Imagen de la portada de el libro Atrapados por la lengua y la imagen de Diana Quer y Ted Kaczynski (Unabomber)

Imagen de la portada de el libro 'Atrapados por la lengua', acompañada de las caras de Diana Quer y Unabomber. Carmen Vivas

Literatura | Tendencias ENTREVISTA

Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra: la lingüística forense acecha a los criminales

Sheila Queralt relata en su libro 'Atrapados por la lengua: 50 casos resueltos por la Lingüística Forense' cómo influyó el análisis del lenguaje en casos como el de Diana Quer, Unabomber o, incluso, en un pleito de Donald Trump

«Ok. Que te vaya bien. 😘😘😘». ¿Quién diría que ha escrito este mensaje? ¿Es un hombre o una mujer? ¿Cuántos años piensa que tiene? ¿Ha cursado estudios superiores? ¿Por qué cree que utiliza de esta forma los emojis? ¿Con qué intención lo manda? Un lingüista forense sería capaz de desgranar de esas cinco palabras y tres emoticonos un perfil más o menos completo de la persona que lo envió.

La forma en la que se dirigen a alguien o la manera en la que nos interpelan un anuncio no tiene nada de casual. «Tenemos que estar alerta de que el lenguaje tiene mucho poder y, a partir de él, nos pueden manipular, nos pueden engañar, nos pueden convencer», expresa para El Independiente Sheila Queralt, autora de Atrapados por la lengua: 50 casos resueltos por la Lingüística Forense (Larousse). Los lingüistas forenses no sólo serían capaces de identificar al emisor del anterior mensaje, sino que su labor se centra en averiguar quién lleva la razón en un juicio o con qué rasgos cuenta la personalidad de un criminal. El lenguaje, por tanto, condena.

«Muchísima gente» desconoce la labor de los lingüistas forenses, asegura esta perito judicial, que vio necesario «publicar un libro para el gran público» con el objetivo de que la gente sepa en qué consiste esta disciplina, que nació en la década de los años 60 en Reino Unido a partir del caso The Evans Statements. «Lo que sucedió es que acusaron a Timothy Evans de haber matado a su mujer y a su hija, e hizo varias declaraciones ante la Policía. Fue condenado y colgado. Años más tarde, el lingüista Jan Svartvik analizó estas declaraciones y pudo ver que habían sido manipuladas y que, además, esa manipulación se había dado por parte de la Policía, ya que veía patrones que son propios del lenguaje policial».

Theodore Kaczynski es probablemente el criminal más famoso atrapado por la lingüística forense. A pesar de que su nombre no diga demasiado, su apodo permite localizarle fácilmente, sobre todo para quienes han visto la serie dedicada a su caso que lanzó Netflix en 2018: Unabomber. Este genio de la matemáticas envió entre 1978 y 1996, año en el que fue capturado, 16 artefactos que dejaron tres víctimas mortales y llevó al FBI a batir récords en cuanto a inversión de recursos económicos para una investigación. Kaczynski, con un coeficiente intelectual de 167, desarrolló una enorme oposición a la sociedad tecnológica y chantajeó a The New York Times y a The Washington Post para que publicasen su manifiesto, La sociedad industrial y su futuro. Finalmente, su ego terminó con su carrera criminal. Tras recibir la alerta del hermano de Kaczynski, David, y la esposa de éste, se inició un análisis lingüístico de su escrito, firmado con el pseudónimo de Freedom Club, que se alargó durante meses. El criminólogo James Fitzgerald comparó su manifiesto con algunas de sus cartas y concluyó que Ted Kaczynski era Unabomber.

Pero esta disciplina no se ha quedado fuera de nuestras fronteras. Sheila Queralt, directora del Laboratorio SQ-Lingüistas Forenses y docente en distintas universidades, relata en su libro cómo el análisis del lenguaje entró un caso tan mediático como el del asesinato de Diana Quer. «Hola. Estoy bien necesito estar un tiempo fuera de España. Saludos, Diana Quer». Estas 13 palabras habían sido enviadas desde una de las cuatro cuentas de correo electrónico que la desaparecida tenía asociadas en su teléfono móvil tres meses después de que fuese vista por última vez. Según expresa la autora de Atrapados por la lengua, se realizó un estudio lingüístico de la frase, del que se extrajo que el correo no había sido escrito por la víctima, algo que posteriormente confirmó la pericial informática de la Guardia Civil. Después de 16 meses de búsqueda, Enrique Abuín Grey, alias ‘El Chicle’, fue detenido.

Más allá de estas sonadas investigaciones, la lingüística forense ha contribuido a desatascar casos menos trascendentes, pero igualmente enrocados, como le ocurrió a Donald Trump con un contrato de confidencialidad que obligaba a la actriz porno Stephanie Clifford, conocida como Stormy Daniels, a que no revelase que habían tenido un encuentro de índole sexual cuando el ex presidente estadounidense estaba casado con Melania. «Al final, no sólo nos tenemos que quedar con la parte del crimen y de los delitos de sangre, sino que la lingüística forense nos puede ayudar en nuestro día a día», apunta esta experta.

El peligro de la huella digital

¡Cuidado con lo que vamos escribiendo por las redes, porque todo puede ser utilizado en tu contra!»

«La lingüística forense ha ido evolucionando, sobre todo en los últimos años con las redes sociales, desde los mensajes de texto (SMS) hasta Twitter o TikTok, con las que ahora tenemos el mayor foco de casos por los ciberdelitos. Las técnicas, por tanto, también han ido evolucionando», mantiene Sheila Queralt. Las nuevas plataformas han traído consigo la tipificación de nuevos delitos, pero han contribuido, a su vez, a allanar el trabajo de estos profesionales. Esta experta indica que «tenemos un gran cambio con respecto a lo anterior, y es que antes nos costaba muchísimo tener muestras escritas o de voz de las personas que teníamos que analizar, mientras que ahora la mayoría de los perfiles son abiertos».

Por ello, Queralt insiste en que los usuarios de las redes sociales deben prestar mucha atención en qué es lo que están compartiendo, porque los investigadores pueden «extraer muchísimos datos que ya son públicos en internet». «¡Cuidado con lo que vamos escribiendo por las redes, porque todo puede ser utilizado en tu contra!», advierte. «Esto sucede mucho en casos de haters actualmente, sobre todo con la celebrities, cuando hay una o más personas que se dedican a atacar por las redes a una persona famosa. O incluso en casos de menores, con delitos como el ciberbullying o ciberacoso», refleja la autora.

La directora del Laboratorio SQ destaca que uno de los casos en los que ha participado que más relevancia han tenido ha sido el de Rodrigo Nogueira, el «donjuán de las webs de citas». Este pontevedrés detenido en 2018 «se dedica a estafar a mujeres a través de la manipulación del lenguaje». Creaba distintas identidades en internet, por lo que Queralt y su equipo decidieron comparar los mensajes de las diferentes cuentas para determinar que se trata de la misma persona. Así fue. Las presuntas estafadas se contaban por decenas y se le atribuía una larga lista de delitos: robo, fraude, acceso ilegal a comunicaciones, robo de información confidencial, falsedad documental, abuso, violencia de género y delitos de difamación y vejación.

«Queda mucho camino por recorrer»

Esta detective de la lengua, que imparte charlas y colabora con grupos policiales a nivel nacional e internacional, sostiene que «todavía queda muchísimo camino por recorrer» para que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado incorporen de lleno las técnicas de la lingüística forense a sus investigaciones. «Hay muchas unidades que no nos conocen y creo que no acaban de explotar el potencial que tiene la lingüística forense y cómo les puede llegar a asesorar en su día a día y en sus investigaciones. Creo que falta mucha difusión, y de ahí también el objetivo del libro, que todo el mundo pueda conocerlo, incluidos los agentes judiciales y policiales», expone. 

Sheila Queralt insiste en que «cada persona tiene unas preferencias y la hacen única en su forma de expresarse», por lo que no resulta sencillo construir el perfil de un delincuente. Ella destaca el caso de Helena Jubany, que es de «tremenda actualidad», ya que se ha reabierto después de 20 años. «Se analizaron los anónimos que había recibido la persona a la que habían asesinado hace 20 años y se compararon con la principal sospechosa de ese momento, que acabó suicidándose en prisión diciendo que era inocente. A través de los análisis de esos anónimos con cartas de esta sospechosa fallecida, pudimos determinar que no era ella la autora y demostrar su inocencia. Ahora en la reapertura hemos hecho un perfil. Si no había sido ella la autora, ¿quién podía estar detrás de estas cartas? De momento está en línea con el principal investigado en la actualidad», relata. «La lingüística forense no sólo sirve para inculpar al malo, sino también para demostrar la inocencia».

Por cierto, el del mensaje del inicio es de un hombre de entre 50 y 60 años, con estudios superiores y fue enviado a través de Whatsapp por un grupo familiar. En resumen, era mi padre.

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