Un poco más de 170.000 habitantes, una industria próspera, salarios elevados y jubilación a los 45. A priori, la descripción perfecta para una ciudad idílica.

Pero a Norilsk (Siberia) se le acaban los buenos calificativos aquí y, tras ellos, comienza una lista de adjetivos cuanto menos peculiares que la han llevado a colocarse en las primeras posiciones de numerosos ránkings de las ciudades -pobladas- más deprimentes del mundo.

Los clichés negativos comienzan por su ubicación: situada a 2.000 kilómetros de Moscú, está considerada como la ciudad más al norte del planeta y, en términos de población, la urbe grande más fría del planeta. Las bajas temperaturas de entre 30 y 40 grados bajo cero en invierno – el récord es de -53,1 grados centígrados-  provocan que Norilsk amanezca cubierta de nieve unos 270 días al año y sus habitantes se enfrenten a una media de una tormenta de nieve cada tres días. Además, la noche polar sume a la ciudad en la más absoluta oscuridad durante 45 días al año.

Si vivir a oscuras durante una buena temporada ya es complicado, Norilsk alberga una gigantesca planta metalúrgica y minera que le confiere otro título: el de ser una de las urbes más contaminadas del planeta al albergar un tesoro mundial de níquel, cobre y paladio. Para ser más concretos se generan más de 1.800 millones de toneladas de recursos para explotar, y representa más del 2% del PIB ruso. De la ciudad se extrae el 20% del níquel mundial y es responsable del 1% de las emisiones del óxido de sulfuro.

Asimismo, como consecuencia de la contaminación y de la continua emisión de gases contaminantes procedentes de Norilsk Nickel, la esperanza de vida es diez años más corta que el promedio registrado en Rusia. También destaca la alta tasa de cáncer (dos veces más que en el resto del país), así como enfermedades relacionadas con la polución, como las pulmonares o los trastornos de piel.

Su historia reciente no es más alegre. Desde 1935 hasta mediados de los 50, los soviéticos se beneficiaron de los recursos del área gracias al trabajo de los gulag, donde más de medio millón de prisioneros fueron obligados a trabajar en condiciones infrahumanas y donde miles murieron por congelación, por la polución o de hambre.

Norilsk es una fortaleza tan contaminada como hermética. El aislamiento es otra de sus características inherentes, ya que no cuenta con árbol vivo en un radio de 30 kilómetros por la lluvia ácida ni con ningún tipo de carretera que la conecte con otras ciudades. De hecho, si por casualidad quieres visitar la ciudad, tendrás que hacerlo por mar o aire, no sin antes solicitar un permiso de visita al Servicio Federal de Seguridad de Rusia, actual sucesor del KGB, algo no del todo fácil. La Agencia de Desarrollo de Norilsk afirma que reciben unas 200 visitas al año.

Aunque todas estas definiciones no hacen de Norilsk un sitio que queramos apuntar en la agenda de viajes pendientes, su encanto es debatible. Sus vecinos, lejos de estar incómodos, son felices en esta peculiar ciudad. Cuentan con buenos sueldos, por encima de media; lazos sociales y amistades que llegan a hacer acogedor cualquier lugar; vivienda gratuita en algunas zonas y jubilación a los 45 años.