se desplaza a Madrid cuando llega el nacionalismo, pienso en Ouka Lele, el Hortelano o Jaume Sisa, por ejemplo”, asegura.

Pero matiza que ese éxodo no fue una decisión política: “No hubo una teoría retórica sobre eso, reaccionamos instintivamente, fue más darse cuenta de que Barcelona era un rollo así que por eso nos fuimos a Madrid que estaba muy divertido”. A esta conclusión llegó más tarde: “es cuando escribes estos libros y evalúas las decisiones cuando te das cuenta, entonces, en el momento, todo pasaba muy rápido”.

La cultura hoy

'Corre rocker'

‘Corre rocker’

Pasados los ochenta el escritor considera que nos hemos instalado en “algo parecido a la sociedad victoriana, con mucha mojigatería”. Según su opinión, estamos “cayendo en la idea de que la cultura tendría que representar la vida tal y como debería ser más que como es. Y para eso está la moral”.

Para el escritor el arte no está para eso y considera que esta situación “es propia de una sociedad próspera, esto pasa porque estamos aburridos buscando los tres pies al gato, cuando aquí hay libertad y se puede debatir, se puede hacer de todo. Hay un debate estéril como que la libertad de expresión está en peligro, pero no lo está”. No obstante Sabino Méndez considera que el hecho de que nos preguntemos “si hay una regresión de las libertades siempre es positivo porque hay que estar vigilantes, pero ahora hay una tendencia mojigata de no llamar a las cosas por su nombre”.

La pregunta obligada a Sabino Méndez la contesta con tanta pereza como da hacérsela. “Es un mito que Loquillo y yo dejemos de dirigirnos la palabra. Nos distanciamos durante una década hasta después de que yo publicara este libro, momento en el que se produce una catarsis. A partir de ahí retomamos los contactos y ahora cuando nos juntamos nos reímos mucho viendo lo que ha cambiado el mundo. Tenemos mucho sentido del humor sobre nosotros mismos, somos como dos abueletes”.