Ambos emigraron de la tierra en la que nacieron. De niños crecieron en el frontón, alternando la pelota, la pala, la cesta punta… Unos vivieron en primera persona las historias que les llegaban desde Estados Unidos de frontones repletos de público, con actores y actrices de Hollywood aplaudiendo en la grada, políticos adulándoles, mujeres ansiosas por conocerles y una parte de la sociedad americana pendiente de sus andanzas. A los otros simplemente les quedaron los ecos de aquellos años dorados. La cesta punta, el Jai Alai, la fiesta alegre del frontón que fundaron los vascos vivió su apogeo en los 70 y los 80 lejos del País Vasco, a miles de kilómetros. También fue allí donde sufrió su decadencia en los 90 y hoy, avanzado el siglo XXI, es donde intenta remontar y recuperar el auge de tiempos pasados.

Iñaki Osa Goikoetxea y Félix Espilla representan dos generaciones de cestalaris –jugadores de cesta-, dos épocas de este singular deporte en el que una cesta artesanal de mimbre y una pelota de cuero que se dispara a casi 300 kilómetros por hora lo convierten en el juego de pelota más rápido jamás practicado entre tres paredes. La cesta punta es capaz de regalar algunas de las imágenes más espectaculares del deporte.

Iñaki tiene hoy 37 años, Félix 55. Los dos saben lo que es tener que abandonar su pueblo para ganarse la vida jugando a miles de kilómetros de casa. Felix lo hizo siendo casi un niño, con apenas 16 años. Corría 1978 cuando salió de su Berriatua natal, una pequeña localidad vizcaína de apenas 1.200 habitantes en el corazón de la comarca que impulsó la cesta punta. Los estudios no eran su punto fuerte, el juego de la pelota y sus distintas variedades, sí. Se lo venían diciendo a su padre, propietario de un almacén de piensos y transportista, alejado de aquel mundo. El chaval tenía un don para jugar y no se podía dejar escapar. Su padre, recientemente fallecido, sabía que ser bueno en cesta punta podía suponer perder a su único hijo varón. Otros antes los habían visto marchar lejos, a los Estados Unidos, para convertirse en estrellas.

Los promotores de EEUU fijaron su cantera en dos escuelas de Markina, conocida como “la Universidad de la pelota”

Apenas siete kilómetros separan Berriatua de Markina, la cuna de la cesta. Allí ya estaba instalada la conocida como Universidad de la pelota. En realidad, eran dos escuelas soportadas financieramente por los grandes promotores americanos de este deporte, la World Jai Alai, -propietaria, entre otros, de los frontones de Miami y Tampa-, y la escuela de West Palm Beach, propietaria, de frontones en Florida. Ambas se habían convertido en la cantera a distancia de jugadores que debían suministrar nuevos ídolos a los principales frontones norteamericanos, a miles de kilómetros de Euskadi. “Yo fui a esta última escuela con 15 años. A los 16 me dieron la oportunidad de ir a jugar a Estados Unidos y me fui”.

De Berriatua a Newport

Félix recaló en Newport (Rhoide Island). Fue un cambio radical en su vida. Su pueblo y su vida nada tenían que ver con la que le ofrecía aquella ciudad estadounidense. Tampoco la vida que rodeaba a los partidos profesionales de cesta punta, con frontones abarrotados, con más de 8.000 espectadores en la grada y en los que los cruces y la apuestas corrían con desenfreno. Poco después, entraría a formar parte del cuadro de pelotaris del nuevo frontón de West Palm Beach, tras la reforma por el incendio que sufrió. Así vivió y saboreó las mieles de este deporte vasco que elevó a espectáculo EEUU.

Hasta que llegó la huelga de pelotaris de finales de los 80 y comienzos de los 90 en demanda de mejoras laborales y de residencia legal. Su aventura americana, que se prolongó casi 16 años, tendría aún nuevos episodios en Tijuana, en el Dania Jai Alai para recalar después al País Vasco, donde siguió aún jugando varios años como profesional.

Felix Villa posa junto a los trofeos logrados en sus años como profesional de la cesta punta en los Estados Unidos.

Félix Espilla posa junto a los trofeos logrados en sus años como profesional de la cesta punta en los Estados Unidos.

Al inicio la vida como profesional en aquella América desconocida no fue sencilla. Sin hablar una palabra de inglés y compartiendo piso con otros dos jóvenes jugadores como él. “La cabeza siempre la tenía en Euskadi”, recuerda. Pero no tardó en acomodarse a las virtudes de la vida de un jugador de cesta punta, de Jai Alai, en aquellos años. Fueron los 60 los años dorados, pero a Félix aún le tocaron años buenos en los que “se ganaba un buen dinero, aunque nadie se ha hecho rico y todos han tenido que trabajar a su vuelta”. Se vivía bien y se disfrutaba de la buena vida; buenos coches, fama, fiestas y chicas guapas esperando a la salida del frontón.

Es lo que hizo a muchos ansiar poder emigrar para formar parte del plantel de jugadores de alguna de las empresas que gestionaban los frontones estadounidenses. A finales de los años 80 en EEUU había cerca de 400 jugadores profesionales de cesta punta, la mitad de ellos de origen vasco. “Es cierto que hubo todo eso, era una buena vida. En aquel momento se puede decir que éramos como dioses. La gente nos señalaba por la calle y éramos muy populares”.

En aquel momento se puede decir que éramos como dioses, la gente nos señalaba por la calle”

Pero el motor del negocio no era el deporte sino el dinero: las apuestas. Los frontones se habían convertido en el único lugar para apostar en la sociedad americana y eso lo llevó a cotas de actividad económica muy elevadas. “Los que realmente ganaban millones de dólares eran las empresas. Teníamos que haber ganado el doble o triple de lo que nos pagaban, allí se movía mucho dinero”.

La gallina de los huevos de oro terminó por exprimirse demasiado. A mediados de los 80 en EEUU comenzaron a surgir nuevos nichos de negocio y apuestas en torno al deporte. El resurgir del béisbol, el hockey, el baloncesto o incluso la llegada de la lotería y los juegos de azar hirieron de muerte a los frontones. “Todo eso hizo mucho daño. Ahora había más sitios en los que apostar y deportes que eran de ellos, americanos”.

Viendo que la actividad decaía, Félix se aferró a una propuesta para seguir jugando como profesional que le hicieron desde Euskadi y dejó los Estados Unidos. “Aún tenía contrato allí y llegué a un acuerdo. El mejor recuerdo que tengo es la vida que teníamos, era buena. Jugábamos a lo que nos gustaba, estábamos bien pagados y teníamos libertad. Si un día querías ir a cazar o a pescar ibas, si querías salir de fiesta, lo hacías”.

De todo aquello han pasado más de 25 años. Hoy la realidad de los frontones en América es muy distinta. En algunas ciudades perviven como parte de grandes complejos de ocio en el que se combinan los espectáculos, las apuestas y otras formas de ocio a la que se suma el frontón. No siquiera el pulso más vivo está actualmente en Estados Unidos sino en México. A los jugadores de cesta punta nadie les reconoce por la calle ni la fama les cubre de privilegios. Pero también en el siglo XXI es posible ser un profesional de la cesta punta, vivir de ella. Es el caso de Iñaki Osa Goikoetxea (Zumaia, 1980), integrado hoy, junto con otra docena de jugadores vascos, el plantel de 33 cestalaris del frontón México de la capital mexicana.

“Hoy nadie te conoce”

“Para vivir de esto en Euskadi se puede llegar a hacer pero nada sobrado. Allí hay pocas funciones, y en muchas no se llenan los frontones”. La mayor actividad se concentra durante el verano en localidades como Gernika, Fuenterrabia, Markina y el País Vasco francés. En invierno, los que pueden emigran a América. Iñaki Osa ha emigrado a México, al recién inaugurado frontón México. “Mi idea es estar aquí cuatro meses, luego otros tres o cuatro en Euskadi. Así ya tienes el año más o menos cubierto”. Osa Goikoetxea no es un cualquiera. El palmarés con el que es presentado dice de él que es 11 veces campeón del mundo en la modalidad individual y seis en parejas. De él se destaca la “fuerza, la velocidad y el talento”.

Iñaki Osa es aficionado al surf y la guitarra electrica, además de profesional de la cesta punta.

Iñaki Osa es aficionado al surf y la guitarra eléctrica, además de profesional de la cesta punta. Red Bull

Goikoetxea, como reza su nombre en el frontón, estuvo en Estados unidos jugando como profesional 18 años: Orlando, Miami, etcétera. “Entonces eran temporadas de todo el año, así he estado hasta 2015”. Allí nació su primer hijo y regresó con el nacimiento de su hija. Su andadura por el mundo con la cesta punta comenzó en Italia, su primera experiencia, en un frontón de Milán. “Fue el primer peldaño, aprendí mucho”.

Iñaki no ha vivido los años dorados en EEUU. “Los jugadores de los 60 y los 70 se tomaban fotos con ‘Cantiflas’ y otros actores, salían del frontón y no podían llegar al aparcamiento porque la gente les abordaba. Yo todo eso no lo he vivido. Pero sí puedo decir que he disfrutado de entradas muy bonitas en frontones de EEUU. No he vivido los años en los que a los jugadores se les trataba como reyes. Hoy día sales del frontón y no te conoce nadie. Hoy sería impensable codearse con Fidel o el Che, como ocurría en aquellos tiempos”.

Pese a ello, considera que aún es un deporte con un gran potencial. La cesta punta gusta pero está mal organizada, viene a concluir Iñaki. Demasiados campeonatos, demasiados campeones y la ausencia de una estructura clara: “Habría que hacer un campeonato del mundo creíble. Uno sólo pero potente, un único circuito y no tantos pequeños circuitos. Si no, la gente se pierde, se confunde y se pierde interés. No se pueden montar cinco campeonatos del mundo…”, lamenta.

Osa Goikoetxea defiende además la necesidad de modernizar el deporte y todo lo que lo rodea. Urge suscitar interés y ponerse al día. Contar con un patrocinador no es algo tan habitual. Red Bull ha apostado por jugadores como él. Su perfil nada tiene que ver con el de antaño. A sus 37 años, Iñaki se confiesa amante del surf, que practica desde niño; en EEUU aprendió a tocar la guitarra, con la que ha llegado a dar conciertos con varios grupos y graba con una GoPro imágenes de sus partidos para subir vídeos a Youtube.

Osa Goikoetxea, junto a su cesta, en el anuncio que realizó para Loewe junto a otros deportistas españoles. Loewe

En su equipación también ha apostado por guiños personales. Las zapatillas con las que acostumbra a jugar son de baloncesto y la cesta con la que compite –acostumbra a llegar dos- lleva la firma del mismo cestero desde hace 15 años.

Y en su afán por volver a difundir por cualquier canal el deporte que ha convertido en su profesión no dudó en lanzarse al mundo de la publicidad. La marca española Loewe contó con él, y otros tres deportistas españoles, para una de las campañas de sus fragancias deportivas en las que aparece con la cesta. “Hice publicidad porque creí que era bueno para la cesta y para mi imagen, era una forma de contribuir a que se conozca más. Poco a poco más jugadores están teniendo estas oportunidades y accediendo a patrocinios”, reconoce.