Llevan tiempo volviendo a los escaparates de los centros comerciales aquellos discos de vinilo que tantas alegrías nos daban, menos cuando había que levantarse para cambiar el disco, o darle la vuelta y poner la cara B. Y, según las previsiones, será uno de los regalos estrella en la campaña del Día del Padre de 2022. No solamente reediciones de discos clásicos, sino que cada vez son más los artistas que se lanzan en digital al ciberespacio y simultáneamente en esos círculos con dos surcos (uno por cara).

Definitivamente, el gran olvidado en esta evolución ha sido el Compact Disc, que justo estos días cumple 40 años. Muy notable fue el apoyo que recibió en su día por parte del director de orquesta Herbert von Karajan, que lo promovió durante el Festival de Salzburgo, y desde ese momento empezó su éxito. Ahora hay que andar por casa buscando un aparato que reproduzca un CD. En mi caso, acaban en la Playstation. No hay más.

En la prehistoria de la música transmitida por internet existieron ya en 1995 sistemas que ahora provocan risa, pero en su momento fueron punta de lanza total. Uno de ellos se llamó Real Audio, y hasta consiguió transmitir conciertos de Rolling Stones. El sonido para un usuario medio era prácticamente indistinguible del ruido. Consiguió ser todo un estándar para emisiones como las de BBC, que lo tuvo como estándar hasta 2009.

Las plataformas que reproducen música por internet no llegaron hasta que las conexiones no fueron de banda ancha. La idea era que el usuario escuchase las canciones con una mínima calidad. Con la estandarización de las ADSL, ya en el siglo XXI, era posible escuchar con cierta calidad las canciones, a pesar de los constantes cortes. Una iniciativa que no llegó a ser conocida en España fue la del primer servicio de este tipo que existió: Pandora. El 6 de enero de 2000, un grupo de personas que amaban a partes iguales la tecnología y la música se propusieron analizar los gustos de los usuarios. Así nació The Music Genome Project (Proyecto del Genoma Musical). La idea era capturar la esencia de la música con los «genes» de cada canción: su melodía, ritmo, instrumentos, armonía, letra, etc. Ese conocimiento serviría para generar listas automáticamente. ¿Nos suena? Claro. Ese mismo “know-how” o conocimiento impregna, 22 años después, nuestras escuchas en otras plataformas o en el mismísimo Youtube. El mago es el llamado “algoritmo”, que nos conoce como si nos hubiera parido.

En la prehistoria de la música transmitida por internet existieron ya en 1995 sistemas que ahora provocan risa, pero en su momento fueron punta de lanza total

El gran cambio que suponían estas novedades es que la música se distribuía en directo, o sea, en el llamado «streaming», porque lo que dominó mucho tiempo antes que ellas fueron las plataformas de descarga de ficheros en mp3 (Napster; Emule) y la piratería como forma de tener canciones sin dejarte el sueldo en ellas. Muchos lo recordaremos, no sin nostalgia.

Así, con cuñados expertos y manitas varios, la música digital se coló en nuestras vidas gracias a los primeros modelos de IPod y los dispositivos que tomaron el nombre del formato: los mp3. Los había con radio, con correa para deportistas, con forma de llavero y de pincho USB. Pero no duraron mucho.

El 23 de abril de 2006 se presentó la marca que llevaría la delantera en la distribución de música de estos principios del siglo XXI. Un informático sueco que creó su primera empresa con catorce años, buscó al mejor equipo para crear y lanzar el sistema que permitiría escuchar canciones en línea en tiempo real. Los dos años que tardaron en ponerlo en marcha se dedicaron a la parte más importante: conseguir los derechos para poder ofrecer las canciones legalmente. Ya en 2008 por fin se pudo poner en marcha Spotify en Suecia, Finlandia, Francia, Reino Unido… y España. Recuerdo en 2009 al representante de aquella aplicación en mi despacho apostando a que encontrase alguna canción que no estuviese presente en su primera interfaz basada en búsquedas. La encontré, claro, pero no fue fácil. Se había abierto la veda.

No tardó en aparecer Grooveshark, de la que ya casi nadie habla. Un tal Sam Tarantino, yendo a donar sangre, se cruzó con un cartel en una tienda de discos que decía: «compra, venta e intercambio de CD». Así surgió la idea. Su modelo consistía en que cualquiera pudiera subir música y el reparto de los ingresos se haría mediante un modelo transparente. Funcionó muy bien en países en los que la conectividad móvil ya era 4G, y en su momento de apogeo llegó a sumar de 100 hasta 110 millones de canciones al mes. Los usuarios se contaban por millones y la audiencia en abril de 2009 crecía a un ritmo del 2 o 3% por día. Las editoriales no vieron muy claro el tema, y tuvieron que ir cerrando por países.

Deezer no tardó en hacerse su hueco, acercándose bastante a las canciones que uno pedía, aunque no fuera exactamente la deseada si no pagabas. Lo curioso es que gracias a su algoritmo y algunas funcionalidades más, sigue teniendo su cuota de mercado, sobre todo entre DJs y público especializado.

Tidal, en 2014, quiso competir con el gigante sueco basándose en acuerdos con las tres “majors” (así se suelen denominar en argot a las discográficas más predominantes). Su valor competitivo consiste en un mayor beneficio para los artistas, ya que con Spotify reciben muy poco. En 2015 hicieron campaña con ello, pero no pareció calar hondo del todo. Uno de sus puntos fuertes es ofrecer la posibilidad de escuchar música en muy alta calidad, algo apreciable para unos pocos.

También muy alta calidad técnica ofrecen las plataformas creadas para escuchar música clásica: Idagio y Primephonic. También hacen gala de la posibilidad de localizar grabaciones muy concretas de piezas clásicas de hace más de medio siglo, por ejemplo.

Existen, por supuesto, más opciones hoy en día, como Qobuz, pero dejo para el final las únicas dos que pueden llegar a postularse como digno rival de los suecos: Amazon y Itunes.

Al CEO de la empresa recién comprada le encargaron dirigir un proyecto bastante innovador por clásico: crear una radio 24 horas con locutores en vivo y que sonaría a través de un viejo conocido: Itunes

La política del gigante propiedad del magnate Jeff Bezos que nos trae paquetes a casa con respecto al audio, la dejó clara con la creación de los primeros “altavoces inteligentes”, hace ya siete años. Echo, de Alexa, sigue siendo todo un estándar en los hogares. Nos metían en casa alguien con quien hablar y que, además, nos podía poner música. Estupendo punto de partida para crear el servicio “Amazon Music” que no tiene nada que envidiar a los más conocidos. Hace pocos días, la empresa anunció que lanzaría AMP, una red social por la cual cada uno de nosotros podría ser todo un DJ y transmitir nuestras sesiones en directo. Además, la empresa norteamericana ya anunció la creación de una señal en directo para la transmisión de eventos y conciertos en tiempo real.

Los que sí tienen una radio en directo, con sus DJs y todo, son los genios de Apple. En 2014 los de la manzana compraron al fabricante de los mejores auriculares de la gama no profesional: Beats Electronics. Al CEO de la empresa recién comprada le encargaron dirigir un proyecto bastante innovador por clásico: crear una radio 24 horas con locutores en vivo y que sonaría a través de un viejo conocido: Itunes.

La que fuera aplicación de escucha de canciones para los usuarios de Mac y de iPhone durante tantos años, se convertiría también en un lugar de encuentro de los usuarios con las canciones que aún no conocían, y contando con la prescripción personal de grandes estrellas de la radio musical anglosajona. Así nació Beats 1, que recientemente ha vuelto a llamarse Apple Music 1. Ni siquiera la mayoría de los usuarios de esta marca saben que existe un canal en directo en el que poder escuchar entrevistas con Lady Gaga o “The Rocket Hour”, presentada por Elton John. O sea, inventaron la radio.

Y así se cierra el círculo. Este San José se regalarán vinilos, Amazon va a convertir a cualquier usuario en DJ y Apple ha inventado la radio. No estamos locos, sencillamente son nuevos tiempos.