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"Isabel La Católica se enamoró de Cristóbal Colón e intentó matar a su amante"

'La gobernadora' rescata la figura de Beatriz de Bobadilla, la que fuera amante de Fernando el Católico y Cristóbal Colón, y señora de las islas Canarias

Fue una dama castellana, sobrina de la marquesa de Moya y enemiga primera, y casi víctima, de Isabel La Católica. Porque la belleza de Beatriz de Bodadilla (Medina del Campo, 1440 – Madrid, 1511), de ojos negros y rasgados, y frondoso pelo castaño, era legendaria. Como los celos enfermizos de la reina, y la promiscuidad de la Corte de los Reyes Católicos.

«Fue una mujer apasionada y dura, de reacciones impremeditadas bajo el  impulso de la violencia. En la vida familiar se enemistó con todos sus  parientes, desde la suegra doña Inés Peraza hasta el cuñado Sancho de  Herrera, sin que fuese posible llegar nunca a una avenencia con ella. Como contrapartida fue una mujer tierna, sensible, enamoradiza, capaz de pasiones volcánicas en las lides del amor. Y con independencia de todo ello, de una hermosura deslumbrante, de que se hacen lenguas los contemporáneos, así de vista como de oídas», relata Mario Escobar, licenciado en Historia y autor de La Gobernadora, la obra en torno a la figura de Beatriz de Bobadilla que publica hoy La Esfera de los Libros.

Bobadilla era sobrina de la marquesa de Moya, la mejor amiga y cortesana de Isabel I de Castilla. Con apenas veinte años empezó a servir en la corte de los Reyes Católicos, y fue amante de Rodrigo Téllez Girón hasta su muerte en 1482. Después, Fernando el Católico se encaprichó de ella, y la reina, muerta de celos al tener a su contrincante en la corte, planeó asesinarla. Pero su tía lo impidió, e intercedió haciendo que la joven se casara con Hernán Peraza, señor de La Gomera. Allí se convirtió en la mujer de las islas Canarias, y en la preferida de los líderes guanches, esclavos negros y otros soldados. Y de Cristóbal Colón: el amor secreto de Isabel La Católica.

La relación entre el conquistador de las Américas e Isabel era la crónica anunciada de Gabriel García Márquez. En 2012, la profesora estadounidense de la Universidad de Georgetown, Estelle Irizarry, hacía público el carácter amoroso de una carta, que data de 1501, enviada por Cristóbal Colón a la Reina Isabel, y que se conserva en el archivo de Simancas, en Valladolid. «Las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona», le escribe Colón a Isabel la Católica en la carta. Palabras que según Irizarry, tienen una connotación erótica, «de las llaves como utensilio que penetra y permite la apertura». «La carta fue escrita por Colón, aunque no sabemos con certeza si llegó a su destinataria».

Así, el afán de la reina I de Castilla por deshacerse de Beatriz de Bobadilla creció, y tenerla lejos era la peor de sus pesadillas. «En La Gomera, Beatriz conoció a Cristóbal Colón, del que se hizo amante. Viajó con él al campamento de Santa Fe y, unos días después de las capitulaciones concedidas a Colón, los reyes ratificaron sus derechos».

La gobernadora de La Gomera regresó a la corte en 1491, tras la muerte de su marido en 1488, y para evitar una multa de medio millón de maravedíes por la venta ilegal de guanches de La Gomera. «Beatriz nunca olvidó a todos aquellos que la utilizaron y durante toda su vida buscó venganza, usando a Colón y otros hombres poderosos para conseguir sus objetivos». El rey Fernando procuró de nuevo convertirse en su amante, y la reina, que en secreto amaba al almirante, intentó que ésta regresara a Canarias. «La vida de Beatriz de Bobadilla me ha servido para arrancar de raíz los anhelos de la leyenda rosa, tan perjudicial como la leyenda negra para explicarnos y entendernos como pueblo, la historia no debe servir para adoctrinar a nadie, tampoco para manipular a los jóvenes o mantenerlos en la ignorancia», recalca el autor. «Los personajes históricos fueron personas como nosotros, con la única diferencia de que vivieron en un momento distinto al nuestro», señala Escobar.

Y es que la corte fue de todo menos católica y siempre se caracterizó por «su promiscuidad» y las sonadas muertes atribuidas a envenenamientos y otros métodos de asesinatos. «Nuestro Juego de Tronos particular no tiene nada que envidiar a la famosa serie televisiva, Isabel y Fernando, Fernando e Isabel, fueron sin duda nuestros Stark y Lannister patrios».

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