La idea de Violeta, la nueva novela que Isabel Allende publicará el 25 de enero en Plaza y Janés, surgió poco después de que la madre de la escritora, Francisca Llona Barros, Panchita para los suyos, muriera hace tres años, el 6 de septiembre del 2018, a los 99 años de edad. El golpe para Isabel fue enorme: su madre fue uno de los grandes puntales de su vida y, según reconoció Allende, sin ella no habría podido sobrevivir a la traumática muerte de su hija, Paula, en 1992, tras un año entero en coma. Era tanto el amor que se tenían, que madre e hija se habían escrito a diario durante décadas. Isabel Allende aún conserva las más de 24.000 cartas que se intercambiaron y que, con muy buen criterio, su hijo Nicolás mandó digitalizar para que no se perdiera ninguna.

Muchos pensaron que aquella muerte la animaría a escribir un libro sobre su madre y su vida, pero le fue imposible. «No pude», reconoce Allende. «Estaba demasiado cerca de ella, no tenía distancia ni perspectiva para verla como un personaje». Sin embargo, la vida de su madre le rondaba continuamente por la cabeza y, cuando a los pocos meses del fallecimiento explotó la pandemia de Coronavirus, la autora recordó que su madre había nacido precisamente en 1920, justo al principio de otra gran pandemia, la de la mal llamada gripe española, que también azotó con fuerza al mundo. Si Francisca Llona hubiese vivido tan sólo unos meses más, no sólo hubiese cumplido los cien años, todo un siglo, sino que su nacimiento y su muerte hubiesen coincidido con las dos pandemias más importantes de la historia contemporánea.

Un siglo, dos pandemias. Isabel se sentó en su mesa de escritorio de su casa de Sausalito, en la bahía de San Francisco (vive en Estados Unidos desde 1988) y empezó a escribir sobre una mujer, Violeta del Valle la llamó, que nació durante aquella pandemia que ya casi nadie recuerda y en un lugar que muchos identificarán con Chile, aunque el nombre exacto del país nunca sale. «Así no tengo que ceñirme a fechas o lugares precisos», comenta Allende. «Hice lo mismo en La casa de los Espíritus y en De amor y de sombra. Esas historias podrían haber sucedido en casi cualquier país de América Latina«.

Cuando comenzó, Allende no tenía un plan detallado en su memoria sobre quién sería o qué le pasaría exactamente a su personaje, aunque sí tenía claro que hablaría de un siglo entero, de esos cien años que podría haber vivido su madre. Isabel siempre hace igual: para ninguno de sus libros ha trazado un esquema previo o una línea argumental. Surgen solos, casi espontáneamente y, como si fuera por arte de magia, se van desarrollando y acoplando las tramas.

Lo que sí cumple a rajatabla es que siempre empieza los libros un 8 de enero. Ese día llega a su oficia a primera hora de la mañana, enciende velas, pone incienso, se asegura de que haya flores frescas y medita. Luego enciende el ordenador. Puede que hubiera pensado en algún detalle del libro o puede que no. Puede que hubiese rumiado sobre una trama concreta y, al escribir, ésta se hubiese esfumado completamente y hubiese surgido otra totalmente inesperada. Ya le ha pasado varias veces. La primera frase determina todo el libro: es la llave que le abre la puerta a una historia que necesita salir y ser contada.

Una relación epistolar

Lo del 8 de enero, esa fecha mágica, casi sagrada para ella, surgió en 1981, cuando vivía en Venezuela y recibió una llamada para decirle que su abuelo se estaba muriendo. Ese mismo día comenzó a escribirle una carta que, meses más tarde, se convertiría en su primera novela, La casa de los espíritus. Muchos años más tarde, Allende volvió a escribir otra carta; esta vez era de una abuela a su nieto. Está fechada en septiembre, mes en que murió la madre de Allende. Así comenzó Violeta. «Camilo querido», tecleó Allende ese 8 de enero mítico. «La intención de estas páginas es dejarte un testimonio, pues creo que en un futuro lejano, cuando estés viejo y pienses en mí, te va a fallar la memoria, porque andas siempre distraído y ese defecto se acentúa con la edad. Mi vida es digna de ser contada, no tanto por sus virtudes como por mis pecados, muchos de los cuales tú no sospechas. Aquí te los cuento. Verás que mi vida es una novela«.

Allende ha reconocido en alguna ocasión que escribe de diez a doce horas diarias. Se encierra, no habla con nadie ni tampoco contesta al teléfono. El primer borrador lo crea en un estado casi de trance. Luego lo imprime y lo lee, y es entonces cuando realmente descubre de qué va exactamente la trama. Después escribe un segundo manuscrito, esta vez de manera más racional y consciente y pendiente del lenguaje, el tono y el ritmo.

La historia de una mujer que vive todo un siglo

Esta vez le ha salido una historia de una mujer fuerte y decidida que tiene que vivir las principales vicisitudes que azotan al siglo. Nace en una pandemia; se convierte en una niña mimada y consentida hasta que aparece en su vida una niñera (supuestamente) inglesa, Miss Taylor, que esconde un trágico pasado; en el crack del 29 su familia lo pierde todo y tienen que mudarse a un pueblo remoto del sur del país; ella crecerá y desarrollará una sensualidad desbordante de la mano de una larga lista de amantes; sabrá de la Segunda Guerra Mundial y de los refugiados a Latinoamérica; de los trapicheos de la mafia y el tráfico de drogas; verá cómo personas de su entorno mueren de sobredosis; sufrirá una dictadura y los primeros movimientos feministas de emancipación de las mujeres; se casará varias veces y vivirá relaciones complicadas, algunas incluso violentas; sufrirá con el destino de su hija, Nieves, y tendrá un nieto, Camilo, un cura muy implicado con los pobres, que es a quien dedica el libro. Camilo, por cierto, está inspirado en el mejor amigo de Isabel Allende, Felipe Berríos del Solar, un sacerdote jesuita que trabaja con los pobres en un basurero del norte de Chile.

Isabel Allende ha reconocido que en todos sus libros habla de dos obsesiones: el amor y la muerte. Violeta no es una excepción.

La escritora ha reconocido que en todos sus libros habla de dos obsesiones: el amor y la muerte. «Soy una romántica invencible», ha explicado Isabel Allende en alguna ocasión. «Siempre he estado enamorada desde los siete años hasta el día de hoy. Así que no es de extrañar que el amor aparezca constantemente en mis escritos».

Violeta no es una excepción: el amor está muy presente en todas sus formas, desde el pasional y fogoso hasta el enfermizo, del erótico al controlador y tóxico para acabar con un amor calmado y plácido de vejez. En el libro conoceremos a Fabian Schmidt-Engler, el primer amante o, al menos, con el que descubre el deseo carnal, el placer de la excitación. Luego llegará Julian Bravo, un aventurero y seductor con el que conocerá el deseo puro, primitivo, de orgasmos profundos, pero con el que desarrollará una relación donde, según cuenta la protagonista, «perdí la razón y el sosiego; nada me importaba, sólo estar con él«. De la pasión, Violeta acaba bordeando la locura. Sufre en carne propia la humillación y los celos, el desdén y el asco, las ataduras emocionales hacia alguien que no te trata como te mereces. También está Roy, un amante americano, con el que tendrá una relación sin compromisos, libre, espontánea y sin excesivas complicaciones.

Por último aparecerá Harald Fiske, el amigo que también es amante, el hombre que proporciona una calma ansiada y necesitada, el que la colma de un cariño desinteresado. «Puedo decirte con pleno conocimiento de causa«, escribe Violeta, «que es posible enamorarse en la vejez con la misma intensidad y pasión que en la juventud. La única diferencia es que hay una sensación de urgencia: no se puede perder el tiempo en tonterías. A Harald lo amé sin celos, peleas, impaciencia, intolerancia y otros inconvenientes que ensucian las relaciones«.

Semejante elenco de hombres recuerda el que la propia Isabel Allende ha tenido. La escritora primero se casó a los 19 años con el ingeniero chileno Miguel Frías, con quien tuvo a sus dos hijos, Paula y Nicolás. La pareja se divorció en 1987 y, al año siguiente, Allende se casó con el abogado Willie Gordon, con quien convivió durante veintiocho años. No fue una relación fácil y vivieron momentos traumáticos, como cuando murieron dos de los tres hijos de él a causa de las drogas (un personaje de Violeta, Nieves, está precisamente inspirada en la hija de Willie).

Su tercer matrimonio fue hace dos años, cuando la escritora ya tenía 77 años. Su actual marido es el abogado Roger Cuckras, a quien conoció por pura casualidad: él la escuchó por la radio, se quedó inmediatamente enamorado de su voz, le envió correos electrónicos para ver si podían conocerse, lo hicieron y surgió el flechazo. De novela, vaya.

Mucho más que amor y erotismo

Pero no sólo hay amor y erotismo en Violeta. Entre medio de su biografía, entrelazada con esta historia principal, Isabel Allende nos habla de historias de pobreza y exclusión, de discriminación y destierro en medio de una sociedad clasista donde las apariencias lo eran todo y, muchas veces, demasiadas, no dudaron en mirar para otro lado.

La lucha de las mujeres por su liberación tiene además un papel determinante en el libro. Violeta es una mujer que rompe tópicos y estereotipos y puede labrarse un porvenir, algo que muchas mujeres –incluso la propia madre de Isabel Allende– tuvieron vetado. De algún modo, Violeta no es la historia de Francisca Llona, sino de lo que hubiese podido ser. De lo que a Isabel Allende, su hija, le hubiese gustado que fuese.

La propia escritora ha comentado en más de una ocasión que su madre era una mujer muy inteligente y, sobre todo, muy creativa, que pintaba y tenía un excelente ojo para los negocios y las inversiones. Pero que estaba encasillada en su rol de esposa y madre, sometida primero a su padre y luego, a su marido. De haber nacido en otros tiempos o, simplemente, en otras circunstancias, hubiese disfrutado sin duda de otro porvenir. Seguramente, alguno semejante al que vivió Violeta en todo un siglo.